En la vejez no estaremos solos, la soledad será nuestra eterna compañía
- Nerio Luis Mejía

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Por: Nerio Luis Mejía

Corría el año dos mil. Muchos nos organizamos a través del vínculo matrimonial y emprendimos el compromiso con Dios y con la sociedad de constituir una familia. Nacieron nuestros hijos, crecían y nos robaban a diario una sonrisa. Junto a ellos descubrimos con asombro los cambios de sus cuerpos, el desarrollo de sus palabras y movimientos. Todo era novedad, tanto para ellos como para nosotros como padres.
Fueron creciendo siempre a nuestro lado, sin desprendernos un instante. Llegó el periodo escolar: los llevábamos, los traíamos, compartíamos incluso la cama, donde muchas veces se convertían en cuñas entre los cuerpos de la pareja. Desde entonces comprendimos que sus preocupaciones ya no girarían en torno a nosotros. Llegaron los amigos, los compañeros de clase y de universidad, las largas horas de estudio que los confinaban en sus alcobas. A ello se sumaban nuestras propias ocupaciones cotidianas, creando un distanciamiento que poco a poco nos fue minando, hasta que —¡pum!— llegó el momento en que todos parecíamos extraños en nuestra propia casa.
De vez en cuando nos encontramos a la hora de servir los alimentos. Desapareció el hábito de compartir frente al televisor; ahora cada quien pasa más tiempo en su teléfono, consultando sus dudas en la pantalla antes que buscar el consejo sabio de los padres. En los hombres esa separación se nota más marcada, pues los hijos suelen compartir más con las madres. Entonces surge la preocupación por los años venideros: todo indica que, con el paso del tiempo, no estaremos solos… la soledad será nuestra eterna compañera.
No se trata de entrar en pánico, pero sí de prepararnos. Quienes lo comprendamos tarde aún estamos a tiempo de enderezar nuestras vidas y dar prioridad a nuestros asuntos de cara a la vejez. Pensar en los hijos como garantía de una ancianidad segura es un salto al vacío, un riesgo demasiado alto.
La disciplina que debemos entrenar y alimentar es la responsabilidad con nuestra salud, nuestras finanzas y nuestro conocimiento. Solo así podremos abrir opciones para esa nueva etapa: ya no la que formamos junto a esposa e hijos, sino la nuestra. No es sabio dejar todo para última hora ni confiar en los azares del destino lo que aún podemos dominar a nuestro favor.
Desde ahora es importante pensar en una vejez con dignidad. Desde nuestros oficios y profesiones debemos proyectarnos hacia esa vida que se aproxima con rapidez. Si en la mediana edad ya sentimos el vacío de la soledad, ¿qué ocurrirá cuando el tiempo consuma las fuerzas físicas de aquel cuerpo que creíamos indestructible?
Debemos acelerar el paso hacia la carrera final, como los corredores que rematan la etapa. Buscar la estabilización económica y emocional: ampliar la casa para vivir más cómodos, invertir en la finca donde pasaremos gran parte de lo que nos resta de vida. Son decisiones a las que pocas veces dedicamos tiempo, pero es ese mismo tiempo el que corre en contra nuestra. El que ha evolucionado alrededor de nuestras familias, el que nos quitó el abrazo de los hijos y la sonrisa compartida. No es malo: así es la evolución humana.
Por eso, al leer estas líneas, si sientes lo aquí descrito, te digo: “Tranquilos: en la vejez no estaremos solos, la soledad será nuestra eterna compañera.”



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