En defensa de la circunscripción nacional



Estamos celebrando los primeros 30 años de la proclamación de la Constitución de 1991 el 4 de julio de 1991. Entre las novedades que nos trajo la Constitución de 1991 se destaca la elección “en circunscripción nacional” de los senadores de la República, que hasta entonces lo eran por circunscripción departamental, al igual que los representantes a la Cámara. Analicemos las razones de conveniencia y los beneficios que le reporta a la democracia para su apertura, inclusión y fortalecimiento como institución.


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Un paso muy importante que se dio con la Constitución de 1991 fue el de la profundización de la democracia representativa, yendo más allá de esta, al establecer desde el preámbulo mismo su espíritu participativo e incluyente, el cual amplía en su artículo 270. Es en este contexto en el que se entiende y hace sentido la apertura democrática que significó para el país la circunscripción nacional para elegir senadores, abriéndole espacio a la renovación de la dirigencia política y a la representación en el Congreso de las fuerzas políticas minoritarias.


Con la circunscripción nacional se rompieron, así fuera parcialmente, los denominados con justa razón feudos podridos que se consolidaron al amparo del régimen bipartidista que se entronizó en el país con el Frente Nacional, creado en 1958. Ello le cerraba el paso al disenso, a los nuevos liderazgos, pues los ciudadanos en las regiones se tenían que resignar a votar siempre por los mismos con las mismas, puesto que la red clientelar tejida por los gamonales de la región lo impedía. Quien quisiera aspirar al Congreso de la República, ya fuera al Senado o a la Cámara, tenía que jurarles bandera a ellos y someterse a sus reglas y ominosas condiciones.


Ahora, el ciudadano puede votar por el candidato de su predilección, escogiendo entre una amplia gama de aspirantes, simplemente marcándolo en un tarjetón, en lugar de acudir a las urnas como borregos a depositar una papeleta contentiva de su voto, sirviendo como gancho ciego de los designios de los caciques políticos. Por otra parte, al abrirse el abanico de posibilidades, quien quiera aspirar al Senado de la República ahora lo puede hacer sin contar con la aquiescencia de quienes dominan a su antojo la “plaza”, inscribiéndose en la lista del partido o movimiento reconocido mediante personería jurídica, que son muchos, que mejor le parezca y con el que más se identifica ideológicamente.


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Además de romper los feudos podridos, con esta nueva modalidad, se posibilitó la proyección a nivel nacional de los liderazgos regionales, dado que para hacerse elegir los aspirantes al Senado de la República deben recorrerse el país, conocer la problemática de las distintas regiones y ocuparse de ella y de esta manera hacerse al reconocimiento del electorado a nivel nacional, no solo durante la campaña proselitista para hacerse elegir sino en ejercicio de su gestión como parlamentario. ¡Este, desde luego, es el deber ser!