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La dura cuesta de enero

Por: Jorge Ramírez Aljure



Así llaman al obligado equilibrio al que nos ha habituado el capitalismo criollo con el fin de nivelar, o mejor desnivelar, con un alza de precios general el reajuste de salarios con el que en diciembre empresarios, sindicatos y gobierno dicen haber favorecido a los trabajadores. 


Todos concuerdan en que este incluyó la inflación correspondiente al año que termina, pues de lo contrario el asalariado perdería capacidad de consumo, una especie de apotegma económico que desde que el modelo neoliberal les cercenó otros reconocimientos desde los años noventa, ha permanecido de manera curiosa indemne. Mas lo que consideran el incremento de la productividad, un guarismo de cálculo problemático por constituir un resultado casi insignificante —corolario apenas de la actuación a que está limitada nuestra economía— alcanzado conjuntamente por empresarios y trabajadores. 



Limitación de base que responde a los orígenes inapropiados sobre los que se planeó la industria y el desarrollo económico —ya para entonces totalmente capitalista— no solo de Colombia sino de todos los países que hoy malvivimos en el subdesarrollo eterno. Fruto de la dependencia política que abrazamos desde épocas coloniales, y que no ha estado jamás en discusión seria así nos hayamos declarado hace rato como repúblicas independientes. 


Y fue el camino de la repetición paulatina de los procesos industriales por los que ya habían pasado las naciones avanzadas, orquestado en su momento por sus representantes sobre los nuestros, con lo que se consolidó además nuestra dependencia económica sin atenuantes y quedó descartada la posibilidad de que en algún momento les resultáramos competitivos. 


Y entonces la fórmula salomónica no demoró en aparecer de manos de economistas famosos —no precisamente economistas sino teóricos del capitalismo, que es otra cosa— que nos enseñaron que el destino de los países pobres era llegar a ser industrializados y comenzar a serlo de la misma manera como lo hicieron ellos. Soslayando o ignorando que un contexto histórico como el que produjo la industrialización en Inglaterra y sus contornos, era irrepetible, y menos para cientos de países pobres alejados totalmente de dichas posibilidades. 


Una recomendación no de entera mala fe —siempre habrá un especialista en algo que la justifique— pero sin posibilidades de convertirse en realidad, que no encontró por parte de nuestros adocenados dirigentes latinoamericanos objeción alguna —con la excepción del argentino Raúl Prebisch al mando de la Cepal entre 1948 y 1963, cuyas iniciativas novedosas chocaron entre otras con las decisiones arancelarias de los EE.UU. y otros países industrializados para frenarlas. 


Y más cuando aquel errado dictamen se coadyuvó con la entrega de préstamos, asesorías, armas y cachivaches por parte de quienes nos lo garantizaron, que tenían ya por oficio normal, fuera de hacer productos industriales de calidad, ganar intereses y recoger capital de lo poco que lográbamos obtener por nuestra cuenta. 


Y así fue cómo nos dedicamos a la quimera de industrializarnos a cualquier precio, con olvido absoluto de nuestra ecología y su inestimable biodiversidad. Con resultados poco destacables hasta 1990, cuando el dogma neoliberal —un nuevo engaño del capitalismo y los países avanzados— casi termina en 2020 por desaparecer sus pequeños avances, no obstante los esfuerzos y sacrificios gubernamentales por sacarla adelante, a pesar de que sus limitaciones de base, que jamás arredraron a sus partidarios, vaticinaban su improcedencia. 


Hoy, más débil que nunca, deberá afrontar no el reajuste salarial de los trabajadores, que solucionará con el aumento de precios de sus productos, sino que su siempre limitada productividad haya sido incapaz de impulsar una innovación tecnológica notable ni de incrementar una participación importante del empleo. 


Que las alzas del salario mínimo —sin duda injustas en cuanto no cobijan sino a quienes gozan de un trabajo formal— impidan que la industria baje la cifra escandalosa de desempleados e informales, como lo predican en todos los foros donde se adora el mercado, no parece una afirmación cierta. Pues si la disminución del desempleo no se dio cuando el mercado sin restricciones desvalorizó el trabajo durante los últimos 34 años, menos lo hará cuando ha perdido algo de su furor dogmático y no cuenta con el apoyo de un gobierno progresista como el actual.  



Si luego de tantos años de favorecer a empresarios, existen casi 3 millones de desempleados y los informales llegan a los 12.9 millones, y poco lo que ha contribuido su débil actuar con los demás sectores para mejorar su desempeño en cuanto a captar mano de obra, solo una verdadera revolución en sus objetivos puede cambiar este largo estancamiento que se hace patente todos los finales y comienzos de año. 


Afortunadamente las complejas circunstancias del mundo, en especial las que tienen que ver con la necesidad mayor de alimentos y la urgencia de frenar el calentamiento del planeta, y el hecho de que podemos presentarnos como parte importante de la solución para ambas, despejarían en parte su futuro. Si se decidiera por impulsar la agroindustria y explotar nuestra magnificente biodiversidad —que apenas aflora en los repetidos discursos patrios— para desarrollar productos novedosos y competitivos, que la saquen de su irrelevancia secular. 

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