Abelardo De la Espriella y el imperativo de redefinir su estrategia electoral
- Acta Diurna

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Por: John Gelvis Vargas

La más reciente encuesta publicada el domingo 18 de enero por RCN, a pocos meses de la primera vuelta presidencial, situó a Iván Cepeda como el candidato con mayor intención de voto, un resultado que generó sorpresa y preocupación en amplios sectores de la derecha colombiana.
Estos sectores daban por sentado que su aspirante avanzaría con mayor solidez en este punto del calendario electoral, sin dimensionar plenamente los factores estructurales y coyunturales que hoy favorecen a la izquierda. En particular, el gobierno nacional cuenta con la ventaja de manejar la agenda pública y de implementar decisiones de alto impacto social que influyen directamente en la percepción ciudadana y en el clima electoral.
Entre esas decisiones se destacan el incremento del salario mínimo, la reducción del precio del combustible en aproximadamente 300 pesos, el aumento salarial a las Fuerzas Militares y el fortalecimiento de los programas de subsidios dirigidos a los adultos mayores, tanto en monto como en cobertura. A ello se suma la disminución del precio del dólar, que pasó de niveles cercanos a los 4.500 pesos a rangos alrededor de los 3.600, un factor que incide en el costo de vida y en la estabilidad económica. Estas medidas, sumadas a una estrategia de presencia territorial del Ejecutivo en distintas regiones del país, han consolidado una narrativa de cercanía con las comunidades, la cual, independientemente de su evaluación técnica, puede traducirse en réditos políticos para el candidato afín a la izquierda.
Contrario a lo que anticipaban algunos sectores de oposición, situaciones que se consideraban potencialmente perjudiciales para el gobierno de Gustavo Petro no se materializaron como costos electorales. La crisis venezolana, la eventual captura de Nicolás Maduro o una supuesta ruptura diplomática con Estados Unidos no generaron el impacto negativo esperado. Por el contrario, el gobierno estadounidense ha optado por mantener canales de comunicación abiertos con la administración colombiana, reconociendo su legitimidad y estableciendo escenarios de negociación. Este giro ha debilitado el discurso que preveía un aislamiento internacional del país y ha restado fuerza a una de las principales líneas de ataque de la derecha.
En este escenario complejo emerge la figura de Abelardo de la Espriella, abogado reconocido, proveniente de sectores de élite y con una trayectoria construida a partir de la defensa de empresarios de alto perfil y casos jurídicos de gran exposición mediática. Su perfil profesional no constituye un problema en sí mismo; por el contrario, le otorga visibilidad y credibilidad en determinados sectores. No obstante, el principal desafío de su candidatura radica en la limitada conexión con el ciudadano común, con la “persona de a pie” que define buena parte del resultado electoral.
La estrategia de campaña De la Espriella ha privilegiado el uso intensivo de plataformas digitales como Instagram, Facebook, TikTok y X (antes Twitter), así como reuniones virtuales a través de Zoom y Google Meet. Si bien estas herramientas son fundamentales en la política contemporánea, resultan insuficientes cuando no se complementan con una presencia territorial constante. La ausencia en plazas públicas, barrios populares, veredas y municipios intermedios refuerza la percepción de lejanía y dificulta la construcción de un vínculo emocional con el electorado. La política en Colombia sigue siendo, en gran medida, un ejercicio de contacto directo. Saludar al adulto mayor, escuchar al joven, dialogar con el campesino, compartir con comunidades afrocolombianas e indígenas, acercarse a los músicos, a las mujeres y a los sectores históricamente excluidos sigue siendo determinante. En este sentido, la imagen asociada al lujo, a las marcas exclusivas y a una estética distante del común de la población puede convertirse en un obstáculo simbólico. Humanizar la figura del candidato implica no solo un cambio de discurso, sino también una transformación en la forma de habitar el territorio y de relacionarse con la ciudadanía.
Es cierto que los riesgos de seguridad son un factor real. Después de Álvaro Uribe Vélez, Abelardo de la Espriella es uno de los candidatos con mayor esquema de protección en el país. Sin embargo, la historia política colombiana demuestra que la excesiva distancia física entre el candidato y la ciudadanía suele tener un costo electoral alto, pues alimenta la percepción de temor, desconfianza o desconexión con la realidad social. Un aspecto que sí ha resultado favorable para De la Espriella ha sido su progresivo distanciamiento de la figura de Álvaro Uribe Vélez. Al dejar de presentarse como una extensión del “presidente eterno” y comenzar a construir una marca política propia, el candidato ha logrado diferenciarse y captar la atención de nuevos sectores. Esta estrategia de autonomía ha sido acertada y le ha permitido posicionarse como un actor con identidad propia dentro del espectro de la derecha.
No obstante, la campaña se encuentra en un punto crítico que exige una reingeniería estratégica. Surge la pregunta de si resulta conveniente centrar el discurso en la crítica constante al presidente Gustavo Petro o si, por el contrario, es más efectivo construir una narrativa basada en propuestas claras y diferenciadoras frente a Iván Cepeda. En 2018, la victoria de Iván Duque sobre Gustavo Petro se apoyó, en buena medida, en la evocación del pasado guerrillero del entonces candidato del M-19. Sin embargo, el contexto político de 2026 es distinto, y la ciudadanía parece demandar respuestas concretas a problemas reales como el empleo, la seguridad, la educación, la salud y la cohesión social. Abelardo de la Espriella se encuentra, así, en una coyuntura decisiva: puede consolidarse como una opción competitiva o quedarse en la antesala del poder.
Para superar su techo electoral y disputar con éxito el liderazgo de Iván Cepeda, sus estrategas deberán priorizar la cercanía territorial, el contacto directo con los votantes y la construcción de un mensaje incluyente. Convocar a los indecisos, especialmente a quienes respaldaron a Petro en la elección anterior, implica abandonar la retórica de confrontación y avanzar hacia un discurso de unidad nacional, reconciliación y proyecto colectivo de país. Solo desde esa transformación estratégica podrá aspirar a ampliar su base electoral y competir con mayores probabilidades en el escenario presidencial.







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