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Carta abierta al señor presidente electo, Abelardo de la Espriella

Por: David Toloza



Estimado señor presidente electo:


Reciba usted mis más efusivos parabienes. No los tibios aplausos del converso de última hora, sino los de quien lo observará con la gélida delectación del entomólogo que estudia cómo un insecto promete volar y termina estrellándose contra el mismo vidrio que juró romper.


Le escribo no como adversario —qué vulgaridad—, sino como ciudadano ilustrado que respeta las reglas del juego democrático, aunque el resultado huela a populismo reciclado con barniz bíblico y olor a petróleo. Mi petición es de una modestia casi aristocrática: cumpla. No le exijo gobernar para todos (promesa de campaña tan desgastada como un sermón de domingo). Le exijo, con la precisión quirúrgica que usted tanto admira, que ejecute exactamente lo que vendió. Sin pudor, sin esa repugnante “prudencia de gobernante” que suele aparecer cuando la realidad osa contradecir el libreto.



Pase la motosierra, señor presidente. Con entusiasmo. Con saña. Con la misma sonrisa beatífica que puso al prometerla. Reduzca ese Estado obeso en un 40% como quien poda un rosal. Elimine ministerios “inútiles” (palabra tan elegante para decir “los que no me sirven”). Despida sin anestesia a esos 700.000 cargos públicos que tanto le molestan. Un país pobre, según su lúcida diagnosis, no puede darse el lujo de ser el primer empleador. ¡Qué profundidad! ¡Qué sensibilidad social la de decírselo precisamente a quienes dependen de ese sueldo para no morirse de hambre! Ellos lo votaron. Que aprendan la lección de economía que tanto merecen.


Abra el subsuelo, acelere el fracking y convierta Colombia en el paraíso prometido de las multinacionales. Los ecosistemas, los ríos y los páramos no votan, no tuitean y, sobre todo, no aportan a la campaña. Qué irrelevantes son, ¿verdad? Que las empresas extranjeras hagan lo que mejor saben: extraer, contaminar y repatriar ganancias. Usted lo llamó “transformación nacional”. Yo lo llamo liquidación de activos con descuento ideológico.


Y llegamos al plato fuerte, la joya de su retórica: la política migratoria. “Colombia es primero para los colombianos, y segundo para los colombianos.” ¡Qué frase! Casi platónica en su profundidad. Expulse, cierre fronteras, deporte, niegue servicios. Sea coherente, por una vez en la vida de la derecha continental. Solo le pido un pequeño ejercicio de memoria histórica (sé que es pedir mucho): recuerde que hay más de tres millones de colombianos haciendo exactamente lo mismo en el norte, trabajando en negro, mandando remesas que sostienen familias enteras. Pero claro, eso es “emprendimiento” cuando somos nosotros; “invasión” cuando son los otros. La hipocresía, como el buen vino, mejora con el tiempo.


Firme el Plan Colombia II. Abrace a Donald Trump con el fervor de quien encontró a su Mesías en Mar-a-Lago. Invite a Israel a modernizar nuestra fuerza pública. Rocíe glifosato hasta que los cultivos de los campesinos (esos mismos que lo votaron con fe evangélica) queden tan estériles como sus promesas de “desarrollo alternativo”. Que no distinga entre coca y comida: la fumigación siempre ha sido ecuménica.


Construya sus megacárceles al estilo Bukele. Llénalas. Que el miedo y la Biblia sigan siendo los pilares de su proyecto. Un pueblo que vota con el corazón y el pánico merece el orden que pidió: más rejas que escuelas, más pastores que profesores.


Y ya que su victoria tuvo tanto de cruzada religiosa, gobierne también para quienes confundieron el púlpito con un plan de gobierno. Para quienes creyeron que citar versículos resolvería el déficit fiscal. Para quienes pensaron que María Corina Machado felicitándolos desde Caracas era señal de victoria y no de espejo roto. Que Trump lo llame. Que Israel mande asesores. Que el mundo vea que Colombia eligió, con plena conciencia, volver al siglo XX con wifi.



Porque eso es lo que quiero, señor presidente. No por maldad. Por pedagogía histórica. Quiero que cumpla todo. Que en cuatro años, cuando los empleos públicos desaparecidos no hayan sido reemplazados por el milagro del mercado, cuando los ríos sean cloacas concesionadas, cuando los migrantes deportados dejen de mandar remesas, cuando la clase que lo llevó al poder sienta en su propia carne el peso exacto de su entusiasmo, nadie pueda decir que no estaba advertido.


Estaba en el programa. Usted lo dijo. Colombia aplaudió.


Yo no aplaudo. Observo.a esta tragicomedia, le ruego: cúmplalo todo. Este país, en su infinita sabiduría, se lo merece.


Atentamente y con la resignación elegante de quien tiene palco en el circo,


Un colombiano que ya ha visto esta película varias veces.

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