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Sin perder la fe

Por: Nerio Luis Mejía



El intenso verano que golpea a varias regiones del país, acompañado por una sofocante ola de calor que se siente con mayor saña en el Caribe colombiano, también deja al descubierto la resiliencia de nuestra gente. En medio del polvo y la sequía, la solidaridad florece como la principal herramienta de subsistencia a la hora de compartir las escasas gotas del preciado líquido. La suma de experiencias y de saberes populares para llevar el agua hasta las casas es algo que sobrecoge. Quizá sea yo uno de los pocos escritores privilegiados en el mundo al vivir verdaderamente al interior de las comunidades rurales; de los que se visten con el overol de tela áspera —a veces donado por empleados de empresas públicas o privadas— que no solo resiste al sol y a la maleza afilada, sino que encarna la misma resistencia con la que soportamos el olvido del Estado y de la sociedad. Yo no solo escribo sobre hojas de papel arrugado; escribo en la pizarra del sentimiento el dolor campesino, documentando sus luchas en esta desenfrenada carrera por existir y producir los alimentos que llegan a las mesas de quienes, tal vez, olvidan que cada bocado lleva el sello indeleble del sudor y las lágrimas de una familia del campo.


Estas letras tienen nombre propio: son para mi vecino y amigo Espitia y su esposa, Muñe. Ambos habitan un lugar donde cualquiera diría que la vida es imposible. Rodeados de rocas, han sabido abrirse paso entre la dureza de la piedra para sembrar maíz, ahuyama, yuca, árboles de mango y limón. Sin perder jamás la fe, pese a los pronósticos adversos del IDEAM, riegan cada semilla con la fuerza de sus deseos. Sus clamores han terminado por abrir las compuertas de un cielo que hoy nos envía la anhelada lluvia en medio de las sequías del fenómeno del Niño.



Es desde esta tierra donde se eleva mi reclamo, convertida mi pluma en protesta dirigida al Gobierno y a las organizaciones internacionales. ¿Por qué deben esperar a que nuestros campesinos abandonen sus cultivos lícitos para recién enviar ayudas, como sí ocurre en los territorios donde las economías ilícitas financian la violencia? Debería ser todo lo contrario: a estas comunidades del Caribe que lidian con el clima y siembran a pérdida se les debe escuchar ese reclamo silencioso que solo se percibe cuando se activan los receptores del amor.


Dios sigue escuchando las plegarias de Espitia y Muñe, pero al llegar la tan esperada lluvia, sus recipientes resultan insuficientes. Es desgarrador ver la figura de Espitia moverse en medio de los aguaceros, intentando reparar un tanque que ya no soporta el peso de los años ni la fuerza del agua, del mismo modo en que nosotros ya no soportamos el peso del abandono estatal. Mientras tanto, yo seguiré acompañando sus luchas, aguardando con la esperanza de que estas letras sean impulsadas por buenos vientos y logren mover la voluntad del Estado, para que nuestros campesinos jamás pierdan la fe como habitualmente pierden sus cosechas: esas que riegan con tanto amor y que, como un milagro, se convierten en el pan de cada mesa.

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