"Vacúnenme": el angustiante pedido de un antivacunas en UCI



César* era un antivacunas más. Un hombre que durante estos dos años de pandemia decidió informarse por redes sociales y creer disparates como que vacunarse implicaba que le implantaran un chip de rastreo. Después de permanecer “invicto” se contagio de coronavirus hace tres semanas y fue internado en la Clínica CES de Medellín.


Al principio parecía que sería un caso más del virus, de esos que llegan a urgencias y logran salir sin mayores consecuencias de la enfermedad. Al personal médico le decía con orgullo que su ADN no había sido modificado por la vacuna, que todo esto de la pandemia era una estratagema ideada por los gobiernos del mundo, una conspiración.


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Este hombre de 51 años era tan radical que su propia familia se tuvo que vacunar a escondidas. El asunto es que César se complicó y fue ingresado a UCI, antes de que lo intubaran pidió entre lágrimas que lo vacunaran, pero las enfermeras también llorando le dijeron que la vacuna no funcionaba de esa manera. A los pocos días murió.


Salvar vidas, la premisa


Manuela Dugand, médica de apoyo de la Unidad de Cuidado Intensivo y Especial Adultos de la Somer, recuerda que el día en que la clínica decidió habilitar dos camas UCI más en medio de este cuarto pico, ella y muchos de sus compañeros recibieron la noticia casi al borde del llanto. Después de dos años atrincherados salvando vidas, algo que para la ciudadanía y la prensa se volvió paisaje como contar camas UCI y hablar de su aumento, para ellos fue un golpe emocional que los forzó a convencerse de que tendrían que afrontar un nuevo pico.


Sí, es verdad –reconoce–, lo que se vive hoy está muy lejos de la tercera ola cargada de muerte. Hoy ya no existe el miedo que la invadió a ella y a su equipo en la víspera de recibir al primer paciente COVID y ahora tienen más recursos y experiencia para enfrentar al virus. Pero la frustración sigue estando ahí. “Recuerdo mucho a una paciente a principio de diciembre. Una chica de 18 años que estuvo muy mal. Un día, mientras la evaluaba, se quebró y empezó a llorar, lamentándose por haber perdido la oportunidad de vacunarse cuando pudo. Me decía: ´doctora, yo pensé que ustedes estaban jodiendo´”.


La joven se recuperó. “Cuando la vi salir deseaba que la segunda oportunidad que tuvo le diera la convicción para vacunarse y convencer a su familia de hacerlo”, relata.


La doctora Dugand dice que al recibir pacientes que no deberían llegar a una UCI es imposible evadir la desazón y el enojo. “¿Cómo hacerle el quite a esa impotencia? Mi equipo lleva dos años poniéndole el pecho a esto y llega un paciente diciendo que esta pandemia es mentira, y luego, en estado más grave, grita pidiendo a gritos oxígeno, grita que no se quiere morir. Pero nada cambia, independiente de lo que crean o digan, luchamos para que todos salgan caminando de acá”.


Sobra decir, recalca la médica, que el dato de quién llega vacunado o no a UCI termina siendo una estadística para recalcar la necesidad de la vacunación. Pero hasta ahí. “No priorizamos ni negamos tratamientos”, dice. A pesar de que admite que las decisiones individuales de los que rechazan la vacunación acaban repercutiendo en víctimas invisibles cuyas vidas peligran ante su mirada impotente.


“Si yo evito ocupar una cama le doy la oportunidad a alguien que está esperándola. En estos días hemos tenido que cancelar un montón de cirugías cardiovasculares y oncológicas porque no hay camas. Son pacientes que llevan muchos días esperando que se les programe el procedimiento; pelean contra el reloj ¡Claro que hay egoísmo en quien decide no vacunarse!”. Y a pesar de todo esto, la premisa es invariable: salvar vidas.


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La doctora Dugand recuerda a un paciente particular, el primero que fue sometido en la clínica a terapia Ecmo (oxigenación por membrana extracorpórea), un logro de la Somer en medio de la pandemia para atender pacientes COVID cuyo cuadro no admitía más opciones, mejor dicho, para intentar traer de la muerte a quienes estaban más allá que acá. “Casi seis meses después de salir de aquí vino a saludar; no creíamos que fuera él. La cantidad de tiempo que pasó en UCI lo dejó en los huesos y cuando volvió era otra persona. Lleno de vida. Estábamos todavía en medio de un pico alto de casos y verlo así fue algo muy satisfactorio. Nos dio fuerza”, rememora.


¿Será este el último pico que tengan que afrontar? La doctora Dugand confiesa que no es capaz de responder a esa pregunta “tan difícil”. Si así fuera, cuenta que por fin realizaría la especialidad que postergó, tal como tantos otros de sus colegas, por la carga laboral de estos años. Pero prefiere enfocarse en el presente. Ese que indica que las UCI en Antioquia están al 90%, una ocupación que aunque avanza lenta y sigue dominada por pacientes de patologías no COVID, sigue recibiendo personas que pudieron evitarlo con un acto elemental como ponerle el brazo a un pinchazo. EL COLOMBIANO