Colombia: un país de belleza ensangrentada
- Acta Diurna

- hace 1 día
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Por: Nerio Luis Mejía

En Colombia nos hemos acostumbrado a contar muertos, como si fueran simples accidentes pasajeros que se integran a la cotidianidad de un país hermoso, pero marcado por un historial criminal que atraviesa su historia. La muerte violenta ya no despierta el interés de la ciudadanía y mucho menos el de sus gobernantes.
Mientras tanto, se desgasta tiempo en discusiones triviales: si Cepeda es marxista o maoísta, si De la Espriella es un tigre sin rayas, o en los kilos de más de Paloma Valencia. En una sociedad seria, con tantos problemas de inseguridad, esos temas serían irrelevantes. Lo que debería ocupar nuestra atención y exigir respuestas de las autoridades es la cadena de muertes violentas que sacude al país. Los medios de comunicación y las redes sociales registran a diario hechos sangrientos en todos los rincones de Colombia: ciudades como Valledupar, Barranquilla, Riohacha y Santa Marta, donde el sicariato cobra vidas cada día. Sin embargo, las cifras oficiales suelen contrastar con la realidad, pues los mandatarios insisten en mostrar descensos en los homicidios, cuando en verdad vivimos en un país de belleza ensangrentada.
Se necesita una respuesta urgente para frenar el número de muertes violentas. Basta ya de cifras maquilladas que irrespetuosamente muestran un supuesto descenso, mientras el país se ahoga en un baño de sangre sin precedentes. La violencia no solo golpea los centros urbanos, también se siente con rigor en el campo: las confrontaciones armadas entre grupos criminales dejan una estela de cadáveres que se acumulan sin que nadie responda.
Pareciera existir un silencio cómplice de las autoridades, o quizá una incompetencia frente a una tragedia que supera la capacidad del Estado. Nadie se siente a salvo: los grupos armados amenazan poblaciones enteras y sus enfrentamientos ya alcanzan las periferias de las ciudades. Desde el 13 de febrero de 2026, en corregimientos del departamento del Cesar, muy cerca de Ocaña, los choques entre grupos paramilitares han generado zozobra en la población. Lo mismo ocurre en el Catatumbo, donde el ELN y las disidencias de las FARC se enfrentan en cascos urbanos, afectando directamente a la población civil.
El contraste es doloroso: uno de los países más bellos del mundo, revelación del turismo en los últimos años, con playas paradisíacas, montañas majestuosas y el mejor café del planeta, se ve manchado con la sangre de su juventud. Todo esto ocurre ante la desidia de un Estado que no se inmuta frente a la cadena de muertes violentas que arrastramos desde hace décadas.
No importa si Roy busca desplazar a Cepeda en una consulta, o si el Centro Democrático fractura su militancia para apoyar a antiguos abogados de personajes cuestionados. Lo que realmente importa es que los colombianos necesitamos medidas urgentes que frenen la ola de crímenes que nos mantiene en un miedo constante y que evidencia el fracaso de la llamada “paz total”. Colombia, el país de la belleza, se desangra mientras sus gobernantes miran hacia otro lado.







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