El último periodo de las curules de paz o curules para las víctimas
- Nerio Luis Mejía

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Por: Nerio Luis Mejía

Al igual que el proceso del cual surgieron —el llamado “proceso de paz”— estas curules han sido un verdadero fracaso, pues terminaron cooptadas por las maquinarias tradicionales que históricamente han gobernado el país. Un aspecto clave que se ignoró fue la continuidad del conflicto en los territorios: se pensó que con la firma de la paz la guerra desaparecería, pero ocurrió lo contrario. Si bien un número importante de combatientes se acogió al acuerdo, otros se rearmaron y continuaron delinquiendo en las regiones donde se podía ejercer el voto por las Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz (CITREP), es decir, en los 168 municipios que conforman los 16 escaños.
La firma de los acuerdos estuvo marcada por la prisa ante la finalización del gobierno de Juan Manuel Santos. Todo indica que se tomaron decisiones apresuradas para salir del paso, generando un vacío del que nadie quiere asumir responsabilidad, aunque todos señalan incumplimientos. En el intento de garantizar la participación de las víctimas en las zonas golpeadas por el conflicto, se negó la posibilidad a millones de ellas que hoy viven en los cascos urbanos y que jamás pudieron regresar a sus regiones de origen debido a la persistencia de la violencia.
Según el registro de la Unidad para las Víctimas en Colombia, existen 9.888.182 personas acreditadas como víctimas, lo que representa aproximadamente el 18,2% de la población nacional. Surge entonces la pregunta: ¿quién representa los intereses de aquellas víctimas que se refugiaron en las ciudades para salvar sus vidas y que hoy sufren en silencio, sin sentirse representadas por quienes ocupan las curules y que, en muchos casos, obedecen a intereses ajenos al de trabajar por ellas?
Solo resta este periodo de las curules de paz (2026–2030), bajo una sombra de incertidumbre para el universo de víctimas que sigue dejando el conflicto. Los actuales representantes poco se diferencian de los políticos tradicionales: buscan el lucro personal y la continuidad de su carrera política a costa de quienes han padecido la tragedia.
En los pasados cuatro años cabe preguntarse: ¿qué cambió realmente en la situación de las víctimas? ¿Qué hicieron, al menos, para humanizar los centros de atención donde esta población busca reparación? Los representantes de las CITREP quizá ni siquiera sepan lo que significa intentar sacar una cita en un centro de atención para víctimas, lugares abarrotados de personas que buscan esperanza y terminan cargando con la desilusión que siempre ha acompañado a esta población.
En este último periodo, es probable que la situación no cambie mucho. Tal vez se diferencie del anterior en que los actuales representantes intenten aprovechar este espacio como un trampolín político, más que como un escenario de reivindicación. Así, las curules de paz han quedado al servicio de victimarios y políticos tradicionales, mientras millones de desamparados siguen esperando una verdadera representación. Ojalá en el futuro las víctimas auténticas puedan participar sin miedo al fantasma de la violencia y la corrupción que caracteriza a una política que se enriquece del sufrimiento ajeno.



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