La Mojana tuvo un gigantesco sistema hidráulico hace 2.000 años
- Acta Diurna

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Durante más de un siglo, la teoría arqueológica predominante sostuvo una premisa casi inamovible: para transformar el territorio a escala monumental se requería, de manera indispensable, un poder político centralizado. La construcción de grandes obras hidráulicas, pirámides o redes de caminos solía interpretarse como el reflejo directo de reyes, gobernantes o estructuras estatales capaces de imponer tributos y movilizar por la fuerza a miles de trabajadores. Sin embargo, un minucioso estudio científico centrado en las llanuras inundables del Caribe colombiano ha puesto en entredicho este dogma histórico, demostrando que una de las obras de ingeniería ambiental más extensas de la América precolombina fue erigida y mantenida mediante esquemas de cooperación comunitaria descentralizada.
En las profundidades de La Mojana, una vasta región que forma parte de la Depresión Momposina, antiguas poblaciones indígenas transformaron más de 500.000 hectáreas de humedales en una sofisticada red de canales interconectados y campos de cultivo elevados, conocidos técnicamente como camellones. Una reciente investigación liderada por Jasmine Vieri, investigadora del Instituto McDonald de Investigación Arqueológica de la Universidad de Cambridge, en colaboración con el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), ha recalculado los costes de fuerza de trabajo necesarios para erigir estas infraestructuras. Los resultados, publicados en la revista Communications Sustainability, revelan que estas imponentes modificaciones del paisaje no exigieron la presencia de despotismos ni de élites coercitivas, sino la coordinación periódica y voluntaria de familias agricultoras.
El estudio aéreo de la Depresión Momposina evidencia una trama de patrones geométricos que se extiende hasta donde alcanza la vista. Estas elevaciones y zanjas no solo permitieron la supervivencia humana en un entorno caracterizado por fluctuaciones hídricas extremas, sino que crearon un ecosistema fértil y altamente productivo capaz de perdurar por más de un milenio.
Anatomía de un paisaje modelado a mano
Para comprender la verdadera dimensión del trabajo humano invertido en este territorio, el equipo de investigación concentró su análisis cartográfico de alta resolución en un área piloto de 500 hectáreas ubicada en el municipio de San Marcos, en el departamento de Sucre. A través de sensores espaciales y modelado digital de terreno, los arqueólogos lograron identificar y vectorizar minuciosamente 1.601 camellones y 63 plataformas habitacionales, alcanzando un nivel de precisión cuantitativa inédito para la región.
Los camellones no eran simples eras de siembra. Constituían un sistema dinámico diseñado para regular el exceso de agua durante las grandes crecientes y conservarla durante los periodos de sequía. La clasificación del relieve reveló cuatro categorías principales de estructuras, diferenciadas por su longitud, altura y orientación respecto a los flujos fluviales. Mientras que los canales de mayor longitud cumplían la función estratégica de conectar los asentamientos con las grandes masas de agua y articular la navegación, las crestas de menor tamaño estaban destinadas al cultivo de subsistencia y al ajuste fino del drenaje a escala local.
Esta diversidad estructural refleja directamente diferentes niveles de organización del trabajo. Los canales troncales probablemente requirieron la convergencia de varios grupos de parentesco o aldeas vecinas, mientras que los pequeños camellones periféricos podías ser construidos y gestionados de manera autónoma por un solo núcleo familiar.
El cálculo del esfuerzo: semanas de trabajo colectivo frente a siglos de uso
A partir del número y volumen de las 63 plataformas habitacionales registradas en el área de estudio, los investigadores estimaron que la zona albergó una población estable de aproximadamente 1.600 personas. Asumiendo un criterio demográfico conservador, se calculó una fuerza laboral activa de 800 individuos.
Al cruzar los metros cúbicos de sedimento removido con la capacidad física humana media, las cifras matemáticas derribaron la noción de la necesidad de grandes contingentes de esclavos o siervos. El estudio determinó que esa comunidad de 800 trabajadores habría sido capaz de construir la totalidad del sistema de 500 hectáreas analizado en un periodo de entre 0,7 y 1,5 meses. En términos estacionales, esto significa que la obra completa podía ejecutarse en menos de la mitad de una sola estación seca, la cual suele prolongarse entre tres y cuatro meses en el Caribe colombiano.
El contraste entre la labor individual y la acción comunitaria resulta elocuente. La estructura de mayor envergadura documentada en el lote de San Marcos exigió el movimiento de unos 1.951 metros cúbicos de tierra. Si una sola familia compuesta por cinco integrantes hubiese intentado erigirla en solitario, habría necesitado entre 78 y 156 días de trabajo continuo. En cambio, cuando esa misma tarea se distribuía entre los 800 brazos de la comunidad, la monumental estructura quedaba concluida en menos de cuatro horas.
