Doctor Petro, ¿el poder para qué?



En el escenario político siempre ha surgido esta pregunta. Tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, el expresidente Darío Echandía pronunció una frase que hizo historia: “¿El poder para qué?”. El torbellino de multitudes que causó disturbios, denominado el “Bogotazo”, luego del magnicidio del “caudillo del pueblo”, era ignoto con relación a para qué era el poder, pero Echandía lo sabía perfectamente.


El Estado es concebido desde su origen como un instrumento de dominación. El poder es para dominar y el dominio para enriquecerse. Y si volvemos al origen de la sobrevivencia del hombre que tiene que matar y robar, entonces el poder es el control de la capacidad legal para robar y matar. Control controlado en teoría incontrolado en la práctica.


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En la antigua Atenas, encontramos el ejemplo más diáfano de la génesis y desarrollo del Estado. En la constitución gentilicia se consagra la distribución privada sobre el suelo y la existencia de capas sociales. El desarrollo de la productividad había alcanzado un nivel que posibilitaba la producción de excedentes, sobre todo en las actividades ganaderas, creando las condiciones para la explotación de esclavos y desposeídos, y la acumulación de riquezas en manos de algunas familias. La constitución de Teso divide al pueblo en tres clases los eupátridas o nobles, los geomoros o agricultores y los demiurgos o artesanos.


Oportuno resaltar la constitución de Solón y la reforma que este hizo en el año 594 antes de nuestra era. Solón inició la serie de lo que se llama revoluciones políticas, y lo hizo con un ataque a la propiedad.


Todas las revoluciones han sido en favor de un tipo de propiedad sin lesionar la propiedad de otros. En la Revolución francesa, propiedad feudal vs propiedad burguesa.

Solón afectó la propiedad de los acreedores en provecho de la propiedad de los deudores. Las deudas fueron, sencillamente, declaradas nulas.


En 1689, John Locke, padre del liberalismo clásico, escribió los dos Tratados Sobre el Gobierno Civil, en momentos en que surgían las condiciones para la Revolución Industrial. En el segundo tratado, el Estado moderno cuida que los productores directos del excedente no pretendan ser los propietarios y los gestores de su propio trabajo. El derecho a la propiedad privada o el derecho a privilegios (como los de la nobleza, la ciudadanía romana o las burocracias) no es una superestructura fundada en las relaciones sociales opresoras de dominación, sino, al contrario, el derecho funda como última instancia formal o política el ejercicio empírico del sujeto económico que le permite poseer con toda la protección del Estado (hasta militar o policial) bienes excedentes extraídos injustamente al sujeto productor, al trabajo vivo.


Un hombre se hace propietario de las cosas con su trabajo, pero el trabajo de un solo hombre no es capaz de lograr la apropiación y acumulación de inmensas cantidades de riquezas. Un hombre despojado de sus propiedades no tiene más remedio que vender su fuerza viva, su sangre y sudor. Le es robado parte del don que la naturaleza le regala, su propiedad natural.


Es cierto no es posible abolir el Estado porque no ha sido posible poner fin a la dominación ni al poder surgido de ese dominio. No se ha creado otro organismo político-administrativo que lo pueda sustituir. El Estado es un poder fáctico. Lo único posible es reformarlo, moderarlo, hacerlo más humano. La socialdemocracia o “capitalismo con rostro humano” en Suecia y Noruega son ejemplos.


El Leviatán de Thomas Hobbes, ese monstruo gigante y súper agresivo (el gobierno) que cuida la paz y el orden para que los ciudadanos no amenacen al Estado ni sufran amenazas, se convirtió en un monstruo terrorífico que cuida la propiedad privada y se roba la propiedad pública (el erario y los bienes públicos) no sin antes sacrificar el bienestar de los ciudadanos gobernados, sin que nadie, aparentemente, pueda controlarlo.


Es improbable la abolición del Estado, para que éste desaparezca deben desaparecer las relaciones de dominación y para que estas desaparezcan debe extinguirse la especie humana.


El principio determinante y por lo tanto ontológico de la política es el acuerdo de voluntades para vivir en sociedad. Ese acuerdo de voluntades son reguladas por leyes, siendo la constitución la madre de todas, a las cuales se someten los ciudadanos para dirimir discrepancias. No obstante si las leyes no se cumplen, sea por un sesgo de injusticia que conculca derechos ciudadanos, y pone en peligro la seguridad de la vida en convivencia, no devendrá otra lógica distinta a la desobediencia civil y la pugna por reformar, abolir y crear nuevas leyes, entendiendo que el derecho no se agota en la ley.


La esperanza de un Estado más justo


Al ganar la presidencia, con sobrados méritos, el doctor Petro ancló el pedestal de su liderazgo en una cima, dejando al descubierto y sin proponérselo un abismo de “liderazgos” que ya venían desgastados. Una altura que pocos podrán escalar siquiera hasta la falda de esa montaña. El doctor Petro logró ganar una fracción del poder ejecutivo. Una parte, porque no controla los poderes territoriales (alcaldías y gobernaciones). Tampoco, el Pacto Histórico, del cual el doctor Petro es su líder natural controla las mayorías en el Congreso. El poder político en juego en las elecciones territoriales 2023 no es asunto de poca monta, no es una competencia pueril, de vanidades, sino de ascenso a la montaña. Asunto de altura para liderazgos de altura. Cuestión de escalamiento que nos ayuden a salir del hoyo. Asunto de hombres con altura intelectual y ética que no sufran de vértigo a las alturas. Que no se mareen con los asuntos de altura que trae el poder. Que no se arrodillen en el suelo que está debajo de la colina suplicando que otros los ayuden a subir. Y que si logran alcanzar al menos la falda de la montaña no desistan del empeño e intenten lanzarse al vacío para volver a la superficie donde pertenecen.


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No es cuestión de poca monta sino un ejercicio de escalamiento. El que quiera montarse tendrá que tener aptitudes y actitudes de escalador. No es cuestión de poca monta cuando se trata de montar un proyecto de vida de largo aliento que nos salve a todos. Las piezas del poder local deben engranar en el motor del desarrollo nacional.

Si se quiere ganar un significativo porcentaje de cargos de elección popular en 2023 se debe seleccionar a los mejores candidatos. Es un riesgo político pretender ganar con candidatos que generan resistencia dentro de los electores. De nada servirá que el doctor Petro les levante la mano en la plaza pública. No es así como se derrota a los clanes políticos que controlan el poder económico en los entes territoriales, en donde cuando se trata del poder local, los votos del doctor Petro no son endosables a otros candidatos. Su hijo Nicolás es un ejemplo del que debemos aprender.


Es cuestión de coherencias políticas. Y donde hay coherencia y cordura quedan al margen los asuntos de poca monta. Llámenle táctica y estrategia de fino diseño, si lo prefieren.