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Capitalismo: por qué el tablero mundial se inclina hacia China

Por: Dany Oviedo Marino



Durante décadas, el mundo se acostumbró a una narrativa sencilla: Estados Unidos era el faro de la libertad económica y China, el bastión del control estatal. Sin embargo, si observamos los movimientos geopolíticos recientes, parece que los actores han decidido intercambiar sus guiones a mitad de la obra. Hoy asistimos a una paradoja fascinante: mientras Washington se repliega en un proteccionismo agresivo, Pekín se presenta ante el mundo como el último gran defensor de las fronteras abiertas y el comercio global.



La realidad es que los "verdaderos capitalistas" del siglo XXI visten ahora banderas rojas. Para ser capitalista no basta con tener empresas privadas; se requiere creer en la competencia, en la apertura de mercados y en la expansión constante. China ha entendido esto a la perfección. Mientras Estados Unidos impone aranceles de hasta el 200% a productos extranjeros y bloquea aplicaciones tecnológicas por miedo a la competencia, China está utilizando el foro de Davos para pedir más globalización y menos barreras. No lo hacen por caridad, sino por puro instinto de mercado: saben que quien domina el flujo del comercio, domina el mundo.


El contraste en las tácticas es, quizás, lo más revelador. La política exterior estadounidense ha pasado de la diplomacia de acuerdos a la diplomacia del "cuchillo en el cuello". Ya no se trata de quién ofrece el mejor producto, sino de quién tiene más poder para castigar. Al usar las sanciones económicas y las amenazas territoriales como su principal herramienta, Washington está rompiendo el cristal más valioso que ha tenido en la economía mundial: la confianza. Cuando un país como Canadá, vecino y aliado histórico, empieza a mirar con mejores ojos a Pekín porque considera que los chinos son "más predecibles", es obvio que algo se ha roto profundamente en el liderazgo americano.


Esta pérdida de confianza no es un detalle menor. En el mundo de los negocios, la estabilidad es oro. China ha sabido leer este vacío y se ha posicionado como "el adulto en la sala". Frente a un Washington que parece gobernar a base de impulsos y amenazas de última hora, Pekín ofrece contratos a largo plazo, construcción de infraestructuras masivas y una visión de futuro basada en sectores estratégicos. Los datos respaldan esta estrategia: China ya no solo fabrica juguetes; lidera la producción mundial de vehículos eléctricos, paneles solares y tecnología verde, áreas donde el futuro de la economía se decidirá.


El resultado de este choque de visiones es evidente en las cifras. China cerró recientemente con un superávit comercial que supera el billón de dólares, una cifra astronómica que demuestra que, a pesar de los muros que intenta levantar Occidente, el mundo sigue queriendo y necesitando comerciar con ellos. Mientras tanto, la estrategia estadounidense de intentar asfixiar a sus competidores parece estar teniendo un efecto rebote: está aislando a la propia potencia que la promueve.



En definitiva, estamos ante un suicidio estratégico por parte de un hegemón que ha olvidado las reglas que lo hicieron grande. China no está derrotando a Estados Unidos con las armas, lo está haciendo jugando mejor al juego que los propios estadounidenses inventaron. Si el capitalismo se define por la expansión, la inversión y la defensa del intercambio libre, entonces el corazón del sistema ya no late en Nueva York, sino en las dinámicas ciudades comerciales del gigante asiático. El mundo ya no espera a Washington; ahora, simplemente, busca al socio que le ofrezca un trato, no una amenaza.

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