Ojo con los presidentes payasos
- Acta Diurna

- 18 ago
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Por Álvaro Cotes Córdoba

Por los suburbios de Chicago, en una discreta casa de Norwood Park Township, un hombre que se presentaba como empresario respetable, activista comunitario y payaso de fiestas infantiles, ocultó por mucho tiempo su verdadera forma de ser.
Lo bautizaron con el nombre de John Wayne Gacy, pero después de crecer y convertirse en el ser inhumano, perverso y asesino que fue, lo bautizaron con el apodo de “El Payaso Asesino”.
Porque convirtió el sótano y el espacio bajo el suelo de su vivienda en un cementerio clandestino y en donde enterró a la mayoría de sus 33 víctimas confirmadas.
Entre 1972 y 1978, este hombre de apariencia amable secuestró, violó y asesinó a jóvenes y adolescentes varones, la mayoría de entre 14 y 21 años, convirtiendo su hogar en el escenario de uno de los crímenes más escalofriantes de la historia criminal estadounidense.
Gacy nació el 17 de marzo de 1942 en Chicago. Su infancia estuvo marcada por el abuso de un padre alcohólico y violento. De adulto construyó una fachada impecable: dirigió una empresa de construcción, participó en la política local demócrata, organizó eventos cívicos y se disfrazaba de “Pogo the Clown” para entretener a niños en hospitales y fiestas benéficas.
Esa imagen de vecino solidario y payaso jovial le permitió operar durante años sin levantar sospechas. Muchos de sus empleados y conocidos nunca imaginaron lo que ocultaba bajo su casa.
Las víctimas tenían un perfil claro: eran jóvenes, en su mayoría adolescentes o hombres de veintitantos años.
Gacy los atraía con promesas de trabajo en su compañía de contratistas, ofertas de dinero, alcohol o sexo. Una vez en su domicilio, los sometía a agresiones sexuales y los asesinaba, generalmente por estrangulación.
Veintiséis cuerpos fueron hallados apilados en el estrecho espacio bajo el suelo de la casa; otros tres en la propiedad y cuatro más, incluidos restos de su última víctima, en el río Des Plaines, cuando el “cementerio” doméstico se saturó.
El hedor a descomposición se notaba desde hacía años, pero Gacy lo atribuía a problemas de humedad y le echaba la culpa al alcantarillado de la urbe.
El final llegó en diciembre de 1978. La desaparición de Robert Piest, un muchacho de 15 años que había hablado con Gacy sobre un posible empleo, activó la investigación policial.
Y el 21 de diciembre fue detenido. Los registros de la vivienda revelaron el macabro descubrimiento. Gacy confesó inicialmente decenas de asesinatos y hasta dibujó un mapa de las tumbas, aunque después intentó alegar insanidad mental.
En marzo de 1980 un jurado lo declaró culpable de los 33 homicidios en apenas dos horas de deliberación. Fue condenado a muerte y ejecutado por inyección letal el 10 de mayo de 1994 en el Stateville Correctional Center de Illinois.
El caso de Gacy no solo conmocionó a Estados Unidos por la magnitud de los crímenes y el contraste entre su vida pública y privada. Su figura del payaso asesino se ha convertido en un arquetipo del horror popular.
No es casualidad que muchos vean en él una fuente de inspiración para personajes de cine y literatura que combinan la imagen infantil del payaso con la maldad extrema.
La dualidad entre la sonrisa pintada y la violencia desatada que él personificó sigue resonando en la cultura contemporánea.
Décadas después, algunas de sus víctimas permanecen sin identificar y las investigaciones con ADN continúan.
La casa de Summerdale Avenue ya no existe, pero el recuerdo de lo que ocurrió bajo sus cimientos permanece como una advertencia: a veces el monstruo no se esconde en la oscuridad, sino detrás de una máscara de normalidad y de una sonrisa de payaso. Ojo con los presidentes Payasos.



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