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¿Por fin nos llegó el milagro al Caribe... en versión operática?

Por: Nerio Luis Mejía



La Costa Caribe colombiana es un fascinante parque de diversiones de las contradicciones. Es casi un acto de magia negra macroeconómica: ¿cómo es posible que un territorio bañado por aguas cristalinas, bendecido con recursos minero-energéticos, agricultura, ganadería y puertos estratégicos, sea al mismo tiempo uno de los mayores templos de la pobreza nacional?



Cualquiera que recorra nuestras carreteras puede presenciar el desfile del "desarrollo": tractomulas repletas de mercancías que corren hacia el interior del país o hacia el exterior, mientras en el infernal asfalto, hombres, mujeres y niños esquivan esos mismos camiones para vender agua, limones o alguna iguana despistada. El gran comercio y la miseria extrema conviviendo en el mismo metro cuadrado. Aquí, el desarrollo no se queda; solo está de paso y, si acaso, nos deja el humo del exosto.


Durante décadas, la mitología costeña nos hizo creer que esta pobreza multidimensional se debía a un maleficio geográfico: la falta de un presidente nacido bajo nuestro sol que, por fin, se compadeciera de sus paisanos. Pues bien, el milagro se ha concedido. Ha llegado a la Casa de Nariño el cordobés Abelardo De la Espriella, y con él, la ilusión de que el Caribe al menos acaricie el esquivo sueño del progreso. O que, por lo menos, nos lo cante en italiano.


Abelardo tiene el monumental reto de demostrar en estos cuatro años que sus fórmulas económicas sirven para algo más que para lucir impecables trajes hechos a medida. Sus paisanos no solo necesitan discursos; necesitan salud, educación y empleo formal para que la única opción de vida no sea reingeniarse el destino con un saco de limones al hombro, viendo pasar de largo la prosperidad ajena.


Por ahora, sus anuncios de austeridad tienen al país en un dilema existencial: algunos celebran el tijeretazo a los gastos del Estado, mientras otros sudan frío temiendo perder el puesto y terminar en la berma de la carretera vendiendo frutas. Eso sí, el "sonajero" ministerial ya suena con apellidos de la región. Habrá que ver si la solidaridad y la empatía cotizan en la bolsa de este nuevo gobierno, o si el regionalismo se queda solo en el acento.



Quizás en este cuatrienio no desaparezcan los peajes abusivos, pero ojalá desaparezca esa costumbre tan nuestra y tan dolorosa de saquear los camiones accidentados en las vías. Esperemos que el hambre deje de ser la grosera justificación para preferir llevarse la carga antes que auxiliar al conductor herido. Sería un avance civilizatorio que transitar por el Caribe deje de dar más miedo que pagar las tarifas de los peajes.


Amanecerá y veremos si el anunciado "milagro económico" empieza por el Caribe o si, como es costumbre, se queda congelado en las frías oficinas bogotanas. O peor aún, si termina engordando el patrimonio de los corruptos de siempre, esos que invierten en grandes haciendas y en los lujosos apartamentos de Miami que —vaya coincidencia— sospecho que en este gobierno se pondrán muy de moda.

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