Se está gestando una nueva crisis alimentaria mundial



La guerra en Ucrania ha desencadenado un alarmante aumento mundial de los controles gubernamentales a las exportaciones de alimentos. Es fundamental que los responsables de formular políticas detengan la tendencia, que aumenta la probabilidad de una crisis alimentaria mundial.


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En pocas semanas, el número de países que han impuesto restricciones a las exportaciones de alimentos aumentó un 25%, elevando el número total a 35. Según los últimos datos del Banco Mundial, hasta fines de marzo, se habían puesto en marcha 53 nuevas intervenciones normativas que afectaban el comercio de alimentos: 31 restringían las exportaciones y 9 implicaban frenos a las exportaciones de trigo. La historia muestra que dichas restricciones son contraproducentes de maneras muy trágicas. Hace una década, en particular, exacerbaron la crisis alimentaria mundial, aumentando los precios del trigo en un enorme 30%.



Las crisis alimentarias son negativas para todos, pero devastadoras para las personas más pobres y vulnerables. Esto se debe a dos razones. En primer lugar, los países más pobres del mundo tienden a ser países importadores de alimentos. En segundo lugar, los alimentos representan al menos la mitad del gasto total de los hogares en los países de ingreso bajo. En 2008, la crisis alimentaria provocó un aumento significativo de la malnutrición, especialmente en los niños. Numerosos hogares empeñaron objetos de valor familiar para comprar alimentos. En algunos estudios, se indicó que las tasas de deserción escolar llegaron hasta el 50 % entre los niños de los hogares más pobres. Los daños sociales y económicos de ese tipo no pueden revertirse fácilmente.


Por el momento, a pesar de la rapidez con que se organizaron, los controles de la exportación y la importación no son tan amplios como hace una década o más. Estas regulaciones abarcan actualmente alrededor del 21% del comercio mundial de trigo, por ejemplo, muy por debajo del 74% registrado en el pico de la crisis de 2008-11. Sin embargo, existen las condiciones para un ciclo de represalias en el que la escala de las restricciones podría aumentar rápidamente.



Las medidas comerciales ya están teniendo un efecto visible en los precios de los alimentos. Rusia ha impuesto restricciones a las exportaciones de trigo para los países que no pertenecen a la Unión Económica de Eurasia. Los exportadores más pequeños, como Serbia y Macedonia del Norte, también han decretado restricciones. Así lo han hecho países importadores de alimentos, como Egipto, que compra el 80% del trigo a Rusia y Ucrania y se ha preocupado por las reexportaciones. Estas medidas abarcan por sí solas el 16% del comercio mundial y han sido responsables de un aumento de siete puntos porcentuales en los precios mundiales del trigo, lo que equivale a alrededor de una sexta parte del alza general de los precios.


El aumento de las intervenciones comerciales en marzo podría ser una señal de que se avecinan interrupciones en el suministro. Las restricciones a la exportación de alimentos impuestas en marzo fueron casi el doble que en los dos meses anteriores. Las medidas restrictivas a la exportación reducen el suministro mundial, causando un aumento de los precios. Eso desencadena nuevas restricciones a las exportaciones para contener las presiones inflacionarias internas, generando un “efecto multiplicador” en los precios internacionales. Si alguno de los cinco principales exportadores de trigo prohibiese las exportaciones, estas medidas aumentarían el precio mundial en al menos un 13 %, y mucho más si otros países reaccionan.


Es tiempo de distender la situación. Una crisis alimentaria mundial no es en absoluto inevitable: pese al extraordinario aumento de los precios de los alimentos en el último tiempo, las existencias mundiales de los tres principales alimentos básicos —arroz, trigo y maíz— siguen siendo altas en comparación con parámetros históricos. Recientemente, el Grupo de los Siete (G-7) dio un paso importante al prometer no imponer prohibiciones a la exportación de alimentos y utilizar “todos los instrumentos y mecanismos de financiamiento” para reforzar la seguridad alimentaria mundial. Ese grupo ya incluye a varios de los principales exportadores de alimentos básicos clave, entre ellos Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea. Otros grandes exportadores de alimentos —como Australia, Argentina y Brasil— deberían sumarse a ese compromiso.


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Mantener los flujos mundiales de alimentos, especialmente en una época de creciente tensión económica y geopolítica, debería ser un requisito mínimo para los responsables de formular políticas en todo el mundo, el equivalente de la regla de “no hacer daño”. Un suministro de alimentos continuo beneficia a los ciudadanos de todos los países. También dará a los responsables de la formulación de políticas en los países una posibilidad mucho mayor de superar todas las otras conmociones causadas por la guerra en Ucrania. DAVID MALPASS