De la Espriella ha transformado el empalme en un circo político
- Acta Diurna
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Por: Juan C. Pérez

El periodo de transición entre dos gobiernos suele ser, por diseño y necesidad, uno de los espacios más sobrios, técnicos y discretos de una democracia. Es el momento en que el ruido de las tarimas se apaga para dar paso a la rigurosidad de los balances, las cifras y la responsabilidad institucional. Sin embargo, lo que estamos presenciando con el gobierno entrante y la omnipresente figura de Abelardo De la Espriella nos muestra una realidad muy distinta y preocupante: la preocupante metamorfosis del empalme en una prolongación de la campaña por otros medios.
De la Espriella, fiel a su estilo estridente y personalista, parece no haber comprendido que la contienda electoral ya terminó. En lugar de asumir el rol de estadista que el país necesita con urgencia, ha optado por mantener encendida la maquinaria de la confrontación. Los comités de empalme, que deberían operar como mesas de trabajo estrictas y responsables, han sido instrumentalizados como escenarios de litigio público y espectáculo mediático, donde lo que importa no es la viabilidad del Estado, sino el impacto político inmediato en las redes sociales y los titulares de prensa.
Esta estrategia de mantener al país en una polarización constante es peligrosa. Utilizar los micrófonos de la transición para revivir los agravios de la campaña no solo debilita la confianza en las instituciones, sino que paraliza la gestión pública. La ciudadanía no votó por un litigio eterno ni por un show mediático de acusaciones diarias; votó por soluciones. Al priorizar el rédito político y la humillación del adversario sobre el diagnóstico técnico de la nación, De la Espriella y su círculo demuestran una preocupante falta de madurez republicana digna de un estadista.
Gobernar exige transitar del personaje al gobernante. El histrionismo y la retórica de choque pueden ser efectivos para ganar adeptos en la plaza pública, pero resultan profundamente dañinos a la hora de recibir las riendas de un país. Si el gobierno entrante insiste en convertir un proceso formal y reservado en un ring de boxeo permanente, empezará su mandato con un desgaste institucional innecesario. Es hora de apagar las cámaras de la campaña, dejar atrás la confrontación y asumir, de una vez por todas y de manera seria, la aburrida pero indispensable responsabilidad de gobernar.