El drama de los mercenarios colombianos en Ucrania
- Acta Diurna

- hace 16 horas
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La guerra en Ucrania ha dejado de ser un conflicto lejano para convertirse en un luto cotidiano en pueblos y veredas de Colombia. Lo que para muchos comenzó como una oportunidad de oro para escapar de la precariedad económica, se ha transformado en una trampa de artillería en las estepas del Donbás. Una reciente emboscada contra una unidad de mercenarios extranjeros ha puesto el foco sobre el alto precio que están pagando los exmilitares colombianos en un frente de batalla que no perdona errores.
El incidente, ocurrido en una de las zonas más calientes de la línea de contacto, refleja una realidad táctica brutal. Los combatientes colombianos, formados en la guerra de guerrillas y el control de selva, se enfrentan ahora a un escenario de "guerra total" para el que pocos están preparados. En Ucrania, el enemigo no se esconde entre los árboles; el enemigo es un dron invisible que guía una lluvia de proyectiles de 155 mm desde kilómetros de distancia. En la llanura ucraniana, sin cobertura natural, una emboscada no es un cruce de disparos, sino un estallido de acero que llega desde el cielo.
La razón por la que Colombia se ha convertido en el principal "proveedor" de mercenarios para la Legión Internacional no es un secreto: es una mezcla de veteranía y desesperación. Tras décadas de conflicto interno, el país cuenta con miles de soldados profesionales retirados con una experiencia en combate envidiable para cualquier ejército del mundo. Sin embargo, al regresar a la vida civil, muchos se encuentran con pensiones que apenas cubren lo básico o con un mercado laboral que no valora sus habilidades tácticas.
Es aquí donde aparece la oferta de Ucrania. Con salarios que pueden rondar los 12 y 15 millones de pesos mensuales —una cifra astronómica comparada con los ingresos promedio en Colombia—, muchos padres de familia ven en el frente de batalla la única forma de pagar una hipoteca o asegurar la universidad de sus hijos. No viajan por ideología ni por una causa geopolítica; viajan para que sus familias tengan un futuro que Colombia les ha negado.
Pero el contrato viene con una letra pequeña escrita en sangre. Rusia ha intensificado sus ataques contra los puntos de concentración de mercenarios extranjeros pues estos no tienen derechos como prisioneros de guerra bajo la Convención de Ginebra. Mientras tanto, en ciudades como Ibagué, Popayán o Neiva, el silencio de la Cancillería y la burocracia de un ejército extranjero dejan a las familias en un limbo angustiante cuando llega la noticia de una desaparición o una muerte en combate.
Al final, la emboscada en el frente ucraniano es el último capítulo de una tragedia transnacional. Los mismos hombres que sobrevivieron a las selvas del Guaviare o a las montañas del Catatumbo, terminan sus días en una trinchera congelada, a miles de kilómetros de casa. Es el éxodo de la guerra: soldados que, tras servir a su patria, se ven obligados a vender su experiencia al mejor postor, solo para descubrir que, en la guerra moderna, el valor personal poco puede hacer contra la fría precisión de un algoritmo de ataque.



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