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El silencio de la última luna llena de mayo

Por: Nerio Luis Mejía



Los anuncios frente a la llegada del fenómeno del niño o el super niño, los campesinos en el departamento del Cesar, no cuentan con el apoyo del gobierno regional ni municipales que les permitan enfrentar las fuertes sequias ante la amenaza que pone en riesgos sus cultivos, la ganadería y hasta el abastecimiento de agua de los centros poblados.


Una gruesa nube oscura cubrió el cielo. En los últimos días de mayo se esperaba con ansias la lluvia, pero al caer la tarde las nubes emprendieron la retirada, dejando un cielo azul despejado y conservando el lugar que le correspondía a la inmensa luna llena en el último día del quinto mes.



El alma del agricultor se desesperaba al ver que las lluvias habían abandonado la comarca, y el verano amenazaba con secar las plantas y, de paso, sus esperanzas. Desde tempranas horas colgaba su hamaca y se envolvía queriendo abrazar el sueño, el cual quizás pretendía encontrar entre las telas de su lecho colgante. Quedó dormido en la profundidad del cansancio y del silencio de la noche, pero despertó muy temprano, antes del cantar de los gallos. Sin reloj que le permitiera medir el tiempo, ancló su mirada al cielo y allí observó colgada la inmensa luna llena, a unos cuantos metros de alcanzar la colina donde finalmente se escondería de la mirada del agricultor en su última aparición en mayo. Con ella también se fueron las ilusiones de quienes esperaban los torrenciales aguaceros que permiten a las plantas prepararse para el veranillo de julio.


No susurró nada. Muy lentamente giró su cuerpo a la derecha y se dirigió, sin vacilaciones, a la esquina del viejo rancho. Fue tal vez la noche más silenciosa, en la que pudo observar que los árboles también dormían, dejando ver a través de la quietud de sus hojas un paisaje que lucía como una pintura colgada en el inmenso lienzo del universo. Hasta las cigarras optaron por callar sus silbidos; el único ruido existente era el que producían sus chancletas al rebotar en sus talones. Con suavidad empujó dos tablas que hacían las veces de puerta y se acostó sobre la banda de telas convertidas en hamaca. Desde allí no buscaba el sueño: solo quería acelerar con desespero la claridad del día, para caminar sus huertos en busca de acariciar la posibilidad, al menos, de mojar sus manos con las gotas de sereno que habían caído durante la noche y que quedaban esparcidas sobre las hojas de malezas y cultivos.



Volvió a levantarse de su hamaca aquel solitario hombre que una vez soñaba con sembrar toda su tierra. Se preparó un café tan amargo como su destino y posó sus labios sobre la taza humeante. Esta vez cabalgó sobre sus pensamientos, dándoles rienda suelta para que lo trasladaran a cualquier otro lugar del mundo, donde no tuviera que mirar aquella luna llena de mayo que se llevó consigo las esperanzas de ver llover.


Al cabo de unas horas recibió la visita de un desesperado vecino que, al igual que él, se preocupaba por la sequía que castigaba sin misericordia la tierra. Juntos contemplaron cómo los primeros rayos del sol se reflejaban sobre las colinas con un brillo incandescente, confirmando sus temores: el verano los visitaría por mucho tiempo, y la última luna llena de mayo solo les dejó acariciando una ilusión.

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