¿Iván Cepeda: cambio democrático o antesala de un nuevo populismo?
- Acta Diurna
- hace 18 minutos
- 3 Min. de lectura
Por: John Jairo Gelvis Vargas

En el escenario político colombiano, la figura de Iván Cepeda despierta admiración y temor en partes iguales. Sus seguidores resaltan su trayectoria como defensor de derechos humanos, su reputación sin escándalos de corrupción y su solidez intelectual. Sus detractores, en cambio, advierten que detrás de ese perfil técnico podría consolidarse un proyecto político de transformaciones estructurales profundas. La comparación con Hugo Chávez no surge tanto por similitudes personales, sino por el temor a que un eventual gobierno impulse reformas constitucionales de gran alcance que alteren el equilibrio institucional.
En América Latina, la historia ha demostrado que los liderazgos con fuerte respaldo popular pueden convertirse en motores de cambios imprevisibles. La pregunta no es si Cepeda es honesto o preparado, cualidades que muchos le reconocen, sino cuál sería la dimensión real de su proyecto político. Colombia, marcada por una fuerte polarización, observa con atención cada declaración y cada propuesta. En ese contexto, el debate trasciende la persona y se centra en el modelo de país que se quiere construir.
Uno de los puntos más sensibles es la posibilidad de una asamblea constituyente o reformas estructurales profundas. Para algunos sectores, esta idea representa una oportunidad de modernizar el Estado y superar bloqueos históricos; para otros, constituye una puerta de entrada a un rediseño institucional que podría debilitar contrapesos democráticos. La experiencia venezolana suele citarse como advertencia: un liderazgo que inició con promesas de renovación terminó transformando de raíz el sistema político. Sin embargo, Colombia cuenta con instituciones, cortes y un Congreso que funcionan como límites formales al poder presidencial. Cualquier cambio constitucional exige procedimientos y consensos amplios.
El debate, por tanto, no debería reducirse a alarmas o consignas, sino a la viabilidad jurídica y política de las propuestas. La fortaleza de la democracia colombiana radica precisamente en su capacidad de deliberación y control. El reto está en analizar si las reformas planteadas fortalecen o tensionan ese equilibrio institucional.
En el plano económico, las inquietudes se concentran en la estabilidad y la confianza inversionista. Algunos analistas advierten que un giro hacia políticas más intervencionistas podría generar incertidumbre y afectar la llegada de capital extranjero. Otros sostienen que la regulación y la justicia social no son incompatibles con el crecimiento, siempre que se mantenga seguridad jurídica. El fantasma de la expropiación aparece con frecuencia en el discurso crítico, aunque no exista una propuesta explícita en ese sentido.
Más que medidas extremas, lo que preocupa a ciertos sectores es la acumulación de decisiones que modifiquen gradualmente el clima empresarial. Colombia depende en buena parte de la inversión privada y del dinamismo de su clase media trabajadora. Un eventual gobierno de Cepeda tendría que equilibrar sus promesas sociales con señales claras de estabilidad económica. En un país con desigualdades históricas, cualquier reforma fiscal o laboral genera tensiones inevitables.
Finalmente, el debate alrededor de Cepeda refleja algo más profundo: la lucha por la narrativa y la opinión pública. El progresismo ha fortalecido su presencia en medios alternativos y redes sociales, mientras la oposición denuncia una estrategia de construcción de relato que podría consolidarse desde el poder. La polarización convierte cada elección en un plebiscito emocional más que programático. Colombia enfrenta así una decisión que no solo involucra un nombre propio, sino una visión de Estado, de mercado y de democracia. ¿Está el país preparado para otro ciclo progresista o prevalecerá el temor al populismo? La respuesta dependerá menos de las etiquetas y más de la capacidad ciudadana de evaluar propuestas con rigor. En última instancia, la solidez institucional y el voto informado serán los verdaderos árbitros del rumbo nacional.



