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El regreso del Mercantilismo en pleno siglo XXI



Durante más de dos siglos, la ortodoxia económica sepultó los dogmas del mercantilismo bajo los pilares del libre mercado, la ventaja comparativa y la globalización de las cadenas de valor. Sin embargo, el escenario económico internacional de 2026 nos confronta con una paradoja histórica fascinante y alarmante: las principales potencias económicas del planeta han desempolvado los manuales de las monarquías absolutistas del siglo XVI: Aranceles punitivos, subsidios industriales masivos, control de flujos de capital y estrategias de blindaje nacional han dejado de ser anomalías pasajeras para convertirse en la gramática fundamental de las relaciones internacionales.


Para comprender cabalmente la magnitud del fenómeno actual, es menester examinar el sustrato histórico que dio origen a esta doctrina. El mercantilismo no emergió como un cuerpo teórico homogéneo y abstracto, sino como un conjunto pragmático de prácticas económicas e institucionales que imperaron en Europa Occidental entre los siglos XVI y XVIII, coincidiendo con la transición del feudalismo al absolutismo monárquico y el impacto transformador del descubrimiento de América en 1492.



La piedra angular de este sistema fue el bullionismo: la creencia inquebrantable de que la riqueza y el poder de una nación se medían exclusivamente por la cantidad de metales preciosos (oro y plata) acumulados en sus arcas. Bajo esta premisa, el comercio internacional se concebía estrictamente como un juego de suma cero. En este tablero geopolítico, lo que un Estado ganaba mediante un superávit comercial, otro lo perdía de manera inexorable. Esta visión descartaba la posibilidad de un crecimiento económico compartido, justificando intervenciones estatales agresivas para maximizar las exportaciones, restringir las importaciones y acumular tesoros destinados a financiar ejércitos permanentes y estructuras de corte.


En 1613, el economista italiano Antonio Serra publicó un tratado pionero analizando el comercio mediterráneo en Venecia y Génova. Décadas más tarde, Jean-Baptiste Colbert (1665-1683), contralor general de finanzas de Luis XIV, institucionalizó el colbertismo: un modelo de intervención estatal radical basado en manufacturas reales, aranceles prohibitivos y flotas comerciales protegidas que convirtió a Francia en una potencia industrial a costa de rigideces estructurales y endeudamiento crónico.


La doctrina mercantilista comenzó su declive teórico gracias a las contribuciones fundacionales de la economía política clásica. David Hume demostró técnicamente la inviabilidad de mantener superávits comerciales perpetuos, señalando que la acumulación constante de metales generaba inflación interna, encarecía las exportaciones y revertía automáticamente los flujos de capital. Posteriormente, en 1776, Adam Smith demolió los cimientos del sistema en La riqueza de las naciones, argumentando que la verdadera riqueza de una nación radica en la productividad anual de su trabajo y su tierra —el germen conceptual del actual Producto Interno Bruto—, y demostrando que la división internacional del trabajo genera ganancias mutuas para todas las partes involucradas.


El Neomercantilismo del Siglo XXI: De la Divisa al Chip


A pesar de haber sido desplazado teóricamente por el liberalismo económico, el mercantilismo nunca desapareció por completo; mutó hacia lo que hoy denominamos neomercantilismo. En el siglo XXI, la obsesión por acumular lingotes de oro ha sido reemplazada por la acumulación masiva de reservas internacionales en divisas fuertes y, de manera crítica, por el control de capacidades tecnológicas e industriales estratégicas.


El punto de inflexión contemporáneo se materializó con crudeza en los últimos años. Estados Unidos implementó aranceles generalizados del 10% a la práctica totalidad de sus socios comerciales y tasas acumuladas del 54% sobre las importaciones procedentes de China, bajo la bandera de corregir desequilibrios comerciales históricos. No obstante, los datos macroeconómicos recientes evidencian las contradicciones de este enfoque: a pesar de las barreras arancelarias más severas desde la década de 1930, el déficit comercial estadounidense de bienes escaló a máximos históricos, mientras que la inversión extranjera directa se contrajo en comparación con la década anterior. A esto se sumó un fallo histórico de la Corte Suprema en febrero de 2026 (caso Learning Resources contra Trump), que declaró ilegales ciertos usos de facultades de emergencia para decretar aranceles unilaterales.



En paralelo, las potencias han desplegado una política industrial de corte profundamente intervencionista:


  • Estados Unidos: A través de la CHIPS Act (2022) y la Inflation Reduction Act, ha movilizado más de un billón de dólares en subsidios directos y créditos fiscales para blindar la producción nacional de semiconductores y tecnologías de transición energética.


  • China: Consolida un modelo de coordinación estatal explícita —ejemplificado en la ley de promoción de la economía privada de 2025—, orientando el crédito bancario masivo hacia las denominadas "nuevas fuerzas productivas" y la autosuficiencia tecnológica.


  • Unión Europea: Responde con su propia legislación de subvenciones industriales y aranceles fronterizos al carbono, buscando evitar la desindustrialización frente a bloques hipersubvencionados.


Impacto estructural en la economía mundial y regional


El retorno a las prácticas mercantilistas genera ondas expansivas diferenciadas en la economía global:


  • A nivel global: La fragmentación de las cadenas mundiales de suministro incrementa los costos de producción y redistribuye la carga inflacionaria hacia los consumidores finales. El comercio internacional deja de regirse por criterios estrictamente eficientes de costos y precios, subordinándose a la lógica de la seguridad nacional y la contención geopolítica.


  • En las economías emergentes y regionales: Países en desarrollo enfrentan un entorno sumamente hostil. Las presiones de relocalización industrial desvían los flujos de inversión extranjera directa hacia los mercados centrales o aliados geopolíticos seleccionados, marginando a las economías periféricas que no disponen de recursos fiscales para competir mediante subsidios millonarios.



Hacia un nuevo orden comercial fragmentado


El auge del neomercantilismo en 2026 no es un accidente coyuntural, sino una respuesta sistémica a la vulnerabilidad de las cadenas globales y a la competencia hegemónica entre superpotencias. Sin embargo, como advirtieron los economistas clásicos hace dos siglos y como demuestran los datos actuales, el proteccionismo exacerbado y el intervencionismo rígido corren el riesgo de autoderrotarse: generan ineficiencias estructurales, asfixian al consumidor final y erosionan la cooperación multilateral indispensable para el crecimiento económico sostenible.


El gran desafío de la economía mundial no es añorar un libre mercado ingenuo que ya no existe, sino calibrar los límites entre la legítima soberanía industrial y los costos prohibitivos de una fragmentación comercial que amenaza con fracturar la prosperidad global.

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