73% de latinoamericanos siente que el Estado hace "poco o nada" por ellos

El pulso político en América Latina atraviesa un momento complejo de reconfiguración. El más reciente informe de Latinobarómetro revela que el apoyo ciudadano a la democracia como forma preferida de gobierno se sitúa en un 52% a nivel regional. Aunque este indicador refleja cierta estabilidad y una ligera recuperación respecto al periodo 2018-2023, cuando descendió por debajo del umbral del 50%, la radiografía profunda del continente expone tensiones estructurales, un descontento generalizado con el desempeño de los Estados y un giro hacia pragmatismos electorales.
El panorama no es uniforme y muestra marcadas brechas entre las distintas naciones. Argentina encabeza la lista de los países con mayor respaldo al sistema democrático, alcanzando un 73% de aceptación. Le siguen Uruguay con un 64%, así como Costa Rica, Chile y Venezuela, con un 63% cada uno. El caso venezolano resulta particularmente notable, pues mantiene un arraigo histórico hacia los valores democráticos a pesar del contexto dictatorial que atraviesa. En el extremo opuesto se ubican Guatemala, que registra el nivel más bajo con solo 35%, seguido por Brasil con 41%, Honduras con 42% y Ecuador con 43%.
Detrás de estas diferencias porcentuales se esconde una marcada crisis de efectividad estatal. Únicamente el 26% de la población considera que el Estado hace "mucho o algo" por el bienestar ciudadano, mientras que un abrumador 73% opina que la intervención pública aporta "poco o nada". Esta percepción de abandono e ineficiencia se ha profundizado en los últimos quince años, incrementándose en diez puntos porcentuales desde 2011. Esta brecha entre las expectativas sociales y los resultados reales debilita la legitimidad de las instituciones.

La desconfianza institucional es casi absoluta en la región. Con excepción de las entidades religiosas, prácticamente ninguna institución logra superar el 50% de credibilidad. Las Fuerzas Armadas y los medios de comunicación como la radio se sitúan en torno al 43%, mientras que los partidos políticos ocupan el escalafón más bajo, con apenas un 15% de confianza popular. A esto se suma el aumento paulatino del sesgo autoritario: la preferencia por gobiernos no democráticos subió al 17%, y la tolerancia histórica hacia posturas de "mano dura" alcanzó un 63%, evidenciando un rasgo cultural resistente al tiempo ante problemas graves de seguridad e inestabilidad.
Este escenario ha propiciado un ciclo vertiginoso de alternancias políticas. De los doce procesos electorales recientes, siete derivaron en cambios de signo político, inclinando la balanza en once países hacia opciones de centro, derecha o extrema derecha. El informe de Latinobarómetro plantea que estos giros no obedecen necesariamente a una conversión ideológica de la sociedad hacia la derecha, sino a un voto útil y de castigo provocado por el agotamiento con los proyectos previos.
En países como Colombia, Perú y Chile, los cambios de gobierno han coincidido con repuntes temporales en el respaldo a la democracia, lo que sugiere que la ciudadanía deposita renovadas esperanzas de solución en los nuevos liderazgos. Sin embargo, la historia reciente demuestra que la estabilidad económica y la alternancia política son condiciones necesarias pero insuficientes si el Estado no logra traducir las victorias electorales en bienes públicos de calidad, seguridad efectiva y oportunidades para la mayoría.




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