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La voz del silencio

hace 5 minutos
3 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



En Colombia, el ordenamiento constitucional es, en teoría, la garantía de derechos de la que gozamos sus habitantes; sin embargo, no todos podemos expresarnos con la tranquilidad que mandata la norma. En muchos casos, las comunidades sufren en medio del desconocimiento, y es allí donde aparece una voz que rompe el inquietante silencio para dar a conocer lo que realmente ocurre en nuestros territorios. Es por ello por lo que resulta incómoda y termina siendo acallada, enviándola al silencio de los justos.



Miles de líderes y lideresas han sido silenciados. Otros, en medio de la terquedad y tras soportar amenazas y confinamientos bajo el control social impuesto por las armas, continúan su lucha para evitar que la llama de la libertad se apague en sus corazones, a pesar del oscuro panorama que los rodea.


La dirigencia social y comunitaria rural es, quizás, la más golpeada por el flagelo de la violencia, pues convive a diario con las diversas problemáticas del país: desde el conflicto armado y el cambio climático, hasta las deudas bancarias, que no son una amenaza menor. Cuando los campesinos no pueden cumplir con estas deudas, terminan arrastrados a la más escabrosa miseria, ya que les despojan de lo más importante que poseen después de la vida: la tierra.


Es fundamental hacer un llamado a la sensibilidad y a la empatía del grueso de la sociedad para que respalde a su campesinado. Son los campesinos quienes, con su sudor, riegan las esperanzas de la nación y, con el fruto de sus cosechas, alimentan a la gran familia colombiana y al mundo. Cada grano de café que llega al paladar extranjero, cada flor cuyos pétalos se respiran al otro lado del océano, cada banano que endulza la vida de quien lo disfruta, no solo transmite el sabor inconfundible de nuestras frutas, sino también el encanto de una tierra próspera llamada Colombia, moldeada como una obra de arte vivo por las manos del campo. Es ese mismo campesinado el que despierta el orgullo nacional y el que hoy exige el acompañamiento decisivo del Estado, para que el país siga siendo sinónimo de pujanza y nuestras voces no terminen silenciadas ante el justo reclamo social.


Escribo desde el rastrojo, con el característico olor a maleza y a sudor, con un pensamiento que se renueva con el primer sorbo de café mañanero en mi pocillo. Mi voz no pretende incomodar por capricho; solo busca un espacio de escucha en medio de ese silencio donde se reparte el erario de la nación entre quienes gobiernan, mientras a nuestras veredas solo llega la sombra del miedo y el abandono, fruto de la indiferencia hacia la gente del campo.



Soy la voz de la terquedad de quienes existen y sobreviven en el mundo de lo imposible, pero con el valor moral para reclamar lo que al campesino le corresponde por derecho: la tranquilidad en todos los sentidos.


El silencio no puede seguir siendo el refugio de quienes temen escuchar la verdad, y mucho menos será una opción para quienes lo rompemos con letras y voces que nacen de la dignidad. Frente a un entorno que intenta imponer la violencia y la fuerza para silenciar a quienes defienden a sus comunidades, desde los rincones más profundos de la Colombia rural seguirán brotando escritos esculpidos con la pluma del alma y con tintas de sangre y lágrimas; letras de campesinos que jamás se rendirán mientras la exclusión siga siendo el único camino que nos pretendan dejar.

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