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Tinto con pan: sabores que construyen memoria

Por: Nerio Luis Mejía



Quizás no exista algo más típico en los hogares colombianos que compartir una taza de café con pan, o como decimos en la costa atlántica: “pan con un pocillo de tinto”. Esta costumbre se mantiene intacta en las zonas rurales y en las pequeñas poblaciones, donde aún podemos saborear la bebida insigne de nuestro país, cultivada y procesada incluso en los patios de las casas. El café, con su aroma inconfundible, necesita un complemento: el pan, compañero habitual en nuestras mesas.



Cada vez que tengo la oportunidad de degustar un tinto, no lo hago solo por deseo o por regular la temperatura del cuerpo, como muchos afirman. Beber café es viajar en una máquina del tiempo: el tinto con pan tiene el poder de evocarnos la niñez, la familia y los amigos. Podría asegurar que no existe nada que identifique más al colombiano que esta bebida, que para muchos es, después de la oración matutina, la segunda actividad del día.


En los hogares campesinos es imposible empezar la mañana sin abrigar el paladar con un tinto caliente, mejor aún si se acompaña con pan. Recuerdo mi niñez, cuando caminaba libremente a orillas del río Ariguaní, que serpentea entre las montañas de la Sierra Nevada. Mi madre nos decía que era importante tomar café amargo antes de realizar las labores, pues lo consideraba un remedio contra la mordedura de serpientes. Esa creencia, adoptada por familias enteras, elevó al tinto a la categoría de poción mágica, capaz de brindarnos seguridad frente al peligro.


Las costumbres alrededor del café son tantas que incluso se han convertido en metáforas de nuestra vida cotidiana. Decimos “ni pa’ el tinto me quedó” para expresar la estrechez económica, o sentimos mala vibra al despertar y descubrir que no hay café en la cocina. Esa ausencia puede deberse a la crisis del bolsillo o al simple olvido de comprar los granos o el polvo en sus diversas presentaciones.



El tinto con pan es un matrimonio perfecto que endulza y protege a millones de hogares en Colombia. Con sus recuerdos construimos memoria: hogares que crecieron alrededor del pocillo de café y del pan, costumbre que con el tiempo se ha convertido en una de nuestras mayores identidades. A pesar de la evolución de la sociedad y de las políticas de libre mercado que abrieron las puertas a otras bebidas traídas de diferentes partes del mundo, el tinto y el pan resisten. Son prueba irrefutable de que con olores y sabores los colombianos levantamos memoria colectiva. El tinto, aliado y confidente en mañanas lluviosas o días soleados, seguirá perdurando por generaciones en el gusto y el paladar de Colombia.

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