La amenaza de un ´Súperniño´ desde mediados de 2026 es muy real
- Acta Diurna

- hace 2 días
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El océano Pacífico se está calentando a una velocidad vertiginosa que mantiene en vilo a las principales agencias meteorológicas del planeta. Según las proyecciones más recientes del Centro Europeo de Predicciones, existe hasta un 75% de probabilidad de que la Tierra esté a las puertas de experimentar el fenómeno de El Niño más intenso desde que se tienen registros modernos (140 años), un evento de magnitudes colosales que ya ha sido etiquetado en entornos mediáticos y redes sociales como un "Superniño".
La maquinaria climática del Pacífico: ¿Qué es el ENSO?
Para comprender la magnitud de la actual alerta es fundamental desentrañar el funcionamiento del fenómeno conocido científicamente como ENSO (El Niño-Oscilación del Sur). En condiciones normales, el Pacífico opera bajo un equilibrio dinámico guiado por los vientos alisios, que soplan con firmeza de este a oeste. Este flujo arrastra las aguas cálidas superficiales hacia los litorales de Indonesia y Australia, provocando simultáneamente el afloramiento de aguas profundas, frías y ricas en nutrientes en las costas de Sudamérica (Perú y Ecuador). Este afloramiento es un motor biológico indispensable que mantiene a esta zona como una de las más ricas en pesca del planeta.
No obstante, en intervalos de dos a siete años, este mecanismo experimenta una perturbación drástica: los vientos alisios pierden fuerza de manera súbita. Al debilitarse, toda esa gigantesca masa de agua cálida que se encontraba acumulada en el Pacífico occidental empieza a deslizarse de vuelta hacia el continente americano. Este proceso constituye la fase cálida o "El Niño", bautizado así hace siglos por pescadores peruanos que observaban que el calentamiento marino ocurría cerca de la Navidad (en alusión al Niño Jesús).
Aunque con frecuencia el término "Superniño" se usa cuando las anomalías térmicas en regiones específicas del Pacífico superan los 2,0°C por encima de lo normal, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) sostiene un estándar riguroso clasificando los eventos únicamente como débiles, moderados, fuertes y muy fuertes. Sin embargo, más allá de las etiquetas, las métricas actuales apuntan a una intensidad extrema que solo se ha visto 5 veces en los últimos 75 años (destacando los eventos de 1982, 1997 y 2015).
En el extremo opuesto del péndulo climático se sitúa "La Niña", la fase fría en la que los vientos alisios se intensifican al extremo, enfriando el Pacífico ecuatorial por debajo de los promedios normales y desencadenando patrones climáticos inversos (lluvias torrenciales donde El Niño causa sequía). Tras un extenso ciclo dominado por La Niña en años recientes —que causó temporadas de huracanes récord en el Atlántico—, el planeta transita actualmente por una fase neutra, antes de la inminente inmersión en el ciclo cálido proyectado para este año.
Alertadores científicos y datos duros
Los reportes oficiales emitidos por las agencias meteorológicas más prestigiosas del mundo no dejan margen para la especulación:
La NOAA (Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de EE. UU.): Dictaminó una probabilidad del 61% de que El Niño se consolide plenamente entre los meses de mayo y julio de este año, asignando un 25% de probabilidad a que evolucione hacia un evento "muy fuerte" durante el invierno.
La OMM (Organización Meteorológica Mundial): Confirmó que las temperaturas del Pacífico ecuatorial están subiendo con una rapidez inusual, validando la alta probabilidad del desarrollo del fenómeno en el corto plazo.
El Centro Europeo de Predicciones: Ha disparado las alarmas al elevar al 75% la probabilidad de un fenómeno extremadamente severo e intenso de cara a los meses de octubre y noviembre.
Expertos internacionales, como el meteorólogo Ben Noll, sugieren que las simulaciones contemplan escenarios donde la anomalía térmica podría superar cualquier registro histórico previo.
Los científicos advierten la existencia de la denominada "barrera de predictibilidad de primavera", un periodo del año en el que los modelos globales presentan menores márgenes de fiabilidad. A pesar de esta reserva técnica, la consistencia en el calentamiento superficial del agua obliga a las naciones a adoptar planes de contingencia urgentes.
El espejo de 1997: las lecciones del pasado
Para calibrar las potenciales consecuencias de un fenómeno de esta categoría, la comunidad científica evoca lo sucedido en el año 1997. Aquel evento ostenta el récord del Niño más destructivo de la historia contemporánea, registrando temperaturas marinas en la costa suramericana de hasta 9.0 °C por encima de lo normal.
Aquel año, el clima global sufrió una fractura absoluta. El sur de Estados Unidos y California padecieron inundaciones severas y derrumbes catastróficos que derribaron viviendas enteras en los acantilados. Paralelamente, el sudeste asiático y Australia sufrieron sequías extremas acompañadas de incendios forestales incontrolables. En África oriental (Kenia y Somalia), las lluvias torrenciales desataron epidemias sanitarias como la fiebre del Valle del Rift. El impacto ecológico marino fue desolador: el calentamiento de las aguas causó la muerte fulminante del 16% de los arrecifes de coral del planeta, y el impacto económico global acumulado ascendió a la astronómica cifra de 5,7 billones de dólares en los años subsiguientes. En esa ocasión, El Niño elevó por sí solo la temperatura media del planeta en 1.5 °C (seis veces más que el promedio de un Niño convencional, que suele aportar 0.25 °C).
