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Aún hay dignidad y valentía

hace 6 horas
3 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



"Por fin un premio al ganador que corresponde". El otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a la jurista y activista sudafricana Navi Pillay por parte del Comité Noruego del Nobel, en Oslo, es considerado por el mundo como el mayor acierto. El año pasado, este mismo galardón había generado una gran controversia cuando la distinción le fue conferida a la líder opositora venezolana María Corina Machado, lo que a su vez desató la ira del presidente de los Estados Unidos, quien aún asegura ser el verdadero merecedor del premio por haber «evitado ocho guerras».



Esta vez el reconocimiento quedó en las manos de quien lo merece. La reconocida jurista, a través de sus constantes esfuerzos por promover la paz, fortalecer el derecho internacional y llevar ante los tribunales a los perpetradores de crímenes de guerra, de lesa humanidad y genocidio, motivó al Comité a otorgarle de manera valiente y decidida esta distinción, en una ceremonia que se llevará a cabo el 10 de diciembre de 2026.


Sin lugar a dudas, destaca la trayectoria de Navi Pillay como defensora histórica en el activismo contra el apartheid en su tierra natal (Sudáfrica), así como su labor como jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, magistrada de la Corte Penal Internacional y jueza ad hoc en la Corte Internacional de Justicia. Una vez conocida su elección como ganadora, la jurista manifestó de manera valiente y entre aplausos: "Si aplauden más fuerte, le entregaré el Premio Nobel de la Paz a Trump". Estas palabras encolerizaron al mandatario estadounidense, quien de inmediato anunció un paquete de sanciones contra el tribunal internacional.


Quizás esta vez los caprichos y delirios del mandatario norteamericano no consigan los mismos resultados del pasado, cuando la ganadora venezolana, de forma rastrera y sumisa para halagarlo, le entregó el premio al inquilino de la Casa Blanca. Aquella fue una decisión ampliamente rechazada, pues las políticas del Comité establecen que este galardón es intransferible; sin embargo, María Corina Machado, en su afán de congraciarse con Trump, decidió entregárselo. Acaso pretendía que, una vez que las fuerzas estadounidenses derrocaran a Nicolás Maduro, le otorgaran a ella la administración del país. Pero ocurrió algo distinto: tras deponer a Maduro, las fuerzas invasoras continuaron negociando con la vicepresidenta del régimen, lo que no solo constituyó un insulto para Machado, sino el desprecio a su actitud servil ante quien solo busca el petróleo y demás minerales que posee la nación venezolana.


La decisión del Comité del Nobel demostró que aún hay dignidad y valentía, y que esta vez el merecido galardón no estuvo subordinado a intereses políticos, sino guiado por la justicia, como debería ser siempre. También cabe recalcar que la administración Trump ha concentrado sus esfuerzos en desmantelar el Tribunal Penal Internacional, órgano que mantiene vinculado procesalmente a Benjamín Netanyahu, responsable del genocidio palestino y fiel aliado de Trump. Del mismo modo, investigadores de la justicia internacional avanzan para esclarecer la muerte de más de un centenar de niñas en un internado iraní a causa de un misil disparado por fuerzas estadounidenses. En una sociedad respetuosa del derecho internacional, estos hechos deben llevar a los perpetradores a ser juzgados y pagar por sus graves crímenes contra la humanidad.



Se puede considerar que esta vez el Premio Nobel de la Paz quedó en buenas manos y no al servicio del amo imperial, muy lejos de aquellos que firmaron procesos de paz fallidos que terminaron peor que antes de la entrega de armas, como sucedió con Juan Manuel Santos en Colombia. La decisión del Comité merece un aplauso por escoger a una persona que verdaderamente ha trabajado por la paz mediante el fortalecimiento de la justicia y el orden internacional.


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