De nuevo fracasa la diplomacia
- Nerio Luis Mejía

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Por: Nerio Luis Mejía

El ataque perpetrado por las fuerzas de defensa de Israel y Estados Unidos en la madrugada del sábado 28 de febrero de 2026 contra Irán demuestra, una vez más, el fracaso de la diplomacia como medio para la resolución de conflictos. Muchos han catalogado esta espiral de violencia como una guerra innecesaria que incendia toda una región y afecta a gran parte del mundo, debido a la posición estratégica del estrecho de Ormuz. Este punto conecta el golfo Pérsico sobre el océano Índico entre Omán e Irán y que según los expertos, por allí transita cerca del 20% del crudo mundial.
Los mercados petroleros ya se sacuden, lo que podría desencadenar un alza en los precios del combustible. Más allá de las afectaciones económicas, es importante detenernos a pensar en las miles de víctimas civiles que podría dejar esta escalada. Desde los primeros bombardeos de las tropas estadounidenses e israelíes, las consecuencias han sido devastadoras: se habla de más de 80 niñas iraníes muertas quienes se encontraban en una escuela internado del país persa y que fue alcanzada por un misil de las fuerzas atacantes.
La respuesta de Irán contra los intereses de los países agresores no se ha hecho esperar. Algunos medios han transmitido el impacto de poderosos misiles iraníes contra infraestructura militar estadounidense en varios países de Medio Oriente, así como ataques a centros de mando de las fuerzas israelíes y a edificaciones en países vecinos donde se concentran bases militares de Estados Unidos.
Con esta agresión por parte de Washington y su incondicional aliado, Israel, queda demostrado que la diplomacia ha quedado herida de muerte. Se atacó a una nación soberana sin consultar al Consejo de Seguridad de la ONU, lo que evidencia el pobre e inexistente papel del organismo internacional a la hora de condenar a la nación más poderosa del planeta, hoy dirigida por un presidente que parece despreciar la vida y que solo responde a los intereses de las grandes corporaciones. La fiebre enfermiza por el petróleo y demás recursos estratégicos, riqueza de los pueblos, es reclamada como propiedad de un puñado de millonarios que saquean mediante el miedo y el peso de las bombas a todo país que se oponga a sus intereses.
Quizás muchos pueblos, de ahora en adelante, opten por el silencio ante la cruzada criminal de Estados Unidos e Israel, que agreden a quien se les antoja en nombre de la libertad. Ese silencio de Europa no la exime de responsabilidad: es un silencio cómplice de la barbarie. Los europeos cargarán por siempre con la responsabilidad del genocidio cometido por Israel contra el pueblo palestino, y los civiles iranies que deja esta criminal agresión. Los ciudadanos estadounidenses, por su parte, arrastrarán la culpa de haber elegido a un presidente desquiciado, enfermo por llenar al mundo de cadáveres. Sus dólares manchados con la sangre de niños y mujeres de los millares de inocentes asesinados por sus fuerzas no les alcanzarán para pagar el precio de su condena moral.
En esta vida todo pasa: las guerras y quienes las ordenan en su desaforado apetito por la riqueza que los convierte en criminales. Pero en los anaqueles de la historia quedarán sus nombres y sus atrocidades. Ni con el peso de sus bombas ni con sus arrogantes armadas podrán borrar lo que han hecho. Mientras tanto, el mundo sigue lejos de levantarse y reclamar justicia en la constitución de un nuevo orden que priorice la paz de los pueblos, en nombre del respeto a una diplomacia que hoy nos volvió a fallar y condujo a una nueva guerra.
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