El factor del calentamiento global
Lo que diferencia dramáticamente el escenario actual de los eventos históricos es el delicado contexto térmico en el que llega. La NASA confirmó que la Tierra viene registrando temperaturas sin precedentes; el planeta se sitúa aproximadamente 1.46 °C por encima de los niveles preindustriales, siendo los años recientes los más calurosos de la historia moderna.
Bajo la perspectiva analítica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), los efectos del cambio climático y de El Niño no se van a sumar, sino a multiplicar. Una atmósfera recalentada retiene mayores volúmenes de vapor de agua: en consecuencia, cuando hay tormentas, estas son exponencialmente más torrenciales, mientras que en las regiones de sequía la evaporación se acelera de forma crítica, pulverizando récords históricos de calor. Portales especializados como Carbon Brief proyectan que este año se consolidará firmemente dentro de los cuatro más cálidos jamás registrados, estimando que El Niño inyectará hasta tres décimas de grado (0.3 °C) adicionales a la temperatura media global de cara al próximo año.
Consecuencias para Colombia y el Caribe
A nivel latinoamericano, mientras naciones como Perú y Ecuador se blindan ante un inminente riesgo de inundaciones masivas y lluvias torrenciales hacia finales de año, el panorama para el norte de Sudamérica y la cuenca del Caribe se perfila en la dirección opuesta, caracterizándose por un déficit crítico de precipitaciones y crisis de calor extremo.
Impacto macroeconómico y energético nacional
Para Colombia, la instauración de un "Superniño" fuerte o muy fuerte representa una amenaza directa a su seguridad energética y alimentaria. El país, cuya matriz de generación de electricidad depende en más de un 65% de la fuerza hidroeléctrica, se enfrentará a una reducción crítica en el caudal de los embalses. Esto forzará al sistema a una dependencia extrema de las plantas térmicas (a base de combustibles fósiles), lo que elevará de forma sustancial los costos de las tarifas de energía para los usuarios y encarecerá la producción industrial.
Sequía prolongada y desabastecimiento de agua
Se anticipa una reducción severa del régimen de lluvias en las regiones Andina y Caribe. Ríos arteriales de la nación, como el Magdalena y el Cauca, podrían registrar mínimos históricos de navegabilidad, afectando de gravedad el transporte de carga fluvial. Asimismo, la disminución de los caudales comprometerá directamente las bocatomas de los acueductos municipales, lo que derivaría de forma inevitable en racionamientos de agua potable en múltiples cabeceras urbanas del país.
Crisis específica en el Caribe colombiano
La región del Caribe colombiano (departamentos de Atlántico, Bolívar, Magdalena, La Guajira, Cesar, Córdoba y Sucre) se sitúa en la primera línea de vulnerabilidad global ante este fenómeno. Las consecuencias específicas proyectadas incluyen:
Estrés térmico y olas de calor sin precedentes: Se anticipan temperaturas sostenidas que podrían superar con creces los 40°C en las principales capitales y zonas rurales, incrementando de forma alarmante las emergencias de salud pública asociadas a golpes de calor, deshidratación y enfermedades cardiovasculares, afectando con mayor severidad a niños y ancianos.
Colapso del sector agropecuario: Se prevé una pérdida masiva de cultivos de pan coger (yuca, plátano, maíz) y una aguda crisis ganadera. La falta de pastizales y la desecación de jagüeyes (reservorios de agua) provocará desnutrición y muerte de ganado vacuno. Esto impactará directamente la economía rural y generará una fuerte inflación en la canasta básica de alimentos en los mercados de Barranquilla, Cartagena, Montería y Santa Marta.
Incendios de la cobertura vegetal: El suelo reseco y las altas temperaturas dispararán el riesgo extremo de incendios forestales en áreas de altísima reserva biológica, tales como el Parque Nacional Natural Tayrona, la Sierra Nevada de Santa Marta y la Vía Parque Isla de Salamanca, amenazando ecosistemas estratégicos de manglar y bosque seco, e inundando de humo y material particulado el aire de las urbes caribeñas.
Crisis humanitaria agudizada en La Guajira: El departamento de La Guajira, condicionado por un clima históricamente semiárido, sufrirá una intensificación dramática de sus condiciones de sequía. La escasez extrema de agua pondrá en riesgo inminente de seguridad alimentaria y física a las comunidades indígenas Wayúu, limitando el acceso a pozos subterráneos y fuentes de agua jagüey.
La paradoja de los huracanes en el Caribe
Un Niño activo incrementa la cizalladura del viento en el Atlántico occidental (vientos fuertes en la alta atmósfera que cortan la estructura vertical de las tormentas), lo que tiende a inhibir y disminuir la cantidad total de tormentas tropicales y huracanes durante la temporada.
Sin embargo, las agencias lanzan una advertencia categórica: las temperaturas de la atmósfera y del agua del mar Caribe están actuando como combustible puro acumulado. Aunque se desarrollen menos ciclones, aquellos que logren formarse y romper la barrera de cizalladura podrían alcanzar categorías mayores (3, 4 o 5) con una rapidez explosiva. Por ende, el riesgo de trayectorias erráticas sumamente destructivas para el litoral caribeño y, en especial, para el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, permanece latente y requiere el máximo nivel de preparación en los sistemas de gestión del riesgo.



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