crossorigin="anonymous">
top of page

Ingeniería del Paleolítico: la sofisticada carpintería neandertal

hace 11 minutos
5 min de lectura


Durante generaciones, el relato sobre la evolución tecnológica de los homininos en el Paleolítico medio se ha construido casi en exclusiva sobre la piedra. Los pedernales tallados, las lascas retocadas y los bifaces recuperados en cuevas y abrigos rocosos han monopolizado las vitrinas de los museos y los manuales de prehistoria, proyectando una imagen inevitablemente sesgada de nuestros antepasados. La razón de este desequilibrio no respondía a una elección cultural de las comunidades humanas, sino a una cruda imposición de la tafonomía: la madera, el material orgánico por excelencia para la fabricación de infraestructuras, armas y enseres domésticos, se descompone y desaparece del registro fósil en un parpadeo geológico. Sin embargo, un yacimiento situado en las paredes calcáreas del municipio catalán de Capellades está reescribiendo por completo este capítulo fundamental de la historia humana.


Las investigaciones desarrolladas en el Abric Romaní han arrojado luz sobre una dimensión hasta ahora casi invisible de la cultura neandertal, demostrando que el trabajo de la madera no constituía una actividad marginal o puramente oportunista, sino un pilar estructural de su tecnología cotidiana.



Un exhaustivo estudio publicado en la revista académica Science Advances, bajo el título Reconstructing Neanderthal woodworking at Abric Romaní (Capellades, Barcelona): Insights into the role of wood in a Middle Palaeolithic domestic context, sintetiza más de cuatro décadas de excavaciones sistemáticas y análisis minuciosos. Liderado por el equipo del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social, en colaboración con la Universidad Rovira y Virgili, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y diversas instituciones académicas internacionales, el trabajo ofrece una perspectiva sin precedentes sobre la vida doméstica y las capacidades técnicas de poblaciones que habitaron el noreste de la península ibérica hace entre sesenta y dos mil y cuarenta mil años.


El secreto detrás de esta excepcional ventana al pasado radica en una caprichosa circunstancia geológica tan específica como generosa. El abrigo rocoso del Abric Romaní se caracteriza por la constante formación de tobas calcáreas, depósitos de carbonato cálcico generados por el agua rica en minerales que brotaba en la zona. Cuando las ramas, troncos, estacas y objetos abandonados por los neandertales quedaban sepultados bajo estos flujos, el mineral recubría orgánicamente la materia vegetal. A medida que la madera original se descomponía con el paso de los milenios, el molde calcáreo preservaba con una fidelidad asombrosa hasta los detalles histológicos más íntimos de la veta y la superficie. Gracias a este mecanismo de fosilización excepcional, el equipo investigador ha podido analizar un conjunto masivo compuesto por quinientos noventa y siete restos de madera procedentes de dieciséis niveles estratigráficos diferentes, revelando una diversidad tecnológica que desborda con creces la tradicional simplificación estereotipada sobre el mundo neandertal.


Entre el vasto repertorio de fragmentos vegetales recuperados —que abarca desde troncos y raíces hasta acumulaciones intencionadas de leña para el fuego—, los arqueólogos han logrado identificar trece elementos manufacturados que evidencian una pericia técnica notable. Entre los hallazgos más notables sobresalen dos lanzas de madera recuperadas en el nivel estratigráfico conocido como nivel R, un estrato que además albergaba restos de fauna, hogares de fuego y utensilios líticos en un mismo suelo de ocupación intacto. La primera de estas armas alcanza una longitud de dos metros con cuarenta y cinco centímetros, presentando una morfología robusta e idónea para la caza mediante empuje a corta distancia. La segunda lanza, de la cual se conservan cerca de dos metros, exhibe marcas inequívocas de haber sido tallada y modelada de manera deliberada mediante raspado e intensa manipulación técnica. Estos testimonios físicos enriquecen de forma drástica el corpus europeo de armamento paleolítico en madera, un club exclusivo hasta ahora dominado por escasos yacimientos alemanes como Schöningen y Lehringen.


