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Desarrolladores de la optogenética ganan el premio Nobel de medicina

hace 6 horas
4 min de lectura


El misterio más complejo de la biología humana ha comenzado a iluminarse literalmente. La Asamblea Nobel del Instituto Karolinska de Estocolmo reconoció con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina a los científicos Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel por el desarrollo de la optogenética, una tecnología revolucionaria que permite activar o desactivar circuitos neuronales específicos en seres vivos utilizando simplemente haces de luz.


El jurado sueco destacó que los hallazgos de este trío de investigadores, centrados en los canales iónicos activados por luz, marcaron un antes y un después en la comprensión del cerebro. Como subrayó Per Svenningsson, presidente del Comité Nobel de Fisiología o Medicina durante el anuncio oficial en Estocolmo, la optogenética ha brindado la oportunidad de cartografiar el tejido cerebral con un nivel de detalle y dinamismo con el que la ciencia solo podía soñar hace un par de décadas.



El hallazgo biológico en las profundidades de un alga unicelular


Para comprender el alcance de este avance hay que remontarse a los primeros trabajos de los biofísicos alemanes Peter Hegemann, de la Universidad Humboldt de Berlín, y Georg Nagel, de la Universidad de Würzburg. A finales de los años noventa y principios de los dos mil, ambos investigadores analizaban cómo ciertos microorganismos fotosensibles respondían al entorno. Fue en la microalga unicelular Chlamydomonas reinhardtii donde aislaron una proteína singular denominada canalrodopsina.


A diferencia de las proteínas fotorreceptoras conocidas hasta ese momento en la retina humana, que requieren complejas cadenas de reacciones químicas intermedias para enviar una señal, la canalrodopsina actuaba de forma directa y autónoma. Era, al mismo tiempo, el sensor de luz y el poro por el que circulaban los iones. Al recibir fotones de luz azul, la proteína modificaba de inmediato su estructura tridimensional, abriendo un canal en la membrana celular que dejaba pasar iones con carga positiva.


Hegemann y Nagel demostraron algo crucial para el futuro de la medicina: la canalrodopsina funcionaba de forma independiente y podía ser introducida en prácticamente cualquier tipo de célula, convirtiéndola al instante en una fotosensible. Sin embargo, faltaba dar el paso definitivo, el que conectaría la biofísica de las algas con el intrincado mapa de la mente humana.


El salto al cerebro y el nacimiento de un interruptor neuronal


Ese puente decisivo lo tendió el neurocientífico y psiquiatra estadounidense Karl Deisseroth desde sus laboratorios en la Universidad de Stanford. En 2005, Deisseroth logró incorporar el gen de la canalrodopsina en neuronas de ratas utilizando vectores virales no patógenos. El resultado fue asombroso: al expresar la proteína vegetal en las membranas de las células nerviosas y proyectar sobre ellas finísimos pulsos de luz azul mediante fibra óptica, las neuronas se activaban de forma instantánea, desencadenando impulsos eléctricos precisos en cuestión de milisegundos.


Surgía así la optogenética, una disciplina bautizada por el propio Deisseroth que combina la genética y la óptica para dirigir la actividad celular. Antes de esta innovación, las herramientas disponibles para estudiar el cerebro presentaban serias limitaciones. La estimulación eléctrica mediante electrodos estimulaba indistintamente a miles de neuronas vecinas de diferentes tipos, mientras que la administración de fármacos actuaba de manera lenta y difusa por todo el tejido.


Con la optogenética, los científicos pasaron a disponer de un control quirúrgico sobre redes neuronales concretas. Se podía encender un grupo específico de neuronas involucradas en la memoria o en el miedo y apagar las adyacentes simplemente cambiando la frecuencia o la longitud de onda de la luz, permitiendo observar las alteraciones de la conducta en tiempo real dentro de un organismo vivo.


Abordaje de trastornos psiquiátricos y la ceguera


El impacto de este desarrollo en la medicina contemporánea ha sido gigantesco. La posibilidad de intervenir en circuitos cerebrales específicos permitió desentrañar los mecanismos profundos que subyacen a patologías neurológicas y psiquiátricas tan complejas como la esquizofrenia, la ansiedad severa, la enfermedad de Parkinson, el trastorno obsesivo-compulsivo y la depresión mayor.


En el campo del párkinson, por ejemplo, los experimentos optogenéticos ayudaron a identificar exactamente qué rutas de los ganglios basales debían ser estimuladas para aliviar los temblores y la rigidez motora, mejorando de forma notable los parámetros de la estimulación cerebral profunda en pacientes. En los estudios sobre adicciones y depresión, la técnica ha permitido rastrear con exactitud cómo se altera el circuito de recompensa mediado por la dopamina.



Más allá del sistema nervioso central, la optogenética ha empezado a dar saltos prometedores hacia la medicina clínica. Uno de los terrenos más avanzados es la restauración de la visión en personas afectadas por enfermedades degenerativas de la retina, como la retinosis pigmentaria. Mediante terapia génica, se inyectan vectores con canalrodopsinas en las células ganglionares que sobreviven en la retina dañada, convirtiéndolas en fotorreceptores artificiales que reaccionan a proyectores especiales instalados en gafas electrónicas.


Asimismo, la técnica ha revelado conexiones insospechadas en otros órganos. Investigaciones recientes han localizado poblaciones de células específicas en el epitelio intestinal que envían señales directas al cerebro para explicar por qué el organismo reacciona de forma diferente frente al azúcar natural en comparación con los edulcorantes artificiales.


El galardón de 2026 consagra una de las mayores hazañas científicas del siglo XXI. Lo que comenzó como un estudio básico sobre la manera en que un alga microscópica nada hacia la luz se ha transformado en la llave maestra para entender los pensamientos, las emociones y los trastornos que definen la mente humana.

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