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El legado democrático de Gustavo Petro

Por: Nerio Luis Mejía



Contrario a quienes auguraban que la llegada de Gustavo Petro a la presidencia desencadenaría el caos, un colapso financiero e institucional, nada de eso ocurrió. El siete de agosto se despide dejando un país con una economía estable, con crecimiento sostenido, un dólar por debajo de los $3.700 pesos colombianos y unas instituciones que, aunque minadas por la corrupción, se mantuvieron firmes gracias al respeto del mandatario por la Constitución y la ley.



Petro desvirtuó las afirmaciones de los encorbatados que reclaman el poder por herencia y no por elección. Demostró que es posible un cambio de paradigma en Colombia. Hablar de él se convirtió en símbolo de transformaciones: el hombre que abanderó las luchas sociales se va dejándonos un “kit de herramientas” para enfrentar a una élite enquistada en el poder. Sin embargo, por respeto a la división de poderes, muchas de las reformas que trazó para transformar el país quedaron inconclusas.


El próximo siete de agosto de 2026, los colombianos despediremos al más polémico inquilino de la Casa de Nariño, el que despertó amores y odios, pero que no ha dejado de ser un fenómeno político y el mayor exponente de la izquierda en Colombia y en el mundo. Se extrañará al hombre de discursos poéticos, al que llegaba tarde a las reuniones, al de guayabera y jeans en vez de costosos sacos, como señal de rebeldía y de pertenencia a los de a pie.


El presidente “tuitero” —ahora en X, la red predilecta de los jefes de Estado— se despide dejando toda clase de comentarios. Pero si algo queda claro es que habrá elecciones, y que el fantasma del comunismo con el que se intentó asustar desapareció. Petro demostró que la izquierda no es sinónimo de pobreza ni represión: fue la excepción.


Muchas de sus propuestas quedaron truncadas por las trabas burocráticas y la defensa de privilegios de unos pocos. Su apuesta por la “paz total” fracasó, y los violentos se deslegitimaron ante el mundo. Sus detractores lo cuestionan por ello, pero no se puede negar que priorizó la paz antes que la guerra.



Los problemas estructurales del país continúan. La corrupción demostró no ser ideológica, sino fruto de la ambición de los avaros, incluso infiltrados en su administración, como lo evidenció el escándalo de la UNGRD. A pesar de ello, Petro se despide con una aprobación alta y con la posibilidad de dejar un sucesor que continúe sus propuestas de transformación.


Hoy se cierra y se entierra el discurso de quienes lo señalaban como tirano o dictador. Gustavo Petro se despide como el mayor auténtico demócrata de izquierda en Colombia y en el mundo.

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