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Con los años no solo se pierden las fuerzas: el amor corre igual suerte

hace 5 horas
3 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



Después de los cuarenta ya no hay marcha atrás; todo lo que deseamos no son más que viejos anhelos que la terquedad humana insiste en revivir y se niega a aceptar. Quizás el alma no envejezca y las ilusiones revivan viejas pasiones, pero no tienen piedad con aquel cuerpo en el que el tiempo ha hecho su trabajo y ha pasado sus facturas.


Así que, consciente de esta etapa —privilegiada para quienes logramos alcanzarla—, me refugié en mi pequeña propiedad rural. Comencé de cero, eso sí, con la mente atiborrada de recuerdos. Los atardeceres silenciosos y grises me recuerdan que en mi juventud había pintado mi vida de colores, los mismos que con el paso de los días se diluían en la turbulencia de los años. Ahora remo con paciencia, sin afanes por llegar al final.



Confieso que las noches son frías y oscuras, a pesar de las incontables lunas llenas y de una luminosa constelación de estrellas. Me recuesto en mi lecho colgante —mi hamaca— y, muy despacio, dejo caer mi cuerpo sobre aquella banda de tela. Me quito los anteojos y los dejo cerca, al alcance de la mano, pues la vista me fue abandonando poco a poco sin darme cuenta. Hoy me deja como regalo de consolación estos lentes que debo aceptar en reemplazo de la visión que consideré mía y que creí que conservaría para siempre.


Al caer la noche sigue el frío de la soledad y la oscuridad, anhelando el comienzo del nuevo día para dar inicio a las rutinas: regar las plantas y alimentar a los animales que ahora son mi compañía. Al principio de la noche caigo profundamente rendido; al cabo de unas horas despierto recordando aquellos años de juventud llenos de sueños y proyectos. Parecían las ruedas traseras de un carro, que marchan a la velocidad de las delanteras pero jamás podrán alcanzarlas, porque así es el destino, que sigue un curso ya trazado.


Realizo unos movimientos bruscos cuando, de momento, el gallo que posa como rey del gallinero lanza su habitual canto, rompiendo aquel profundo silencio y anunciando la llegada de la aurora. Me levanto con una extraña suavidad, como quien, consciente de la edad, cuida la piel y los huesos que se vuelven frágiles tras soportar el peso de los años. Elevo una oración antes de calzarme los zapatos y me dirijo al viejo rancho de palma que hace las veces de cocina. Atizo el fogón de leña; la madera humeante y ardiente abre paso a la olla del café. Disfruto esa bebida sorbo a sorbo, lo que me permite comprender que con los años no solo se pierden las fuerzas y la belleza: el amor corre igual suerte.


En este paradisíaco y mágico rincón del Caribe, el día comienza con el revoloteo de mariposas que llegan a deleitarse con las flores de las margaritas; un concierto de pájaros cantores embruja el entorno y el sol ardiente deja ver sus primeros rayos sobre las colinas. Lo observo con detenimiento y de nuevo llegan los recuerdos de aquellos años coloridos, dibujados con el brillo de una juventud efímera que también trajo una suma de experiencias entre triunfos y derrotas, las cuales moldearon lo que hoy llamo «tiempo vivido».



Soy un hombre del Caribe que no se despide de la vida, sino que, muy consciente, asume el inicio de una nueva etapa. Esto no marca un final, sino el comienzo de una era que hoy vivo en plenitud y no con resignación, ya que con el paso del tiempo nos vamos acercando al origen: vine solo al mundo y la misma vida me prepara, poco a poco, para el momento en que solo deba partir.

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