Cuando el acto de robar es compartido
- Acta Diurna

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Por: Ulises Redondo Cienfuegos

La época de la violencia entre liberales y conservadores terminó cuando dirigentes de ambos partidos pactaron el Acuerdo de Benidorm. Consistió en la alternancia en el poder y paridad burocrática. Por muy connotado que fuera el acuerdo las denotaciones se caían por lo explícito: repartición del poder y paridad de la burocracia. La marrana se la repartirían cada cuatro años.
Después de 30 años de violencia interpartidista, a Lleras Camargo, jefe del partido Liberal, se le ocurrió una genialidad que compartió con alguien un poco menos inteligente, Laureano, presidente de Colombia y líder conservador. La talentosa propuesta era por demás sencilla: "bueno es robar y matar", pero terminarían por eliminarse físicamente sus "ciegos" seguidores. Los líderes, intocables, no, por supuesto. Y ya no habría justificación para robar y matar, “ideología” que por muy chambona que fuera era el sustento lúcido de ambas colectividades. Entonces porque no ponerse de acuerdo solo en robar. Aunque no hay honor entre ladrones, no era mala la idea compartir solidariamente el botín. Además, la propuesta de Lleras, cerebro maestro, era una solución momentánea, por 16 años, al menos.
Un amigo septuagenario casado con una mujer muchísimo más joven que él, me dijo un día: “Es mejor compartir mi mujer que quedarme sin nada”. Seguro murió feliz, fiel a su credo de consentir la infidelidad. La tregua pudo ser una estrategia que daba chance a cada partido para cuadrar caja. Ínterin, un intruso, el General Rojas Pinilla, había llegado como ladrón en la noche para quedarse con el botín y no quedaba otro remedio que defenestrar al huésped incómodo. No podían quedarse con el pecado y sin el género.
A la luz pública se lanzó un simbolismo que marcó el alma del pueblo analfabeto: Ambos partidos dejaban de matarse por dos colores que al parecer era la única diferencia, lo único que los dividía en ese enfrentamiento cruel en el cuál moría mucha gente defendiendo intereses ajenos. ¡Qué culpa tienen los colores!, diría el ingenuo con alguna lógica sin conocer los detalles del intríngulis consensuado que se urdía intramuros. Cierta lógica, la violencia no era por los colores que dejó un reguero de 300 mil cadáveres por gran parte de la geografía nacional. La violencia trascendía los umbrales del nulo nivel de entendimiento de la montonera. Cierta lógica, solo el horario para asistir a misa, los domingos, era la diferencia. Los dirigentes del trapo azul comulgaban el cuerpo y la sangre de Cristo a las 7 a.m., en tanto los del trapo rojo lo hacían a las 9 a.m.
Así pues que se lavaron las manos, y las entrelazaron en una unión marital política de hecho.
Los santanderistas se jactaban de que tras el trágico episodio de la Conspiración Septembrina en 1828, durante el cuál se intentó asesinar a Bolívar, en Bogotá, dándole al Libertador un merecido escarmiento, la naciente República aristocrática de la Gran Colombia no era territorio abonado para las dictaduras militares. Es cierto. La aristocracia siempre tiene como referente de poder al rey, la gran colombiana nunca abandonó la idea de ser súbditos directos del poder real, sin intermediarios: virreyes, resentantes de la Real Audiencia, etc. Hoy, al verdadero rey no lo personifica nadie. Es el capital. Bolívar fue el primero que intentó una dictadura para poner orden a una nación en ebullición y no pudo. Bolívar valoraba la autoridad militar como garantía de estabilidad de la independencia del imperio, recién lograda.
En 1952, el presidente designado Urdaneta, ante la enfermedad del titular Laureano Gómez, nombró a Rojas Pinilla comandante general de las Fuerzas Armadas. Durante ese periodo se acrecentaron las disputas entre los partidos, lo que llevó al descontento social hacia el presidente y profundizó la crisis política. El 13 de junio de 1953 Rojas Pinilla dio un golpe militar pacífico, sin el previo ruido de los sables, a Gómez, quien intentaba retomar el poder tras la renuncia de Urdaneta.
Rojas Pinilla fue acusado de imponer una dictadura para perpetuarse en el poder. Al final, entregó sus credenciales a una junta militar. El General fue utilizado como un comodín “apaga fuego” por el expresidente liberal Ospina Pérez y varios líderes conservadores para desactivar la violencia sin control auspiciada por ellos mismos.
Seriamente enojado por la conspiración frente nacionalista que le propinó un contragolpe, Rojas Pinilla planeó su venganza y seguro de que las masas lo seguirían, postuló su nombre a la presidencia en las elecciones de 1970 para truncar el último periodo del Frente Nacional, con Misael Pastrana como su elegido. La noche del 19 abril de 1970 las emisoras daban por ganador al General Pinilla, por una diferencia cercana a los 113.000 votos. Fue entonces cuando el Gobierno, en cabeza del ministro Augusto Noriega, prohibió los boletines radiales y él mismo dio los resultados oficiales hasta ese momento: Rojas aventajaba a Pastrana por algo más de 9.000 votos. Entre tanto, el presidente Lleras Restrepo decretó el toque de queda y a la mañana siguiente había volteado la arepa. Pastrana tenía una ventaja de 2.617 votos sobre el General, que al final fueron de 63.557 de diferencia.
El acuerdo frente nacionalista sirvió para varias cosas: 1. Para desactivar la violencia y seguir robando sin sobresaltos. 2. Para hacerle creer al pueblo que la violencia era de origen partidista. 3. Para dar un contragolpe a un golpista colocado como comodín, pero que vio la oportunidad de quedarse con todo el poder. Toda la mentira posible para robar, todo el poder para robar. Todo el poder de la mentira para robar y matar. Todo EL DERECHO A ROBAR, como si se tratara de un derecho hereditario. O como si el rey Fernando VII les hubiera otorgado el título de ladrones vitalicios, título extensible hasta la muerte del último heredero de la última generación.



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