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El hijo ilustre del Caribe

Por: Nerio Luis Mejía



Vivimos en una de las regiones más calientes del país, donde la pésima calidad de los servicios públicos es el pan de cada día y la brecha entre ricos y pobres es tan dantesca que obliga a sus habitantes a soñar con la llegada de un mesías. Uno que, tal vez, no llegue montado en un burro —ese animal tan arraigado a nuestra cultura costeña—, sino que venga con diplomas de universidades de prestigioso apellido.


¡Y por fin el sueño se hizo realidad! El hijo insigne del Caribe ha aparecido, rebosante de virtudes. No solo es educado, sino que ostenta tres nacionalidades (incluyendo la nuestra y sumándole esa otra que es “la costeña”). Es adinerado, de gustos exquisitos, trajes a la medida, finos perfumes y amistades poderosas; es decir, todo un "hombre de bien" que habla sin tapujos y que promete convertirnos en la Suiza de América.



Bajo su bendición, el calor infernal será cosa del pasado: nuestras calles tendrán aire acondicionado y ya nadie andará en motocicletas ni en autos chinos. Ahora el paisaje macondiano se llenará de Maseratis, Rolls-Royces y Mercedes-Benz. Vaya, el hijo ilustre es un príncipe... y ojo no nos vayamos a convertir en una monarquía absoluta donde el derecho a la protesta sea cosa del pasado, ya sea porque se acabaron mágicamente nuestros problemas o porque nadie quiera meterse en problemas con el monarca.


Nuestro heredero combatirá el crimen con mano de hierro. ¡Ay, cuánto se añorarán esos tiempos en que ciertos abogados se enriquecían defendiendo a los hampones, a los testaferros de las dictaduras más crueles de la región, o a los que a través de pirámides le arrebataban los ahorros a los pobres incautos! Muy poca oportunidad le quedará al gremio de los defensores... ojalá no me meta en líos, no sea que "Defensores" termine siendo una marca de licor propiedad del nuevo rey.


Su administración promete ser diferente, aunque en las comisiones de empalme y en su gabinete ya resuenen nombres conocidos del pasado. Entre ellos destaca una ex gobernadora, demostrando que en este gobierno no nos fijamos en minucias como tener un esposo condenado por narcotráfico; al fin y al cabo, el amor (y los negocios familiares) todo lo pueden. Y comandando el empalme aparece Carlos Alonso Lucio, el exguerrillero arrepentido —perdón, "guerrillero bueno"—, reciclado por la centroderecha para recordarnos que en este país bananero el mundo se dibuja en blanco y negro: si estás conmigo eres un santo reformado, si no, eres el demonio.


El hijo ilustre ya saborea el Palacio de Nariño. Habrá que ver si la casa presidencial no deja de ser tal para convertirse en la cueva de un tigre hambriento, o en el rincón de un gatito juguetón. Lo cierto es que amenaza con llenarse de ratas y, por supuesto, de enanos siniestros que, tras bambalinas, pretenden seguir gobernando en cuerpo ajeno a través de este refinado avatar.


Mientras tanto, por fuera, el Palacio será custodiado por veteranos de la reserva activa. Pobres, no solo tendrán que lidiar con la violencia, sino con los males de la próstata que los obligarán a pasar la mayor parte del tiempo en los baños. Desde ya alistamos cajas de cristal blindadas, porque nuestro adorado líder no puede exponerse a la inseguridad, al sol, ni al manoseo de esta tierra de pescadores que tanto contrasta con sus fragancias importadas.



El hijo ilustre nos ha dejado boquiabiertos. Pensábamos que entonaría cantos de vaquería —esos que dieron origen al vallenato—, pero nos cambió la música. Lo bueno es que ya no compraremos la ropa de diciembre en "Tierra Santa" o en "La Guaquita"; de ahora en adelante nos vestiremos con prendas traídas de los salones de la moda de Milán... pero de Milán, Italia, no de Milán, Caquetá. Y nada de soñar con vacaciones en Coveñas, Cartagena o El Rodadero: si nosotros no vamos a Miami, Miami viene a nosotros.


Al fin y al cabo, ya ni sabemos si nuestro guía es gringo o colombiano. Lo único certero es que, por obra y gracia de los milagros de la política, pasó de ser un ferviente ateo a un devoto cristiano. Cosas que solo pasan en este bendito país de incautos.

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