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Entre lumbreras

hace 10 minutos
3 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



Dirigí mi mirada al firmamento y, sobre la colina, apareció una luna llena que dejaba escapar su brillo en medio de las gruesas nubes de aquella tarde gris. Al horizonte se observaba el sol, que se despedía de aquel día soleado dando paso al comienzo de la noche.



La oscuridad y el silencio sentenciaron la culminación de la jornada, invitando a los grillos, a las luciérnagas y a las aves nocturnas al inicio de una sinfonía. Un concierto de notas agudas, dirigido por los maestros de la naturaleza en esta porción de tierra encantada por las más hermosas melodías.


Las aves de corral hacían lo propio: se trepaban al gallinero y se acomodaban en sus puestos, buscando el descanso tras el andar y el picoteo en el prado, entre el canto de los insectos y de los pájaros que alegran la noche. Mientras tanto yo, sentado en la banca de madera que yacía recostada al pie de un cedro negro —el mismo que me abriga en los días soleados—, era solo un espectador. Aguardaba a que pasaran las horas para dejar caer este cuerpo cansado sobre una estera, en la cual no sabía si descansaba o si trabajaba con el pensamiento, dando vueltas a proyectos y a recuerdos que muchas veces atormentan el alma.


Quizás aquella tarde sería única entre las lumbreras que marcan el principio y el final del día. Es también una clara demostración de que todo principio tiene su final, y de que es necesario partir para dar paso a un nuevo comienzo; aquel que, al fin y al cabo, marca nuestro destino entre el sol y la luna, los dos astros más importantes y visibles que han despertado la curiosidad de la humanidad en todos los tiempos. Pero su luz brilla con una intensidad única en el mágico Caribe colombiano, donde los pensamientos se transforman en versos que enamoran el alma de quien los escucha y de a quienes se les dedican.


Mirar el firmamento es, tal vez, la práctica natural más común en los humanos: la que roba sonrisas en noches estrelladas, la que inspira el alma de los artistas de la música y la poesía que han hecho de los valles, las montañas y los ríos los emblemas de una tierra que vibra al son de acordeones, guitarras, tamboras y gaitas. Instrumentos que no compiten, sino que se mezclan para dar origen a una alegría que trasciende dimensiones: desde hombres que han derrotado al diablo en duelos musicales durante noches oscuras, hasta aquellos que componen versos para enamorar en las playas paradisíacas de nuestros mares.



Pareciera que, a través del viento, viajan las melodías hasta llegar a los confines de la tierra, donde las lumbreras inspiran a quienes se guían por su luz en medio de caminos que conducen al alma misma de los observadores del cielo. Allí, donde los luceros cuelgan de un inmenso lienzo oscuro que devela la hermosura del cosmos en la penumbra de la noche, y donde de día el astro rey oculta, con su dominio irradiante, a los demás cuerpos que lo acompañan en este inmenso viaje por el espacio sideral que contemplamos con detenimiento desde esta tierra de cantos de vaquería, en la que aún nos iluminamos entre lumbreras.

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