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La mayor amenaza que enfrenta el mundo se llama Donald Trump

Por: Nerio Luis Mejía



La humanidad jamás había estado frente a un peligro tan grande como el que representa hoy la mayor potencia armamentística del planeta: los Estados Unidos, dirigidos por un presidente convicto y con un expediente de cargos criminales de los cuales fue hallado culpable. Por si fuera poco, su vida privada ha estado permanentemente rodeada de escándalos que lo vincularon en su momento con el pederasta Jeffrey Epstein, quien apareció muerto en extrañas circunstancias mientras esperaba juicio en una prisión norteamericana.



Los ciudadanos estadounidenses deberían sentir profunda vergüenza de tener como presidente a un personaje que arrastra tantas incriminaciones; una figura que ha acelerado la pérdida de valores en una sociedad que se ha vendido históricamente ante el mundo como la cuna de las libertades. Desde su llegada a la Casa Blanca, ha desatado una persecución implacable contra los migrantes, pisoteando el derecho internacional y desconociendo los tratados que protegen a quienes buscan refugio e integración.


La mayor amenaza que enfrenta la humanidad tiene nombre y apellido: Donald Trump. Es el mismo gobernante que no duda en indultar al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández —hallado culpable y condenado por narcotráfico por la propia justicia estadounidense—, mientras brinda su apoyo incondicional a Benjamín Netanyahu, responsable del genocidio que ha exterminado a gran parte de la población palestina y de los incesantes bombardeos en Líbano, Irán, Siria y Yemen. Toda acción bélica parece permitida bajo el respaldo incondicional de Washington.


No conforme con las intervenciones e invasiones históricas contra las naciones que no se arrodillan a sus pretensiones, el inquilino de la Casa Blanca se jacta en público al afirmar que las riquezas de Venezuela, especialmente su petróleo, "le pertenecen al vencedor". Se refiere sin tapujos a la operación militar del 3 de enero de 2026, una violación flagrante a la soberanía venezolana en la que un comando de élite extrajo al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, en un operativo que dejó un saldo de militares muertos. Tras esa acción, se instaló un gobierno con funcionarios del mismo régimen, pero visiblemente subordinados por el temor a las pretensiones y amenazas de Washington.


¿Cómo es posible que el pueblo de los Estados Unidos no se manifieste de manera masiva frente a las declaraciones explícitas de saqueo emitidas por su propio presidente? La ciudadanía de ese país tolera ser gobernada por alguien que no solo ha enfrentado delitos graves en su propio suelo, sino que además valida abiertamente el despojo de los recursos de un pueblo vecino.


Estados Unidos se ha convertido en una de las mayores encrucijadas para América Latina y el Caribe. Tras años de expoliación, la receta actual se reduce a amenazar, secuestrar o bombardear a quienes rechacen el sometimiento. Resulta paradójico que un modelo vendido globalmente como símbolo de progreso e insuperable oportunidad arrastre indicadores tan críticos: la mayor población carcelaria del mundo, los más altos índices de consumo de sustancias alucinógenas y el primer lugar en tiroteos masivos en escuelas y espacios públicos.



Más lamentable aún resulta la postura de complacencia o temor del actual gobierno venezolano, cuya actitud avergonzaría la memoria del Libertador Simón Bolívar en la misma tierra que hoy parece replegarse ante la presencia de los aviones y buques estadounidenses. La era Trump ha elevado los riesgos globales a niveles impredecibles, una vulnerabilidad que se acentúa con el ascenso en la región de gobernantes afines a la línea política de Washington.

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