De regreso al campo
Por: Nerio Luis Mejía

Soy parte de esos millones de colombianos que tuvimos que abandonar nuestros hogares a causa de la violencia. Buscamos refugio en pueblos y ciudades donde familiares y amigos nos recibieron; pero en nuestros corazones habitaba un vacío que nos hacía latir lento, apesadumbrados por todo lo que dejamos atrás: nuestra tierra y todo lo que en ella vivía.
Después de tantos años, volví a reencontrarme con el campo. Quizás ya no goce del brío y las fuerzas de hace más de veinte años, sin embargo, cargo intactos la esperanza y el anhelo de ver crecer y florecer mis cultivos, para posteriormente envejecer al lado de mis animalitos, que se han convertido en mis más leales compañeros en este paradisíaco lugar.
Algunos me dicen que «saludo más que un borracho», lo que me ha merecido cosechar buenos y grandes amigos en veredas como Planada de Limoncitos, Limoncito Alto, Boquerón, Santa Rosa y muchos lugares más.
De este nuevo y merecido comienzo, concluyo que el campo necesita dos pilares fundamentales para crecer y convertirse en un territorio de oportunidades y prosperidad para todos: amor por la tierra y recursos económicos. Esos dos factores determinan la transformación de vidas y marcan la verdadera senda de la Colombia rural.
¡Qué importante sería que al campesino no se le politicen sus necesidades! Sea el gobierno que sea, quienes labran la tierra necesitan el diseño de una política estatal continua, sin que esté supeditada a los vaivenes de nuestro sistema democrático. En un país como el nuestro, que celebra elecciones cada cuatro años, es una verdadera lástima que no se trace un proyecto a largo plazo que lleve como fundamento el desarrollo agrario y su posterior transformación industrial; ese sería el mayor motor de dinamismo económico para la nación.
Por eso hoy escribo desde el silencio, en un rincón donde conjugo el arte de escribir con el de labrar la tierra, amenizado por el canto de los insectos y los pájaros silvestres. Escribo desde el olvido sepulcral de una dirigencia cuya codicia no le deja mirar hacia este horizonte verde, donde sobra el amor por la tierra pero escasean el dinero y el apoyo estatal para responder no solo a nuestras necesidades, sino a las de toda una nación que se alimenta del sudor y esfuerzo de las mujeres y hombres del campo: seres nobles que dan lo mejor de sí para alimentar a una sociedad, en un país que históricamente ha permitido que se vulnere a quienes con sus manos construyen los cimientos de la patria.
Mi reencuentro con el campo es como volver a nacer. Es una poesía que no solo se canta, sino que se labra con las manos y se moldea con la fuerza de los sentimientos, en una danza permanente entre el verde del bosque, el intenso azul del cielo, el brillo del sol y el paso de la luna, que marcan el diario vivir de los campesinos en Colombia y en el mundo.




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