Estas labores se ejecutaron bajo condiciones físicas complejas. Los suelos de La Mojana están dominados por arcillas pesadas y compactas que se vuelven extraordinariamente difíciles de excavar cuando se secan. Además, estas poblaciones no disponían de herramientas de metal ni de animales de tiro, sirviéndose probablemente de azadas y palas de maderas duras locales.
En cuanto al mantenimiento, el modelo teórico demostró que mantener el sistema plenamente operativo a lo largo del tiempo no requería una servidumbre permanente. Restaurar la totalidad de las elevaciones e integrar los sedimentos fértiles una vez por generación —tomando como estándar un ciclo de 25 años— exigía apenas unos pocos días de trabajo comunitario al año. La infraestructura no era fruto de un esfuerzo desesperado ni extenuante, sino de una rutina estacional perfectamente acoplada al ritmo del medio ambiente.
Una visión anfibia para enfrentar los desafíos del presente
Las evidencias arqueológicas indican que el complejo hidráulico de La Mojana no fue diseñado ni construido de una sola vez como un megaproyecto estatalizado. Por el contrario, se trató de una red orgánica que se fue expandiendo, modificando y superponiendo de forma modular a lo largo de más de mil años, desde los últimos siglos antes de nuestra era hasta aproximadamente los siglos X y XI d.C.
Esta comprensión histórica adquiere un valor urgente en el contexto contemporáneo. En las últimas décadas, los intentos por controlar las dinámicas hídricas de La Mojana mediante la ingeniería civil moderna han privilegiado la construcción de rígidos murallones, diques y jarillones destinados a contener la fuerza de los ríos San Jorge, Cauca y Magdalena. Sin embargo, este enfoque de contención ha mostrado serias limitaciones ante el cambio climático. Entre los años 2021 y 2023, las rupturas de diques e inundaciones en la región dejaron a más de 500.000 personas damnificadas, destruyendo cosechas y medios de vida.
Frente a la rigidez de los diques modernos, la tecnología ancestral anfibia proponía una filosofía opuesta: no luchar contra el agua, sino convivir con ella. Los campos elevados actúan como esponjas territoriales que almacenan los excedentes de las crecientes durante el invierno, previniendo riadas destructivas, y retienen la humedad necesaria en el subsuelo para mantener la agricultura y la pesca durante los meses de sequía.
Este saber no ha quedado confinado a los libros de historia. En el municipio de Córdoba, la asociación comunitaria APROPAPUR lleva desde el año 2012 liderando un proyecto de recuperación de camellones ancestrales en una extensión de seis hectáreas. Con la participación directa de unas 30 personas, la iniciativa beneficia a cerca de un centenar de pobladores pertenecientes a 30 familias locales. Durante las temporadas de lluvias intensas, estas comunidades mantienen sus cultivos a salvo en las terrazas elevadas y, cuando sobreviene el periodo seco, conservan la reserva hídrica en los canales adyacentes.
El hallazgo de Cambridge y el ICANH no solo reescribe las teorías sobre la organización del poder político y el trabajo en las sociedades prehispánicas de América del Sur. Entrega también una lección de soberanía territorial para el siglo XXI: las infraestructuras más duraderas, sostenibles y capaces de resistir el embate de los siglos no siempre nacen de la imposición de reyes o gobiernos centralizados, sino de la inteligencia colectiva de comunidades que aprendieron a cooperar entre sí y a fluir con el territorio que habitan.
La ingeniería anfibia de los camellones Zenú
La tecnología agrícola desarrollada por la cultura Zenú en la Depresión Momposina no consistió únicamente en cavar zanjas para amontonar tierra. Constituyó un sistema integrado de ingeniería ambiental, microclima y dinámica de fluidos que funcionó de manera ininterrumpida durante casi dos milenios. En un ecosistema caracterizado por la alternancia entre inundaciones masivas e intensas sequías estacionales, los Zenúes diseñaron una solución territorial que aprovechaba las leyes de la física y los ciclos biológicos de los humedales para autorregular el agua y regenerar la fertilidad del suelo sin agotar sus nutrientes.
Geometría hidráulica y control de caudales
El primer desafío técnico al que se enfrentaban los Zenúes era la fuerza destructiva de las crecientes de los ríos San Jorge, Cauca y Magdalena. Construir canales en la misma dirección de la corriente principal habría acelerado la erosión y la colmatación de los cauces. Por esta razón, el diseño trazó canales artificiales orientados de forma perpendicular a los caños y ríos principales.
Al disponer los canales en ángulo recto respecto a la corriente, el agua de las crecientes no ingresaba con violencia, sino que se veía obligada a perder energía cinética al chocar contra el flanco de la red de canales. Esta desorientación del flujo reducía de forma drástica la velocidad del agua, transformando una riada turbulenta en un ascenso gradual y controlado del nivel hídrico.
Además de la disposición perpendicular, en muchas áreas se utilizó una geometría en patrón ajedrezado o de retícula entramada. Esta configuración creaba un laberinto acuático con Múltiples intersecciones que amortiguaban las ondas de crecida. Durante la época de lluvias, el laberinto distribuía homogéneamente el exceso de agua por miles de hectáreas; durante la temporada seca, las intersecciones retenían bolsas de agua e impedían que el líquido se escurriera velozmente hacia los grandes ríos, conservando el recurso en el territorio durante los meses de estiaje.
