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La diferencia entre la violencia vivida y la contada

Por: Nerio Luis Mejía



Colombia es una paradoja: una nación alegre y bellísima, pero al mismo tiempo herida por una violencia que durante décadas la castiga sin cesar. La imagen que se proyecta de nuestro país depende mucho de la percepción, de cómo lo conozcas o de las experiencias que vivas. No es igual para quien aterriza en la feria de las flores de Medellín, el carnaval de Barranquilla, las ferias de Cali o un festival vallenato, y construye la idea de una sociedad que vive al ritmo de sus fiestas, que para aquel que llega y termina secuestrado por un grupo criminal, padeciendo el sufrimiento más horroroso que pueda atravesar un ser humano.



La violencia aquí la hemos experimentado de distintas maneras. Para los más afortunados, esa palabra aparece en libros de historia, en relatos breves o en las narconovelas que han inundado la televisión mundial, recreando apenas la punta del iceberg. Para otros, menos afortunados, que hemos perdido a nuestros seres queridos a manos del crimen, que corrimos en medio de la noche quebrando ramas de cafetales con los pies descalzos para evitar que la mano homicida nos convirtiera en una cifra más, la experiencia es completamente distinta.


Crecí a orillas del río Ariguaní, frontera natural entre Cesar y Magdalena. Tuve una infancia feliz junto a mis padres y hermanos, en un hogar campesino donde, en medio de la escasez, lo teníamos todo: un río cristalino, quebradas que surcaban la finca, pájaros de mil colores que embrujaban con sus cantos, olores de flores silvestres y animales domésticos que respondían a sus nombres. Todo fue así hasta que apareció la violencia. No la que me contaron, sino la que me condenaron a vivir. Esa misma que se llevó a mi hermano, a mis primos y a mis amigos cuando apenas era un adolescente. Una violencia indolente que arrasó comunidades enteras, diseñada para exterminar incluso el nombre de nuestras veredas, como si negaran que alguna vez existieron. Pero los sobrevivientes jamás las borramos de la memoria: hoy viven en nuestras letras, que cuentan al mundo la diferencia entre la violencia vivida y la violencia contada.


No puedo ocultar que esos episodios oscuros marcaron mi vida de manera cruel y amarga. Son pesadillas que despiertan a cualquier hora de la noche, heridas que no solo se grabaron en mis recuerdos, sino que atravesaron mi alma. Sin embargo, no le he concedido a los violentos el gusto de vivir mi vida en blanco y negro. A través de mis escritos le muestro al mundo que en mi imaginación existe una galería multicolor: el verde bosque que me vio nacer, el sonido de las chicharras, el canto de los pájaros que perseguía descalzo, el crujir de las hojas secas bajo el peso de aquel niño que pescaba con grillos como carnada y que, a lomo de burro, vendía galletas y cocadas.



Escribo para que mis hijos y las futuras generaciones conozcan la violencia contada y no tengan que vivirla. No seré egoísta con el mundo: debo decirles lo que significa para un campesino perderlo todo y correr lo más rápido posible para salvar su vida, sin mirar atrás, porque cada centímetro alcanzado fue la más grande carrera ganada para sobrevivir. Allí quedaron mis muertos y mis ilusiones, pero jamás los sepulté: siguen vivos en mis recuerdos, iluminados por la luz de un mechón de querosén que nunca podrán apagar. Esa violencia que me impusieron vivir hoy la cuento con letras sobre un papel que se humedece con lágrimas y un corazón que sangra sin descanso.

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