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Extraviado en mis propios laberintos

hace 6 minutos
3 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



En una porción de tierra paradisíaca, dominada por gigantescos árboles de caracolí, cámpanos, orejeros, piñones y periguetanos, encontré quizás al alma más solitaria que deambulaba por la comarca.


Dobló su espalda y unió las manos en forma de vasija para beber de aquella quebrada cristalina y pura. Me detuve por un instante, buscando no interrumpir el acto casi ceremonial de alguien que aún bebe agua directamente de las fuentes que se descuelgan de las montañas, abriéndose paso de manera serpenteante en medio de la vegetación espesa.



Una vez sació su sed, se levantó levemente el sombrero de paja y comenzó a lavarse la cara. Restregaba su rostro con fuerza, como buscando borrar no la suciedad del sudor ni el polvo envuelto entre partículas de maleza, sino procurando despejar sus ojos para observar qué era lo que aún lo mantenía unido a aquella profunda soledad.


Giró su cuerpo hacia la izquierda y, al verme, enfocó su mirada en mí. En un breve gesto alzó la vista a modo de saludo. Levanto mi mano y le lanzo un «¡Hola, ¿qué tal?!».

—Soy Efraín —me dijo—, un viejo escritor sin escritorio; el que escribe solo en sus pensamientos utilizando la pluma de los recuerdos y luchando contra el tiempo para que no borre de mi vieja memoria todo lo que he guardado a lo largo de mi existencia. Reconozco que me encuentro extraviado en mis propios laberintos, en medio de esta exuberante vegetación teñida de un verde intenso, con colores que parecen guardados en una gran galería inmutable al paso de los años. He intentado marcharme lejos de aquí, pero no sé qué camino tomar, porque el alma de un viajero está marcada por el destino final al que pretende llegar; mientras tanto yo no sé hacia dónde avanzar, ni siquiera puedo identificar hacia dónde giran las agujas del viejo reloj de pared que cuelga de las tablas de mi rancho.


»Siento su perfume confundirse entre las flores silvestres y sus pasos rebotar sobre las cristalinas aguas de esta quebrada que apaga mi sed y limpia lo más profundo de mi alma. Siento el susurro de su voz mezclarse entre el canto de los pájaros, esos que desmienten la ilusión creada por mi imaginación, sostenida apenas por la fe y los sentimientos ante el posible regreso de un amor incomprendido.


»Ella es la única culpable de mi soledad, porque aún espero que vuelva. Le he reservado todo este mundo y un rincón privilegiado en lo más profundo de mi existencia. A veces me conformaría solo con verla, así fuera de lejos, y poder acariciarla con el deseo de la mirada, ya que es ella quien inspira cada letra, cada tilde que guardo en los archivos más secretos de mi alma. Esa mujer de cabellera ondulada, semejante a las olas del inmenso mar que suben y bajan desde el cielo a la tierra, alegrando o mortificando mi existencia...


»La dueña de una sonrisa eterna, semejante a un collar de estrellas; la de labios color rosa que se confunden con las flores recién nacidas; la de piel suave que emana el perfume más encantado; la de un cuerpo sin igual, tallado con cincel celestial en los talleres del trono del mismo Dios. Sabes, amigo caminante, te confieso que la asemejo con una deidad. Es un amor obsesivo por alguien que trasciende lo humano.



»Es por ella por quien me encuentro extraviado en los laberintos que construí al calor de su amor, sin la posibilidad de abandonar este lugar del que un día la vi partir. En su maleta no solo cargó sus pertenencias: se llevó mi vida. Por eso la sigo esperando, aguardando a que retorne a estas tierras que con su partida quedaron sumergidas en un completo y eterno silencio. Aquí el tiempo se detuvo y los jardines florecieron con flores negras, de día y de noche, como quien espera sin importar el fin en un mundo que he creado solo para ella y para mí.


»En las noches siento sus suaves manos deslizarse por mi cuerpo, y en la claridad del día no hago otra cosa que recordar los sueños. Tal vez sea eso lo que me mantiene aquí, sin posibilidad de salir, sedado por el néctar de aquellos labios que una vez besé hasta perder la razón. Este es un lugar perfecto: sea para herir, para sanar o para recordar a un amor no correspondido.

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