Después de las masacres en Media Luna nada volvió a ser igual
- Acta Diurna

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Por: Nerio Luis Mejía

Es imposible borrar de mis pensamientos aquellos recuerdos que han quedado grabados no solo en mi imaginación, sino también en las calles de aquel alegre pueblo enclavado en las serranías del Perijá, después de aquel fatídico 27 de octubre de 1996, cuando un grupo paramilitar irrumpió la tranquilidad de uno de los corregimientos más pujantes del departamento del Cesar, como lo era en su momento Media Luna.
Recuerdo que me dirigí con mi difunto hermano, quien lamentablemente se convirtió también en víctima de la segunda masacre que tuvo lugar en el mismo corregimiento el 13 de diciembre de 1998, es decir, casi dos años más tarde. Mientras íbamos a bordo de los viejos Willys que servían de transporte público desde San Diego, Cesar, hacia Media Luna, observamos tropas del Ejército Nacional que se dirigían al mencionado corregimiento para restablecer el orden público. Poco a poco, el viejo vehículo se fue abriendo paso en medio de la tropa sobre la polvorienta carretera que nos llevaría a la castigada población, que lloraba inconsolable por sus siete muertos que quedaron tendidos en el piso y los cuatro desaparecidos, de los cuales solo uno fue hallado en una trocha cercana al corregimiento.
Para la época era solo un adolescente y jamás había sentido tanto dolor al escuchar los gritos ajenos de mujeres, hombres y niños que lloraban a las víctimas, esparcidas por manos de criminales auspiciados por el espíritu maligno de un despreciable ser que antes había servido a los intereses de la guerrilla, pero que se pasó al bando contrario, lo que llevó a sembrar la desgracia en la mencionada localidad. Su complicidad en la masacre dejó una huella indeleble en los habitantes de Media Luna.
En esos días de desconsuelo hasta los animales sintieron el dolor de aquella tragedia. El aullido de los perros se mezclaba con el llanto y los lamentos de los habitantes de aquel pueblo tan alegre, la despensa agrícola del Cesar, como se le conocía, donde se realizaba el festival del aguacate. Una tierra de oportunidades y esperanzas, surcada de cafetales, cacao y demás cultivos de pancoger, con un comercio rico que dinamizaba la economía de la región. De ahí en adelante, en Media Luna nada volvió a ser igual: las aguacateras desaparecieron, los cafetales disminuyeron y una completa soledad se siente al visitar sus veredas.
Veintinueve años más tarde volví de nuevo a caminar las calles del pueblo. El parque principal, que era una obra hermosa de la naturaleza rodeada de exuberante vegetación y quioscos donde vendían comidas, ya no existe. Solo se aprecia una mole de concreto que reemplazó a los árboles de ceiba y aquel césped verde en donde se reunía todo el pueblo, ya que todo el mundo era considerado amigo. La estación de los viejos Willys tampoco existe. Dirigirse a las salidas del caserío hacia la sierra, donde en esa época se encontraban varios carros de línea, hoy solo habita en los recuerdos de quienes conocimos esa joya agrícola que era Media Luna.
De aquella alegría con que se vivía en el pueblo ya no queda nada. Se escucha un profundo silencio en la comarca. Quizás el olvido al que fueron sometidos sus habitantes por parte del Estado sea el responsable del eminente abandono. Pareciera que las almas de los difuntos caídos y de los desaparecidos insistentemente claman justicia, tanto divina como terrenal, porque no existe una explicación razonable para que una población se sumiera en un dolor tan profundo como el que se siente al visitar hoy día Media Luna.
Aquí aplica decir que el pasado fue mejor. Ante un presente sin promesas, al caminar por las veredas de Media Luna la inseguridad, la drogadicción, el abandono y la falta de oportunidades contrastan con lo que fue el pueblo más alegre y promisorio del departamento del Cesar. Ese que, después de las masacres perpetradas por los paramilitares, no volvió a ser igual, marcado por el gran dilema de si recordar la prosperidad con que se vivía en la población o recordar las masacres que cambiaron para siempre la vida de toda una región.







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