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El Régimen del Terror y el Sitio de Cartagena

Actualizado: hace 5 horas

SERIE HISTORIA DE COLOMBIA. TEMPORADA 1: Gritos, Sangre y República (1810 - 1831)



Cuando la tragicomedia se convirtió en una película de horror y el Caribe resistió hasta los huesos


Si los años anteriores de la Nueva Granada parecieron una comedia de enredos y debates absurdos, el año 1816 fue un despertar de pesadilla. La terca realidad desembarcó en las costas del Caribe con un nombre propio: Pablo Morillo, apodado "El Pacificador".


Morillo no vino con diplomacia ni con actas para debatir. Venía al mando de una fuerza expedicionaria imponente: más de 10.000 soldados veteranos que venían de derrotar a las tropas de Napoleón Bonaparte en Europa, apoyados por una flota de guerra temible. Su misión, dictada directamente por el vengativo rey Fernando VII, era simple y sanguinaria: extirpar el tumor de la revolución en América y devolverle el control absoluto de las colonias a la Corona española. Para lograrlo, desató lo que la historia bautizó con justicia como El Régimen del Terror.



El Sitio de Cartagena: 106 días de agonía y gloria


La puerta de entrada de Morillo era la joya de la corona: Cartagena de Indias. La ciudad amurallada ya se había declarado totalmente independiente de España y sabía que no podía esperar piedad. En agosto de 1815, la flota de Morillo rodeó la ciudad por mar y tierra, iniciando un asedio implacable que se extendió hasta diciembre de ese año, sellando el destino de lo que ocurriría en 1816.


El plan español no fue asaltar las murallas, sino matar de hambre a la ciudad. Los cartageneros, liderados por figuras como Gutiérrez de Piñeres, protagonizaron uno de los actos de resistencia más desgarradores y heroicos de la historia universal. Cuando los alimentos se agotaron, la población empezó a comerse los caballos, luego los perros, los gatos y las ratas. Al final, la gente hervía los cueros de las mulas y las suelas de los zapatos para engañar al estómago.


Las pestes y la fiebre amarilla convirtieron las calles coloniales en un cementerio a cielo abierto. Cuando Morillo finalmente entró a la ciudad el 6 de diciembre, no encontró un ejército rebelde altivo; encontró una ciudad de fantasmas. Más de un tercio de la población de Cartagena murió en el cerco. Fue tal el estoicismo y la bravura del Caribe que el propio Simón Bolívar, conmovido por el sacrificio de la ciudad, le otorgó el título eterno que hoy lleva con orgullo: La Ciudad Heroica.


Durante el sitio de Cartagena, la desesperación fue tal que un grupo de aproximadamente dos mil sobrevivientes intentó una huida suicida en una flotilla de barcos corsarios, rompiendo el bloqueo naval español a punta de cañón bajo el fuego enemigo. Pocos llegaron a Jamaica, pero su fuga demostró que preferían el mar abierto y la muerte antes que volver a arrodillarse ante el Rey.


La burocracia de la muerte: Los tres tribunales


Una vez controlada Cartagena, el camino hacia el interior del país quedó libre. Morillo marchó hacia Santafé de Bogotá en la primera mitad de 1816. A su paso, montó una fría y milimétrica maquinaria judicial diseñada para decapitar —literalmente— a la élite intelectual y política que había jugado a la república durante la Patria Boba.


Morillo instauró tres instituciones de terror que funcionaban con la precisión de un matadero burocrático:


El Consejo de Guerra: Encargado de juzgar a los militares y líderes rebeldes de alto rango. La sentencia casi unánime era el fusilamiento por la espalda (la muerte reservada para los traidores) y la confiscación de bienes.


El Consejo de Purificación: Al que debían asistir todos los que hubieran tenido cargos menores, simpatizado con la república o escrito en periódicos rebeldes. Si no se consideraban "puros", eran desterrados o reclutados a la fuerza en el ejército español.


La Junta de Secuestros: Diseñada para embargar y expropiar los bienes, tierras y fortunas de las familias de los patriotas, dejando a las viudas e hijos en la miseria absoluta para financiar la campaña militar española.


"España no necesita de sabios"


El año 1816 barrió con la generación más brillante que había dado la Nueva Granada. Los mismos personajes que vimos debatir con arrogancia en la Patria Boba terminaron frente al pelotón de fusilamiento en la Huerta de Jaime (hoy Plaza de Los Mártires en Bogotá).



Camilo Torres, el gran orador federalista, fue ejecutado; su cuerpo fue descuartizado y su cabeza exhibida en una lanza. Jorge Tadeo Lozano, el aristócrata y científico, corrió la misma suerte. Pero quizás el caso que mejor ilustra la brutalidad del Régimen del Terror fue el de Francisco José de Caldas, "El Sabio Caldas".


Caldas era un astrónomo, geógrafo y matemático de talla mundial. Cuando sus defensores le suplicaron a los jueces españoles que le perdonaran la vida en atención a sus inmensos aportes a la ciencia y la humanidad, la respuesta de los oficiales de Morillo (atribuida popularmente al implacable Juan Sámano) fue un portazo de barbarie que quedó grabado en la infamia: “España no necesita de sabios”. Caldas fue fusilado por la espalda el 29 de octubre de 1816.


La lección de 1816 fue sangrienta pero clarificadora. Al asesinar a los líderes moderados, a los científicos y a los abogados que querían negociar autonomías, España destruyó cualquier puente de reconciliación. Morillo creyó que con el terror apagaría la revolución, pero lo único que logró fue convencer a los sobrevivientes de que la única paz posible con la Corona era la que se firmaba sobre la tumba del Imperio. La guerra a muerte apenas comenzaba.

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