Microtopografía y sub-irrigación por capilaridad
Los camellones o crestas elevadas se erigieron con alturas que oscilaban entre 0,5 y 2 metros sobre el nivel promedio de la inundación, alcanzando anchos de entre 10 y 20 metros y longitudes que podían superar varios cientos de metros. La función microtopográfica esencial de estas plataformas era mantener el sistema radicular de las plantas por encima de la capa de saturación de agua, evitando la asfixia radicular provocada por la anoxia del suelo inundado.
El verdadero prodigio hidrológico de la cresta residía en el mecanismo de sub-irrigación pasiva por tensión superficial y capilaridad. Mientras el exceso de agua permanecía estabilizado en los canales adyacentes, la humedad ascendía vertical y lateralmente desde el canal hacia el interior del lomo del camellón a través de los poros de la arcilla. Las raíces de cultivos como el maíz, la yuca, la batata o las auyama recibían un suministro constante de agua directamente en la zona subterránea, sin necesidad de riego por superficie y sin el riesgo de que la costra superior del suelo se compactara o erosionara.
Biogeoquímica del suelo y auto-fertilización biológica
En las regiones tropicales de bajas latitudes, las lluvias intensas y las altas temperaturas tienden a lixiviar los nutrientes solubles del suelo rápidamente. Los Zenúes resolvieron este problema convirtiendo los canales en fábricas naturales de fertilizante orgánico y mineral mediante un ciclo cerrado de mantenimiento.
Durante las crecientes, las aguas fluviales transportan suspendidas enormes cantidades de limo, arcilla y minerales arrastrados desde las cadenas montañosas de los Andes. Al ingresar a la red de canales perpendiculares y reducirse drásticamente la velocidad del flujo, los sedimentos más finos y ricos en minerales decantaban de forma natural en el fondo de los canales.
Paralelamente, las zanjas con agua estancada o de flujo lento se convertían en ecosistemas idóneos para la proliferación de macrófitas acuáticas, algas, bacterias fijadoras de nitrógeno y una abundante biomasa vegetal y animal. La descomposición de esta materia orgánica en el lecho del canal generaba un lodo altamente enriquecido con nitrógeno, fósforo y potasio, combinado con los excrementos acumulados de la fauna piscícola.
En cada periodo de sequía o durante las faenas de limpieza estacional, los agricultores extraían manualmente este sedimento del fondo de las zanjas y lo depositaban sobre la parte superior de los camellones. Este dragado periódico cumplía dos objetivos simultáneos de vital importancia: descolmatar el canal para asegurar la navegación y la capacidad de almacenamiento de agua, y reponer de forma permanente la capa arable del camellón con abono orgánico fresco. De este modo, la fertilidad de la tierra se renovaba cíclicamente sin requerir insumos externos ni descanso prolongado de los suelos.
Inercia térmica y amortiguación del clima
El gran volumen de agua almacenado en la densa red de canales circundantes funcionaba como un amortiguador de temperatura para las plantas. El agua posee un calor específico elevado, lo que significa que absorbe grandes cantidades de radiación solar durante el día sin experimentar un aumento drástico de su temperatura.
Durante las horas nocturnas, cuando la temperatura del aire en las sabanas caribeñas descendía, la masa de agua retenida en los canales comenzaba a liberar gradualmente el calor acumulado hacia el ambiente inmediato y hacia la base de los camellones. Esta radiación térmica infrarroja creaba un microclima estable que protegía las hojas y los tallos contra el estrés térmico, acelerando los procesos metabólicos de las plantas y acortando los tiempos de maduración de las cosechas.
Policultivo integrado y ecosistema agro-piscícola
La ingeniería hidráulica Zenú no estuvo concebida de forma aislada para la agricultura, sino como un sistema simbiótico de producción de alimentos donde la tierra y el agua operaban como una sola unidad productiva.
Durante la época de lluvias, cuando los canales se llenaban, la red se transformaba en un entorno de cría y alevinaje para especies ícticas migratorias como el bocachico, el bagre y la dorada. Las comunidades instaladas en las plataformas elevadas practicaban la pesca directa desde las orillas de sus viviendas o mediante trampa selectiva en los estrechamientos de los canales.
Al bajar el nivel del agua en el verano, se clausuraban estratégicamente ciertos tramos de canales mediante empalizadas móviles de madera o caña, reteniendo agua y peces en albercas profundas. Este manejo aseguraba proteína animal constante durante la sequía, al tiempo que las laderas de los camellones que iban quedando expuestas al desecamiento gradual se aprovechaban para sembrar cultivos de ciclo corto en los limos frescos y húmedos. La alternancia de roles entre agricultor y pescador garantizaba la soberanía alimentaria de la población independientemente del rigor de la estación climatológica.



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