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Colombia atraviesa una era de terror

Por: Nerio Luis Mejía



No es cuestión de percepción ni de oposición al actual gobierno. Son las cifras y el dolor de las víctimas los que confirman que Colombia transita por una era de terror, semejante a la violencia que nos ha marcado desde el pasado. Según el Observatorio de Derechos Humanos de la ONU, en 2025 se registraron más de 63 masacres verificadas en el país de acuerdo al organismo internacional, y la Defensoría del Pueblo en su Boletín de Movilidad Humana reportó un incremento del 318,3% en desplazamientos forzados respecto al año anterior. La inseguridad se encuentra en todas partes: desde la delincuencia urbana hasta el control territorial que ejercen estructuras criminales en zonas rurales, convertidas en ejércitos al margen de la ley que superan en capacidad operativa a las fuerzas legítimas del Estado.



La violencia ha mutado con los años. Ya no se trata de luchas por ideales sociales, sino de una maquinaria de muerte que convierte a la misma sociedad en víctima. No hay respeto por edades, pensamientos ni clases sociales. Esta violencia degradada ha cobrado la vida de campesinos, líderes sociales, periodistas y ciudadanos comunes. El Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) documentó al menos 187 asesinatos de líderes sociales en el último año, un incremento del 8% en comparación al 2024 lo que evidencia la sistematicidad del fenómeno.


Los muertos se cuentan apilados. El término “masacre” ya no se discute, porque nadie puede negar que se asesina de manera descontrolada. Quedan tras de sí el llanto de quienes sobreviven, muchas veces sin poder recoger a sus muertos por temor a convertirse en una cifra más. Así, acompañan a los caídos en un viaje sin retorno hacia el infinito.


Los grupos armados controlan corredores viales, secuestran, hostigan, amenazan y se pasean por los cascos urbanos. Las imágenes muestran unas fuerzas del orden debilitadas, con acciones defensivas más que ofensivas. La población clama por el restablecimiento del orden, mientras las funerarias prosperan en medio del dolor, y otros cuerpos terminan en fosas comunes, sepultados bajo la jungla y las montañas que guardan secretos de miles de desaparecidos. ¿Cuántos cadáveres reposan en el suelo de este país hermoso que ya ha perdido hasta el interés en contarlos?


Las montañas no solo han sepultado cuerpos, ni los ríos han servido únicamente como autopistas de muertos sin dolientes. Aquí la verdad se mantiene en silencio, pero ese silencio no será eterno: el amor de las madres, esposas e hijos será más fuerte que el poder de las fuerzas oscuras.



Esos muertos quizás se levanten en la resurrección con la llegada del Mesías. Mientras tanto, nuestra sociedad debe levantarse con fuerza para sobreponerse al periodo más oscuro del conflicto. Colombia siente, respira y llora sin consuelo por los que se fueron antes de tiempo. La dirigencia política, enfocada en el poder, olvida el valor de la vida y la tranquilidad de sus connacionales. Tal vez llegue pronto alguien con valor y amor por su pueblo, que con determinación ponga fin a esta era oscura y no permita que la justicia deje sin castigo a quienes desprecian la vida y obligan a despedir a los nuestros en silencio, bajo el miedo.

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