Sudán, la sombra del mundo
- Acta Diurna

- 7 nov 2025
- 5 Min. de lectura
Por: David Toloza

Mientras el mundo fija su mirada en otros conflictos, Sudán se desangra en silencio. Más de 150.000 muertos, millones de desplazados y una guerra que no busca poder, sino despojos. La indiferencia global se ha convertido en la forma más sofisticada de violencia.
En el mapa de las tragedias contemporáneas hay territorios que no brillan por la intensidad de su dolor, sino por la oscuridad que los envuelve. Sudán es uno de ellos. No porque su sufrimiento sea menor, sino porque su geografía, su historia y su piel parecen condenarlo a la invisibilidad. Mientras las cámaras del mundo se concentran en conflictos que reconfiguran alianzas o mercados, Sudán se desangra en silencio: lejos del ruido mediático y de la memoria colectiva. Lo que ocurre allí no es una guerra convencional ni una disputa por el poder en su sentido clásico. Es la disolución misma de lo humano; un colapso ético que avanza bajo la complicidad del silencio internacional.
Desde abril de 2023, el país vive un conflicto interno entre dos estructuras armadas que alguna vez compartieron el poder: el Ejército regular, comandado por el general Abdel Fattah al-Burhan, y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), una milicia paramilitar dirigida por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti. Ambos fueron aliados durante el golpe de Estado de 2021 que interrumpió la frágil transición democrática iniciada tras la caída del dictador Omar al-Bashir; ambos se beneficiaron del desmantelamiento institucional que dejó al país a la deriva, hasta enfrentarse, finalmente, en una lucha que ya no busca gobernar, sino apropiarse de los restos de una nación que agoniza.
Sin embargo, la muerte de Sudán no comenzó en 2023. Su historia es una larga secuencia de fracturas, golpes de estado, guerras intestinas y traiciones políticas. Desde su independencia en 1956, el país ha estado gobernado por élites militares y religiosas que han hecho de la violencia una herramienta de poder. Las guerras entre el norte y el sur, la secesión de Sudán del Sur en 2011, el genocidio de Darfur entre 2003 y 2005 y las innumerables rebeliones regionales no son episodios aislados- son capítulos de una misma narrativa, la de un Estado que nunca llegó a consolidarse y de una ciudadanía que ha sido sistemáticamente despojada de su derecho a existir.
Las FAR, hoy responsables de gran parte del horror, son herederas directas de las milicias Janjaweed, tristemente célebres por haber ejecutado el genocidio en Darfur hace dos décadas. Cambiaron de nombre, no de método. En Darfur Occidental, entre mayo y julio de 2023, más de tres mil civiles fueron asesinados en operaciones de limpieza étnica dirigidas contra comunidades masalit y fur. En Gezira, las FAR ocuparon hospitales, ejecutaron médicos, violaron pacientes y saquearon instalaciones humanitarias. En Jartum, los cuerpos permanecen abandonados en las calles mientras drones militares patrullan los barrios en busca de “enemigos”, y las familias entierran a sus muertos en patios y aceras. El Ejército, por su parte, responde con bombardeos indiscriminados y una represión que no distingue entre combatientes y civiles. La población queda atrapada entre tres máquinas de muerte (la FAR, el Ejército y el hambre); sin refugio, sin ley, sin Estado.
Las cifras son devastadoras. Más de 150.000 muertos; doce millones de desplazados, de los cuales 2,3 millones han huido hacia países vecinos como Chad, Sudán del Sur o Egipto; veinticuatro millones de personas dependientes de ayuda humanitaria urgente, y al menos ocho millones sin acceso a agua, alimentos ni atención médica. En el primer semestre de 2025 se registraron 3.384 muertes civiles, muchas provocadas por hambre o enfermedades evitables. La magnitud del sufrimiento se amplifica con el colapso de la economía, la escasez de medicinas y el desplazamiento forzoso de comunidades enteras.
En marzo de 2025, el Ejército recuperó el palacio presidencial en Jartum. Pero ese gesto no significó una victoria (ni siquiera una pausa): fue una tregua ilusoria. Las FAR continúan controlando vastas regiones. Los mercados están vacíos, las escuelas cerradas y los hospitales colapsados. El hambre se ha convertido en un arma de guerra, y la moneda nacional ha perdido casi todo su valor. El tejido social se deshace, mientras la diáspora sudanesa, dispersa entre Europa, Medio Oriente y América, intenta sostener la memoria de un país que se apaga.
En lo que va de noviembre, la tragedia ha adquirido un nuevo rostro. La ciudad de El Fasher, último bastión del Ejército en Darfur, ha sido cercada por las FAR en una maniobra que anticipa una masacre. Más de 800.000 civiles permanecen atrapados sin rutas de evacuación ni acceso a alimentos. La ONU advierte que un ataque a gran escala podría desencadenar un exterminio étnico. En Kordofán, se han documentado patrones sistemáticos de violencia sexual como táctica militar. Y en Darfur, la hambruna se ha institucionalizado como estrategia de guerra. Sudán no solo se desangra… se disuelve en la indiferencia.
La pregunta no es por qué ocurre esta guerra, sino por qué no se habla de ella. ¿Por qué no hay marchas globales, ni resoluciones urgentes, ni portadas que mencionen a Sudán? La respuesta es incómoda, pero evidente: Sudán no importa porque es africano, porque sus víctimas son negras, porque su tragedia no altera el equilibrio geopolítico de Occidente. No hay petróleo suficiente, ni recursos estratégicos, ni aliados que justifiquen la atención internacional. El racismo estructural se disfraza de neutralidad diplomática, y la indiferencia se convierte en una forma sofisticada de violencia. En el mercado global del dolor, hay vidas que no valen lo suficiente como para ser lloradas.
No se trata de contraponer el sufrimiento de Gaza con el de Sudán, sino de denunciar la jerarquización de la compasión; esa lógica perversa que convierte el sufrimiento humano en una competencia por la visibilidad. La atención internacional debería ser un imperativo moral, no un cálculo estratégico. El abandono de Sudán revela una fractura profunda en la ética global; un síntoma de la deshumanización selectiva que atraviesa nuestra época. Mientras las instituciones internacionales multiplican declaraciones vacías, y los organismos humanitarios se ven superados por la magnitud de la catástrofe, Sudán se hunde en el abismo del olvido. Pero Sudán no necesita solo paz. Lo que necesita es justicia, memoria y reparación. Necesita ser visto, nombrado y recordado antes de desaparecer por completo del mapa emocional del mundo. Sudán no es solo una herida abierta, es el síntoma más crudo de una humanidad que ha aprendido a mirar hacia otro lado.
Mirar es un acto político. Nombrar, una forma de resistencia. Y escribir sobre Sudán, hoy, es una obligación moral. Cada día de silencio, cada noticia ignorada, cada titular ausente es una forma de complicidad. En América Latina, donde también hemos conocido la indiferencia del mundo ante nuestra propia violencia, tenemos una responsabilidad ética con quienes mueren sin testigos. Porque mirar el dolor ajeno no es un gesto de caridad, es un ejercicio de humanidad compartida.
¡Sudán arde, y el mundo calla! Que estas palabras no sean un espejo donde busquemos reconocernos, sino una ventana hacia aquello que hemos preferido no ver; ese punto ciego donde la humanidad se desdibuja, y la indiferencia se vuelve una forma de exterminio.







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