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Colombia y su realidad rural

Por: Nerio Luis Mejía



Nací y crecí en una tierra de encantos, lejos del bullicio y del afán de la gran ciudad. Allí teníamos lo necesario no solo para vivir, sino para compartir: aguas cristalinas repletas de peces, un bosque verde que dibujaba en mi alma el retrato más fiel de la felicidad, y el coro de aves que desde distintas ramas anunciaban con alegría el comienzo del día. El sol apenas se asomaba entre las colinas cuando una brisa fresca me acariciaba las mejillas de niño; unas mejillas que poco a poco se fueron moldeando al calor de la tierra, dejando un olor a barro fresco grabado hasta en el interior de mis uñas, impregnado para siempre en el alma.



Pero «tanta belleza no puede ser cierta», dicen mis paisanos costeños a la hora de contrastar una versión... y quizás tengan razón. Con el paso de los años, el campo colombiano dejó de ser un refugio apacible para todos. Aparecieron los grandes terranetientes acaparando las mejores tierras y desplazando a quienes, a la orilla del río, levantaban improvisadas chozas de palma para sacar adelante a sus familias con la sola fuerza de sus brazos y la fe puesta en Dios. A esa desposesión se sumó la violencia que ha castigado —y sigue castigando— a nuestras comunidades, junto a los rigores del clima que convirtieron el territorio en un verdadero escenario de supervivencia. Sin embargo, a pesar de las cicatrices, el campo sigue siendo ese lugar vivo en el que muchos aún soñamos habitar.


Soy de los que sueñan despiertos con un país donde se separe la política de las necesidades reales de la tierra. Es el cordón umbilical de la ambición desmedida el que mantiene al sector rural atado a la desesperanza. La tierra es nuestro principio y nuestro final; pero se ha transformado en un lugar donde se anhela la paz mientras se sufre un miedo infligido por la guerra, el clima y una lucha eterna impuesta por quienes se creen con el derecho de decidir nuestro destino desde lejos.


Poco a poco los recuerdos de la infancia parecen desvanecerse al chocar de frente con esta realidad. Quedan apenas destellos de aquellas épocas en que los diciembres y las Semanas Santas se vivían con una felicidad absoluta, sin espacio para el temor. Recuerdo cuando mirábamos al cielo buscando el origen de un estruendo para encontrarnos con un minúsculo objeto que abría paso entre las nubes; aquel avión del que dábamos por sentado que no podía llevar personas por dentro.


Quisiera recuperar esa inocencia infantil en mi vida adulta, pero resulta imposible sumergirse en ese sueño ante tanta injusticia con mis comunidades. Tanto atropello, más bien, me despierta de golpe y me exige escribir hasta perder la sensibilidad en los dedos al teclear en este computador. Al lado me acompaña mi viejo pocillo de café sin orejas, el que va conmigo a donde quiera que voy y que refleja, en su forma rota, la realidad de un país fragmentado por la indiferencia.


Colombia no es solo Bogotá, Medellín, Cali o Barranquilla. Para mí, lo verdaderamente vital es la libertad que se respira en medio del bullicioso silencio del campo. Resulta doloroso ver cómo las grandes decisiones nacionales se toman en oficinas con aire acondicionado, sin escuchar a esa otra mitad del país que termina siendo víctima de imposiciones ajenas y contrarias a sus necesidades.



La corrupción es el claro ejemplo de este drama: ¿cuántos campesinos han sido procesados por los grandes desfalcos del Estado? Ninguno. Pero, paradójicamente, es el campesinado el que paga el precio de ese mal mayor, sufriendo en carne propia las consecuencias de un abandono sistemático. A pesar de todo, desde la resistencia cotidiana de nuestra tierra, seguimos alzando la voz.

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