Aún más enigmática y fascinante es una pieza singular exhumada en el nivel P del yacimiento, un objeto tallado en una sola pieza de madera que carece de paralelos directos en el registro arqueológico mundial. Este artefacto presenta un mango claramente diferenciado de unos dieciséis centímetros que desemboca en una cabeza ensanchada y apuntada, dotándolo de una silueta que recuerda a una maza o un instrumento percutor pesado. Las estrías longitudinales visibles en su superficie, grabadas durante el minucioso proceso de rebaje y modelado, demuestran que no se trató de una rama caprichosa, sino de un diseño funcional altamente meditado. Aunque su uso exacto sigue abierto a debate entre la comunidad científica, la pieza sugiere un dominio avanzado de las propiedades mecánicas de diferentes esencias arbóreas y abre la puerta a interpretaciones que van desde el aprovechamiento cinegético hasta funciones de índole social o simbólica dentro de las dinámicas comunitarias.


La dimensión doméstica de esta tecnología forestal abarca también la vida cotidiana en torno a los hogares. El análisis de los restos ha permitido documentar cuatro fragmentos de corteza de enebro carbonizada y aplanada, interpretados con prudencia metodológica como posibles recipientes, bandejas o cuencos utilitarios. Resulta particularmente revelador que, a pesar de que el pino silvestre dominaba de manera abrumadora el paisaje forestal circundante y constituía el combustible principal para las fogatas, los neandertales seleccionaran de manera específica la corteza de enebro para fabricar estos enseres. Esta elección revela un conocimiento empírico avanzado sobre las propiedades de la materia prima, ya que la corteza de enebro posee una textura fibrosa y flexible muy adecuada para la confección de contenedores ligeros y resistentes. Asimismo, el registro incluye estructuras complejas, como una acumulación deliberada de palos cruzados sobre una zona de combustión que pudo servir como plataforma elevada para cocinar o secar alimentos, así como una pieza rectilínea de más de cinco metros de longitud que sugiere la elaboración de elementos constructivos para acondicionar el espacio habitado frente a las inclemencias meteorológicas.



La gestión del fuego doméstico en el Abric Romaní constituía otra de las actividades complejas sustentadas en la madera. Los neandertales recolectaban, transportaban y almacenaban sistemáticamente recursos leñosos de dimensiones muy dispares, desde ramitas destinadas a encender la chispa hasta grandes troncos concebidos para mantener el calor durante las frías noches del Pleistoceno. Al superponer todos estos datos espaciales —la distribución de las herramientas de piedra, los huesos de ciervo procesados con marcas de corte, las cenizas de los hogares y los objetos de madera fosilizada—, la investigación emerge como un fresco completo de una sociedad profundamente organizada. Los autores del estudio subrayan que la madera no era un recurso accesorio recurrido en momentos de emergencia, sino el eje vertebral que permitía articular la subsistencia diaria, la tecnología de caza, el acondicionamiento del hábitat y la socialización en torno al fuego.


Este panorama desarticula definitivamente las concepciones decimonónicas y obsoletas que presentaban a los neandertales como criaturas rudimentarias e incapaces de planificar a medio y largo plazo. La maestría técnica demostrada en el Abric Romaní evidencia una comprensión profunda del medio natural, un dominio absoluto de la carpintería prehistórica y una organización social capaz de coordinar complejas cadenas operativas desde la selección del árbol en pie hasta la fabricación de herramientas altamente especializadas. Mientras la ciencia continúa explorando los secretos encerrados en las estalagmitas y sedimentos de los abrigos mediterráneos, la madera fosilizada de Capellades nos recuerda que el verdadero patrimonio de nuestros antepasados no cabía únicamente en la palma de la mano tallada en piedra, sino que se extendía a través de bosques enteros transformados por la inteligencia humana.

Comentarios


bottom of page