Fajardo y la rentabilidad del ego
- Acta Diurna

- hace 1 día
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Por: Dany Oviedo Marino

En la política colombiana, la aspiración presidencial de Sergio Fajardo se ha convertido en un fenómeno cíclico y totalmente predecible. Elección tras elección, su figura reaparece con las mangas de la camisa remangadas y la misma promesa de "esperanza" que, con el paso de los años, ha perdido su brillo original. Para un sector de la ciudadanía, esta insistencia ha comenzado a levantar sospechas, alimentando la narrativa de que ser un "candidato eterno" es, en sí mismo, un negocio lucrativo financiado por las arcas del Estado, lo cual podría considerarse como una actitud codiciosa, pero puede incluso ser más decepcionante: el verdadero negocio de Fajardo no es solo apostarle a lo económico, sino que también es una obstinada inversión en una vanidad que se niega a jubilarse.
Es posible que Fajardo se haya vuelto un candidato eterno simplemente para cobrar los cheques estatales de la reposición de votos, pero sin duda el "negocio" parece radicar en la vigencia política artificial. Fajardo ha perfeccionado el arte de mantenerse relevante sin la necesidad de gobernar ni de tomar posturas. Al posicionarse perpetuamente como la supuesta reserva moral ante la polarización, garantiza su presencia en el debate público, en los foros y en los medios. Pero este activo personal tiene un costo social altísimo: el estancamiento del centro político. Su negativa a dar un paso al costado funciona como un tapón que impide la renovación de liderazgos, bloqueando el surgimiento de nuevas figuras que podrían conectar mejor con un país que cambió radicalmente tras el estallido social.
La historia reciente lo condena. En 2018, su decisión de irse a ver ballenas fue interpretada por muchos como una desconexión elitista que facilitó el triunfo del uribismo. Cuatro años después, su insistencia en liderar la Coalición Centro Esperanza, a pesar de su evidente desgaste, terminó por hundir a todo el bloque alternativo, entregándole las banderas del cambio a un Gustavo Petro que supo leer mejor el momento. La "tibieza", que alguna vez vendió como prudencia, se ha revelado como una incapacidad patológica para proponer un modelo de país y para adaptarse a las nuevas realidades, aferrándose a un guion escrito para una Colombia que ya no existe.
En conclusión, acusar a Sergio Fajardo de ser un mercenario de la reposición de votos es darle demasiado crédito a su astucia financiera. Su verdadero negocio es más sutil y dañino: es la administración de un ego que prefiere perder solo a construir con otros. Mientras siga estorbando y lanzándose sin viabilidad alguna, Fajardo no será recordado como el estadista que pudo ser, sino como el candidato eterno que, en su afán egocéntrico, terminó condenando al centro político a la irrelevancia.







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