Cuando el espectáculo reemplaza a la información
- Acta Diurna

- 23 may
- 2 min de lectura
Por: Diógenes Armando Pino Sanjur.

Desde mi infancia se despertó en mí una profunda admiración por el periodismo. Crecí observando las grandes entrevistas de Yamid Amat, Juan Gossaín, Darío Arizmendi y Germán Castro Caycedo, entre otros, quienes, de manera veraz, independiente, rigurosa y crítica, cuestionaban las esferas del poder, informaban a la ciudadanía y contribuían a la construcción de memoria histórica y social del país.
Por sus micrófonos y sets de televisión desfilaron ministros, candidatos presidenciales, presidentes de la República y figuras de influencia nacional e internacional, quienes acudían a estos espacios para explicar decisiones, presentar propuestas o debatir sobre el rumbo del país.
Lastimosamente, el periodismo actual atraviesa una profunda crisis de credibilidad. Su independencia e imparcialidad han sido puestas en tela de juicio, al punto de que muchos periodistas y medios de comunicación parecen haber subordinado la información a intereses políticos y económicos. La ciudadanía percibe que ciertos contenidos se acomodan según las conveniencias de grupos de poder que financian o influyen en determinados medios.
La aparición de internet y las redes sociales obligó al periodismo a adaptarse a formatos más inmediatos, visuales y breves. Sin embargo, esta transformación también aceleró la crisis informativa. Hoy circulan rumores, noticias falsas y contenidos sin verificación alguna, difundidos con enorme rapidez y sin el rigor investigativo que históricamente caracterizó al periodismo profesional.
A ello se suma el fenómeno de las llamadas “cámaras de eco” en redes sociales. Muchos usuarios consumen únicamente contenidos que refuerzan sus creencias políticas, ideológicas o religiosas, mientras rechazan cualquier información que contradiga sus convicciones. El resultado es una sociedad cada vez más polarizada y expuesta a información sesgada.
En este nuevo escenario, las generaciones más jóvenes están moldeando su opinión, hábitos de consumo e incluso sus valores a partir de los llamados influencers. Muchos de ellos se han convertido en referentes de comportamiento y pensamiento, desplazando figuras tradicionales como intelectuales, periodistas y líderes académicos.
Hace algunos años, las grandes cadenas de noticias y periódicos competían por conseguir entrevistas y debates con candidatos presidenciales y figuras políticas. Hoy asistimos a una realidad distinta: streamers e influencers, muchos sin formación académica ni experiencia profesional en periodismo, han desplazado a reconocidos periodistas y obtienen exclusivas con presidentes y expresidentes desde sus plataformas digitales.
Resulta preocupante que figuras políticas prefieran discutir temas trascendentales en espacios donde prima el espectáculo sobre el análisis. Mientras sectores políticos privilegian la popularidad inmediata sobre el profesionalismo, la intelectualidad y la ética, estamos condenando a las nuevas generaciones a crecer en medio de la desinformación, estándares irreales y una peligrosa cultura de comparación que afecta su bienestar y capacidad crítica.
El periodismo no puede reducirse al entretenimiento ni a la búsqueda desesperada de seguidores. Su función sigue siendo investigar, contrastar, cuestionar el poder y defender el derecho de la ciudadanía a recibir información veraz y contextualizada. Cuando esa misión se abandona, pierde el periodismo, pero, sobre todo, pierde la democracia.



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