El avance de la Inteligencia Artificial y el retroceso humano
Por: Nerio Luis Mejía

El ser humano siempre ha vivido obsesionado con crear herramientas que le faciliten la existencia. A fuerza de estudio y ensayo, logramos inventos complejos que transformaron para siempre nuestro paso por este planeta. Ahí están las vacunas y los hallazgos de la medicina general que hoy nos salvan la vida; la ciencia aplicada a la tierra para entender los suelos, mejorar las cosechas y asegurar la comida en la mesa; o la industrialización, que multiplicó los procesos a escala masiva. Redujimos el mundo acortando las distancias por aire, tierra y agua, e interconectamos a la sociedad mediante las telecomunicaciones, el internet y la misma exploración del espacio. Aunque, a decir verdad, resulta sobrecogedor ver cómo las noticias de hoy vuelven a hablar de usar el espacio exterior como tablero bélico, tal como lo han insinuado altos mandos de las potencias mundiales.
La humanidad no se detiene nunca. Esa terquedad por ir más allá parece una marca de origen. En el relato del Génesis, a pesar del dominio absoluto que Dios le entregó al hombre sobre la tierra y sus criaturas, pudo más la curiosidad de Eva y Adán por probar el fruto prohibido. La necesidad de explorar lo desconocido nos define. Pero esa misma ambición que nos trajo hasta aquí representa hoy nuestro mayor salto o, tal vez, la víspera de nuestro propio exterminio ante la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA).
Las alarmas no vienen esta vez de los escépticos, sino de los propios creadores de la tecnología. Ya en marzo de 2023, en la conocida proclama del Future of Life Institute, cientos de desarrolladores y científicos de primer nivel pidieron frenar temporalmente las investigaciones sobre inteligencias artificiales avanzadas. La razón es simple: crearon sistemas capaces de copiar procesos complejos, alucinar datos, engañar a sus propios programadores y burlar controles sin que nadie pueda predecir con certeza sus consecuencias. Mientras tanto, los centros de poder mundial se niegan a detener la carrera y aceleran la aplicación militar de la IA, configurando una amenaza directa contra la vida.
Pero la amenaza más silenciosa no ocurre en un campo de batalla, sino en el día a día. A medida que avanzamos, nos volvemos peligrosamente dependientes de la automatización. Le estamos entregando a las máquinas tareas que antes exigían nuestro propio pensamiento, desde la redacción de un párrafo sencillo hasta los análisis más profundos. Casi sin darnos cuenta, terminamos subordinados a códigos e hilos algorítmicos incomprensibles para el común de la gente.
Ese sesgo ya pasa factura. Los resultados mundiales de las pruebas PISA de la OCDE confirmaron un tropiezo histórico en la comprensión lectora y en la capacidad de análisis de los jóvenes. Más allá de cualquier secuela reciente, el fenómeno obedece a la búsqueda de atajos: investigar ya no significa leer ni reflexionar, sino pedirle a una pantalla que piense por nosotros.
El problema ha llegado incluso a los estrados donde se imparte justicia. En nuestro país, la propia Corte Constitucional tuvo que sentar jurisprudencia en la Sentencia T-323 de 2024 para exigir criterio humano en los despachos, luego de detectarse fallos redactados y resueltos por herramientas de inteligencia artificial sin la debida verificación de los jueces. ¿A qué punto hemos llegado si la labor de juzgar la vida y los derechos de las personas se le confía a un software?
Es necesario reconocer y aprovechar las ventajas de la técnica, pero sin olvidar lo que somos. No podemos permitir que el criterio, el juicio crítico, la empatía y los sentimientos que nos hacen humanos sean suplantados por un algoritmo. Dejarle nuestro pensamiento a la máquina no es progresar; es resignarnos, poco a poco, a nuestra propia desaparición como especie.




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