El faisán y su Fania



Cuando yo llegué por primera vez a Barranquilla en 1963, a mis escasos seis años, a pasear mi orfandad luego de la muerte de mi madre, y a vivir un tiempo en casa de mi tía Sandiego Garrido, con mis primos los Guzmán en el barrio Cevillar, de lo que más recuerdo y atesoro en mi memoria es aquel ritmo de palmas y quinto, y luego el piano y los violines con el que introducía “Acuyuyé”, aquella joya musical de Pacheco y su Charanga que decía: “Afinen los cueros caballeros que la pachanga va empezar /repique el timbal compay Manolo que ahora me toca a mí bailar / Acuyuyé, Acuyuyé…”


Desde entonces lo bailo con dolorosa sabrosura para rendirme homenaje a mí mismo por aquellos duros años de mi temprana infancia. En la radiola de teclas de nácar que mi primo Antonio Guzmán, que era marinero de la Armada Nacional, había traído a casa de un viaje a Panamá, en la mañana cantaban sin falta Vicentico Valdez, Albertico Beltrán, Nelson Pinedo, Bienvenido Granda y Daniel Santos, indefectiblemente acompañados por La Sonora Matancera, y por la tarde era seguro que concurrían a la cita Johnny Pacheco, Ricardo Ray & Bobby Cruz, Eddie y Charlie Palmieri y Ray Barreto, entre otros.


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En esos días había un amigo de mis primos que andaba por el barrio que era de asombrosa estatura de quien decían que era más largo que “Azúcar” - por entonces el tema de Palmieri de mayor extensión que sonaba en la radio -, y había un moreno bacán de barrio que bailaba solo en las esquinas al que llamaban “Watusi”, a propósito del famoso tema de Barreto. Por la noche nos subíamos al techo de la casa y adivinábamos los diálogos lejanos de las películas que pasaban en el cine sin techo del teatro Águila que quedaba a unos cien metros de nuestra exclusiva luneta.


Pero desde entonces los coros de los temas de Pacheco me hacían gracia porque se me antojaban a algo así como una mofa o una burla. Y no. Era que entonces no los entendía. Muchos años después sabría que esos coros “mañosos” eran toda una institución de la música cubana que habían impuesto con especial originalidad “Caíto” y Rogelio en La Sonora Matancera, el grupo que por tanto tiempo inspirara a Johnny Pacheco y que este emulara como máximo modelo en sus comienzos profesionales.


Mucho más tarde, debió ser a mediados de los años ochenta lo vi por primera vez personalmente tocando con su orquesta en el extinto Coliseo Cubierto Humberto Perea, no recuerdo la ocasión (¿fue quizás en carnavales?), y no recuerdo bien si con los cantantes Héctor Casanova o Héctor Tempo Alomar. O con ambos. Sí sé y recuerdo que El agua de clavelito, Primoroso cantar y El faisán sonaron esa noche para seguir sonando para siempre en mi emisora interior. Recuerdo también que al final del concierto yo salía feliz del recinto con mi cabeza llena de todas aquellas melodías que había escuchado y en un descuido metí mi pie izquierdo en una laguna de orines pestilentes que descompuso de inmediato la música que en mí sonaba. De allí salí con la intención de encontrar un grifo en los antejardines del barrio El Prado para lavarme el asco de berrenchín que me mortificaba. Pero superado el trance hice mi recorrido por el boulevard de la 58 hasta mi casa y poco a poco en la caminata fueron apareciendo de nuevo las letras, las melodías y los arreglos de todo el repertorio que me seguía como si fuera una nube a pájaros canoros que me traían la música a la memoria.


Y la segunda vez que lo vi personalmente fue en su conversación, también en Barranquilla, en el marco del Carnaval Internacional de las Artes en 2009. En esa ocasión en el teatro Amira de la Rosa disfrutamos los recuerdos que salieron activados en el diálogo y fue emocionante verlo sumarse en algún momento al flautista Andrés Luquetta que hacía parte de la orquesta local, la del maestro Hugo Molinares, que ilustraba sus temas. Pero él y Roberto Roena, que lo acompañaba en el conversatorio, estaban ya muy disminuidos. Ni el uno era aquel bailarín y bongosero prodigioso, ni Pacheco aquel maravilloso director tremendista que movía la música de la Fania con sus manos y con todo su cuerpo. En aquella entrevista del teatro Amira de la Rosa sus voces eran débiles, los recuerdos imprecisos y los asistía una especie de tristeza que se disipaba un poco con cada tema que la orquesta tocaba. Fue duro ver esa noche cómo toda aquella época de malevaje y sabor que habíamos aprendido a vivir con Pacheco y su Tumbao, y con la Fania, llegaba a su fin.


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Su reciente muerte representa sin duda un acontecimiento que nos obliga a recordar y a exaltar una de las carreras musicales más brillantes de la música popular latinoamericana especialmente en lo que tiene que ver con ese extraordinario fenómeno de la música afroantillana conocida como “Salsa”. “Con el faisán no se meta nadie / Con el faisán (que no se meta nadie, no, no, no, no, no) / Con el faisán no se meta nadie /Con el faisán (que no se metan con mi faisán)”.