crossorigin="anonymous">
top of page

¿La mala hora del presidente para Santa Marta o puras coincidencias?

hace 4 minutos
3 min de lectura

Por Álvaro Cotes Córdoba



Como cronista de la cotidiana realidad tengo que decir siempre lo que veo que pasa en ella, lo que pienso al respecto y lo que reflexiono sobre el particular. Y no solo me baso en los hechos, sino también en los posibles motivos y efectos. No obstante, existen sucesos únicos cuyas verdaderas causas están más allá de la simple y aparente apreciación y comprensión. Como hasta ahora ha acontecido con las visitas por algún motivo del presidente del Gobierno Milagro a la ciudad.


La primera vez que lo hizo fue cuando caminó por entre los muertos o paramilitares abatidos en la Sierra Nevada, cuyos cuerpos exhibieron dentro de bolsas blancas selladas en el hangar del helipuerto de la base de la Policía Antinarcóticos, para demostrarle al público —el cual continúa ovacionándolo, y cuando no lo hacen les exige que lo aplaudan— que con el Tigre el asunto es a otro precio.



Horas después de su llegada y abandono de la misma, se desató el peor paro armado que ha registrado Santa Marta desde la existencia de los grupos armados en el macizo, también conocido como “el corazón del mundo”. El acontecimiento violento atemorizó a miles de samarios y residentes, y fracturó en centenares de pedazos la industria sin chimenea, proporcionándole un daño irreversible del que todavía no se recupera.


Ahora último, más exactamente ayer, cuando visitó otra vez a la samaria para presentarle, dizque, la “solución” del problema eterno de la falta de agua potable, se registró la dolorosa tragedia de las muertes de una pastora y dos niños en una humilde vivienda de un sector residencial de Santa Marta.


No es que uno pretenda atribuirle al mandatario poderes sobrenaturales ni mucho menos una maldición personal sobre esta tierra caribeña. Sería absurdo y de mal gusto. Pero resulta imposible no reparar en la insistente sincronía: cada vez que el presidente pisa el suelo samario, la ciudad parece recibir, como respuesta inesperada, un golpe duro, visible y doloroso. Primero el terror del paro armado que paralizó calles, comercios y el alma colectiva; ahora el silencio trágico de una casa humilde donde una pastora y dos infantes perdieron la vida en circunstancias que todavía se investigan y que, por lo pronto, llenan de luto a una familia y de inquietud a un barrio entero.


¿Casualidad? ¿Mala hora? ¿O simple y cruda coincidencia estadística que el azar se empeña en repetir? Los hechos no mienten, aunque las interpretaciones sí puedan distorsionarse. Mientras el presidente anunciaba obras, tuberías y promesas de agua que por fin llegaría a los grifos, en otro extremo de la misma ciudad se apagaban tres vidas. El contraste es brutal y, para quien observa con atención la realidad cotidiana, resulta casi literario: el discurso oficial de la solución eterna frente al drama doméstico e irreversible de quienes ni siquiera alcanzaron a beneficiarse de ella.



Santa Marta no necesita más símbolos de desgracia. Necesita agua potable real, seguridad tangible y un alivio económico que no se quede en las vallas publicitarias. Si las visitas presidenciales van a seguir trayendo, por azar o por destino, estas sombras, quizá convenga que el Gobierno Milagro revise el calendario y el mapa. Porque al final, más allá de las ovaciones exigidas y de las bolsas blancas de antaño, lo que queda en la memoria de los samarios son las noches de miedo y las mañanas de duelo. Y de eso, lamentablemente, ya tenemos demasiada experiencia.

Comentarios


bottom of page