1810: El florero de Llorente y el Acta de Independencia
- Acta Diurna

- 27 jul
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SERIE HISTORIA DE COLOMBIA: TEMPORADA 1: Gritos, Sangre y República (1810 - 1831)

El día que dejamos de ser colonia... a medias
La historia oficial nos la vendió como una rabieta de viernes de mercado. Nos dijeron que un comerciante español de mal genio, José González Llorente, se negó a prestar un florero para adornar la mesa de un banquete, y que ese desaire desató la furia espontánea del pueblo de Santafé.
Es una gran historia para niños de primaria, pero históricamente es falsa. Lo que ocurrió el 20 de julio de 1810 no fue un arranque de ira; fue una monumental operación de bandera falsa planificada con días de anticipación en el observatorio astronómico de Bogotá por la élite criolla.
La conspiración del viernes de mercado
Los criollos —hijos de españoles nacidos en América— estaban cansados de ser ciudadanos de segunda clase. Tenían dinero y tierras, pero los altos cargos políticos estaban reservados exclusivamente para los nacidos en la península ibérica. Con España invadida por Napoleón Bonaparte y el rey Fernando VII preso, el momento de actuar era ese.
Camilo Torres, Jorge Tadeo Lozano, los hermanos Morales y Acevedo Gómez sabían que necesitaban un detonante popular. El pueblo llano no se iba a levantar en armas por debates abstractos sobre la soberanía; se necesitaba un enemigo visible, un insulto directo. Elegir a Llorente no fue al azar: era un español conocido por su temperamento agrio y su desprecio hacia los americanos.
El plan era simple: ir a su tienda un viernes (el día que la plaza de Bolívar estaba abarrotada por el mercado), pedir un adorno —sabiendo que diría que no—, armar un escándalo, gritar que el "chapetón" había insultado a los americanos y dejar que la masa hiciera el resto. Y funcionó a la perfección.
Inclusive, resulta necesario indicar que el famoso "florero" no era un florero propiamente dicho, sino una base de porcelana fina o un ramillete (copón decorativo). Hoy, la base sobreviviente de esa pieza se custodia en la Casa del Florero en Bogotá, partida y remendada, como el país mismo.
El "Tribuno del Pueblo" y el pánico colectivo
Cuando los hermanos Morales empezaron a gritar en la plaza que Llorente los había insultado, el mercado se transformó en un hervidero. La masa sitió la tienda. Fue en ese momento de caos cuando surgió la figura de José Acevedo y Gómez, quien se subió al balcón del Cabildo y lanzó la frase que sellaría el destino de la jornada:
“Si perdéis este momento de efervescencia y calor, si dejáis escapar esta ocasión única y feliz, antes de doce horas seréis tratados como insurgentes: ¡ved los calabozos, los grillos y las cadenas que os esperan!”
El pánico a la represión española movilizó los corazones. Para el final de la tarde, el Virrey Antonio Amar y Borbón estaba sitiado en su palacio, viendo cómo el poder se le escurría entre las manos.
La gran paradoja: ¿Independencia de quién?
Si uno lee con lupa el Acta de Independencia redactada esa misma noche, se encuentra con una contradicción gigantesca. El documento creaba una Junta Suprema de Gobierno, pero juraba fidelidad eterna al mismísimo rey de España:
"Protestamos vivir y morir bajo la sagrada Religión Católica (...) y derramar hasta la última gota de nuestra sangre por defender a nuestra sagrada Religión, a nuestro amado Rey Fernando VII y la libertad de la Patria..." (Fragmento del Acta del 20 de Julio de 1.810).
¿Entonces? Fue una independencia a medias. Los criollos no querían romper con el rey; lo que querían era gobernar ellos el territorio en ausencia del rey, quitando del medio a los burócratas nacidos en España. Querían autonomía, no una república independiente.
El problema fue que, una vez que abrieron la caja de Pandora de la soberanía popular, ya no hubo forma de volverla a cerrar. El pueblo raso, los artesanos y las provincias entendieron el mensaje a su manera: era hora de mandar a volar el Imperio español por completo. Lo que empezó como una estrategia de presión política de la élite, terminó pavimentando el camino hacia una guerra a muerte que duraría más de una década.



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