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La era de la Superinteligencia artificial exige un nuevo contrato social

Por: Juan C. Pérez Polo



La promesa de la inteligencia artificial avanzada es extraordinaria: desde curar enfermedades y acelerar avances médicos, hasta reducir los costos de bienes esenciales para las familias. Sin embargo, nos dirigimos rápidamente hacia una transición monumental hacia la "superinteligencia", una era en la que los sistemas de IA superarán a los humanos más inteligentes. Esta transición no es una posibilidad lejana, ya está en marcha. Si no actuamos ahora para regular y adaptar nuestra economía, corremos el grave riesgo de que el poder y la riqueza se concentren cada vez más, en lugar de compartirse ampliamente.


Hoy en día, la IA de vanguardia está pasando de realizar tareas que tomaban minutos a aquellas que tomaban horas, y pronto, los sistemas serán capaces de ejecutar proyectos que actualmente le toman meses a las personas. Esto inevitablemente perturbará empleos y reconfigurará industrias enteras a una velocidad y escala diferentes a cualquier cambio tecnológico anterior.



Para evitar que la IA termine ampliando la desigualdad a niveles jamás vistos, necesitamos reimaginar y modernizar nuestro contrato social, tal como lo hicimos durante la transición a la era industrial. La llegada de la superinteligencia requerirá una forma aún más ambiciosa de gestionar las necesidades humanas y sociales.


A nivel económico, esto implica decisiones audaces. A medida que la IA cambie el trabajo, las ganancias corporativas podrían expandirse mientras se reduce la dependencia de los ingresos laborales y los impuestos sobre la nómina, lo que podría erosionar la base fiscal que financia programas esenciales de seguridad social. Los responsables políticos deben reequilibrar la base impositiva aumentando la dependencia de los ingresos basados en el capital y la renta.


Además, debemos rediseñar nuestras redes de seguridad. Se requiere un paquete de redes de seguridad temporales y ampliadas que se active automáticamente cuando las métricas públicas de disrupción laboral superen umbrales predefinidos. Y para asegurar que los frutos de la IA no queden en manos de unos pocos, la creación de un Fondo de inversión pública que podría proporcionar a cada ciudadano una participación directa en el crecimiento económico impulsado por la IA. Por supuesto, en esta transición, los trabajadores deben tener voz para priorizar que la IA elimine tareas peligrosas o repetitivas, estableciendo límites claros a usos nocivos que solo busquen intensificar la carga laboral.



Más allá de la economía, la falta de regulación frente a las vulnerabilidades extremas de la IA es alarmante. Los sistemas avanzados podrían ser utilizados indebidamente para causar daños cibernéticos o biológicos a gran escala e inclusive ser usados en la guerra. Ante riesgos de esta magnitud, no podemos depender de que las fuerzas del mercado actúen por sí solas.


Es imperativo establecer regímenes de auditoría robustos previos y posteriores a la implementación para los modelos más avanzados y aquellas empresas capaces de desarrollar IA que podría avanzar amenazas radiológicas, nucleares o biológicas. Al mismo tiempo, necesitamos desarrollar y probar tácticas coordinadas para contener sistemas peligrosos una vez que han sido liberados en el mundo real, especialmente ante escenarios donde los modelos no puedan ser retirados fácilmente.


Esta no puede ser una labor aislada. La coordinación internacional es fundamental para crear canales seguros entre países, empresas y laboratorios que permitan compartir resultados de evaluaciones, hallazgos de alineación de la IA y advertencias sobre los riesgos emergentes.



El momento de actuar es ahora


Nadie sabe exactamente cómo se desarrollará esta transición. Pero la historia demuestra que las sociedades democráticas tienen la capacidad de responder a las agitaciones tecnológicas con ambición. El diálogo para dar forma a este futuro debe ser inclusivo y constante, involucrando a gobiernos, empresas, la sociedad civil y las familias mediante procesos democráticos que otorguen a las personas un poder real.


El objetivo debe ser claro: necesitamos una agenda de política social, industrial y regulatoria que asegure que la superinteligencia beneficie a todos, manteniendo siempre a las personas como el objetivo primordial.

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