Totó la Momposina: el legado eterno de la voz del Caribe colombiano
- Acta Diurna

- 19 may
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El silencio tiene muchas formas, pero el que se posó sobre la música colombiana es denso como el aire del río Magdalena a mediodía. A los 85 años, en la distancia de un México que la acogió en sus meses finales, se apagó la voz de Sonia María Bazanta Vides. Para el mundo, sin embargo, lo que se ha detenido es el corazón de Totó la Momposina, la mujer que no cantaba para entretener, sino para conjurar la memoria de un país entero.
Las primeras informaciones hablan de causas naturales; su entorno familiar evoca el peso de un infarto agudo de miocardio. Pero la verdad detrás del reporte médico es que Totó llevaba un par de años ensayando la despedida, desde que una afasia silenció sus cuerdas vocales en 2022. Aquella enfermedad neurológica, que ataca las regiones del cerebro encargadas del lenguaje, fue un giro trágico del destino: el silencio impuesto a la mujer que había sido el megáfono de la identidad caribeña.
El vientre del río y el golpe del madero
Para entender la fuerza telúrica de Totó hay que viajar al revés del mapa, hasta Talaigua Nuevo, en el departamento de Bolívar. Allí, donde el río se abre en brazos y la vida late al ritmo del agua, nació Sonia en una familia donde el folclor no era un oficio, sino la atmósfera que se respiraba. Su hogar estaba poblado por músicos de bandas de viento, zapateros contadores de historias y cantadoras de patio que sabían sanar con el canto.
Esa infancia ribereña esculpió su destino. Totó no aprendió los ritmos del Caribe en una academia; los absorbió de la tierra arcillosa, del lamento de los pescadores y del sudor de las lavanderas. Cuando su familia tuvo que migrar a Bogotá a mediados del siglo pasado, huyendo de la violencia partidista que desangraba el campo, se llevaron consigo el tesoro más preciado: la nostalgia convertida en tambor. En la capital, siendo apenas una adolescente, comenzó a forjar el mito.
Cuando Estocolmo bailó a golpe de tambora
La década de 1960 vio nacer formalmente su propuesta artística. En un momento en que las radios miraban hacia el norte o hacia las baladas estilizadas, Totó se plantó en los escenarios descalza, vestida con polleras descomunales y rodeada de tamboreros que parecían esculpidos en madera de catabre. Su misión era clara: dignificar la música de raíz, esa que la élite bogotana de la época miraba de soslayo por considerarla "música de negros y de indios".
Totó demostró que el bullerengue, la tambora, el mapalé y la cumbia eran lenguajes universales. Su consagración definitiva ante los ojos del mundo ocurrió en el gélido diciembre de 1982. Gabriel García Márquez viajaba a Suecia para recibir el Premio Nobel de Literatura y, fiel a su espíritu caribeño, decidió que la academia sueca debía entender el realismo mágico a través de los oídos.
"Cuando Totó salió al escenario en Estocolmo, con su voz de trueno y el repique de la tambora, el frío de Europa se derritió. Pusimos a bailar a los reyes", recordarían años después los músicos de aquella histórica delegación.
Ese viaje abrió las compuertas internacionales. De la mano del sello discográfico Real World Records, fundado por la estrella del rock británico Peter Gabriel, la música de Totó llegó a los festivales de world music de Europa, Asia y América. La Momposina se convirtió en una leyenda nómada, una embajadora que le recordaba al planeta que en el Caribe colombiano late una herencia africana e indígena inquebrantable.
La paradoja del silencio
El declive de las leyendas suele ser silencioso. En 2022, tras más de cinco décadas de recorrer aeropuertos y escenarios, un comunicado oficial anunció su retiro definitivo. La afasia había ganado terreno. Resultaba una paradoja dolorosa que la mujer que había hecho hablar a los tambores y cuya voz era un cañón de identidad, viera mermada su capacidad para comunicarse a través de las palabras.
Sus últimos años transcurrieron lejos del ruido mediático, arropada por el amor de sus hijos y nietos —quienes también heredaron la tradición musical— en la calidez de México. Allí, protegida del escrutinio público, caminó con dignidad el último tramo de su jubilación artística.
El eco en la orilla
Con la partida de Totó la Momposina, Colombia pierde algo más que una cantante icónica; pierde a una de sus últimas matronas culturales, una investigadora empírica que recorrió los pueblos del río rescatando cantos olvidados para devolvérselos al pueblo lavados y brillantes.
Hoy, la cantadora mayor ha cruzado el río por última vez. Pero en cada rincón donde un tambor alegre llame a la danza, en cada patio de Bolívar donde las mujeres canten un bullerengue para espantar la pena, y en cada rincón del mundo donde suene una cumbia, allí estará Sonia Bazanta. Su cuerpo descansa, pero el eco de su lamento negro e indígena es ya una parte eterna del paisaje de Colombia.



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